¿Cómo se duerme después de ver explotar un coche-bomba a unos metros de casa?, ¿cómo se le explica a un niño que puede dormir tranquilo después de haber escuchado gritos, cristales romperse y sentir el calor del fuego en la calle?
Así han vivido la última semana los habitantes de Ojocaliente, el pequeño municipio de Zacatecas de apenas 44 mil habitantes, donde hace unos días un vehículo cargado con explosivos detonó frente a la comandancia municipal.
El saldo fue de 11 personas lesionadas, entre ellas dos policías y tres menores de edad, además de unos 70 inmuebles dañados. Las clases fueron suspendidas y la feria municipal cancelada.

• Mejía Haro en acto de CSP

Las heridas visibles pueden contarse. Las emocionales tardan más en aparecer y aún más en sanar.
La Organización Mundial de la Salud explica que después de presenciar acontecimientos potencialmente traumáticos algunas personas desarrollan ansiedad, depresión o algo identificado como estrés postraumático.
No significa que todos los habitantes de Ojocaliente desarrollarán un trastorno, pero vivir una explosión de cerca y reiteradamente entre balaceras, constituye experiencias potencialmente traumáticas.
El miedo en Zacatecas no es ninguna novedad, ya estaba medido antes del coche-bomba: según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2025 del Inegi, 87.3% de los adultos zacatecanos considera inseguro vivir en el estado.
Por eso resultó tan indignante escuchar al coordinador de los diputados de Morena, Ricardo Monreal, decir que: “Es normal en un momento en el que se está combatiendo frontalmente al crimen y a la delincuencia organizada”, para luego defender los resultados en seguridad de su hermano, el gobernador David Monreal.
Si bien es cierto, los grupos criminales reaccionan cuando son enfrentados, pero que exploten vehículos en zonas habitadas, lesionando civiles, niños y paralizando a un pueblo entero, está muy lejos de ser “normal”.
Expresarlo desde la comodidad de una curul resulta por demás indolente, sobre todo para quienes quedaron atrapados entre la explosión y las balas.
David Monreal gobierna Zacatecas desde septiembre de 2021 y hoy sostiene que los homicidios han disminuido significativamente en la entidad.
Según cifras oficiales, entre 2024 y 2025, Zacatecas registró una reducción de 71.1% en el promedio diario de homicidios dolosos. Y es posible que la cifra haya disminuido, pero quizá no en la proporción que presume el gobierno.
El Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana coloca precisamente a Zacatecas entre los estados con mayores discrepancias entre las muertes registradas por Inegi y las víctimas reportadas por las fiscalías.
Además, en todo caso, reducir homicidios no significa pacificar el estado.
Durante la presente administración, Zacatecas ha visto cadáveres colgados de puentes; en enero de 2022 una camioneta con diez cuerpos fue abandonada frente al Palacio de Gobierno y ese mismo año el estado encabezó recuentos nacionales de policías asesinados.
En 2023 siete jóvenes de entre 14 y 18 años fueron secuestrados en Villanueva y seis aparecieron muertos.
La violencia en la entidad ha provocado desplazamiento de familias y abandono de comunidades en municipios como Jerez.
Según cifras del propio gobierno estatal, en 2024 Zacatecas registró un evento relacionado con explosivos; en 2025 fueron seis y en lo que va de 2026 ya van diez.
Tan sólo entre el 27 y el 30 de agosto ocurrieron tres ataques consecutivos en Tabasco, Villa García y Ojocaliente.
Las autoridades atribuyen el último atentado al Cártel Jalisco Nueva Generación, presuntamente en represalia por la detención de uno de sus integrantes.
Y es que Zacatecas sigue siendo un territorio de disputa criminal, particularmente entre el Cártel Jalisco Nueva Generación y grupos vinculados al Cártel de Sinaloa.
Entonces, ¿qué significará exactamente “pacificar” para David Monreal?
Porque reducir homicidios no basta cuando aumentan los ataques con explosivos, cuando las comunidades siguen bajo amenaza y el crimen organizado conserva la capacidad de paralizar municipios enteros.
La paz no se decreta ni se presume en una estadística. Se mide en la vida cotidiana: en los comercios que pueden abrir, en las escuelas que no tienen que suspender clases, en las familias que no abandonan sus comunidades y en los niños que no tienen que aprender a distinguir un cohete de un balazo.
Lo ocurrido en Ojocaliente ha exhibido la enorme distancia que todavía existe entre las cifras oficiales de Zacatecas y la realidad que viven sus habitantes.
Por eso, mientras un coche-bomba pueda explotar frente a una comandancia y que se califique como “normal”, hablar de pacificación del estado no sólo resulta prematuro. Resulta ofensivo.

Una comedia apocalíptica en La Habana

