La obra del escritor cubano Antonio José Ponte (Matanzas, 1964) ha sido siempre un ejercicio de memoria de la ciudad. Desde sus primeros ensayos, en Un seguidor de Montaigne mira La Habana (1995), o sus primeros poemas, en Un asiento en las ruinas (1997), la escritura de Ponte fue al encuentro de la capital cubana. Una capital a la que el escritor, como Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Reinaldo Arenas, peregrinó desde muy joven.
En su última novela, Desfila La Habana (Tusquets, 2026), el escritor regresa a la ciudad de la víspera, de la última hora del antiguo régimen: La Habana entre 1958 y 1959. En esa urbe anterior al comunismo, pero ya en Guerra Fría, Ponte localiza una trama en la que se cruzan Norman Lewis y Graham Greene, Ava Gardner y Ernest Hemingway, Errol Flynn y Meyer Lansky. La Habana que desfila es una ciudad novelera, productora mundial de mitos urbanos, donde confluían Hollywood y la mafia, el espionaje y la pornografía, la dictadura y la guerrilla.
Algunas escenas más o menos conocidas —Ava Gardner nadando desnuda en la piscina de la Finca Vigía de Hemingway, el reto a duelo de Ted Scott a Hemingway, la diferente y, a veces, contradictoria cobertura de la Revolución cubana de los corresponsales Matthews y Hart Philips para el New York Times, las torturas y fusilamientos de Herman Marks, el “carnicero de La Cabaña”, tras la caída de Batista, el bonapartismo del magnate azucarero cubano Julio Lobo…— permiten a Ponte retratar la apoteosis habanera de aquellos años.

El Congreso del 26
Las guerrillas de la Sierra Maestra y el Escambray habían comenzado a descender hacia las ciudades del centro y el occidente de la isla, pero en La Habana, entre explosiones y atentados, la vida alcanzaba un frenesí inédito. Benny Moré cantaba en el Alí Bar y Olga Guillot en el Zombie Club; el Nacional, el Riviera, el Capri y el Hilton estaban atestados de turistas americanos; los corresponsales de la gran prensa internacional se instalaban todo el día en las barras del Floridita y el Sloppy Joe; en la noche, todos acababan en Tropicana o el Teatro Shanghái.
Ése es el escenario de la novela, que Ponte aprovecha en una mise en scéne muy cinematográfica, que recuerda más al Nuestro hombre en La Habana de Carol Reed que al de Graham Greene. En las páginas que dedica a la novela de Greene, leemos los motivos del escritor para reconstruir aquella Habana. No hay aquí, como en Cabrera Infante, una nostalgia por aquella capital perdida sino un interés en captar el momento preciso en que el antiguo régimen se despide de la Revolución.
Dice Ponte, intentando colarse en la mente de Greene, que esa Habana era un lugar de “daiquirís y torturas”, un “buen sitio para el amor y el desastre”, una “de las mejores ciudades para esperar el fin del mundo”, una capital “donde todo vicio estaba permitido” y “donde cualquier transacción, por descabellada que fuera, parecía factible”. Todo aquel desenfreno carnavalesco, como en las orgías de Rabelais leídas por Bajtín, hacía que, en La Habana, aunque se “estuviera acabando el mundo, nadie percibía el peligro”.
Ponte entrega entonces una comedia apocalíptica, que explora la capacidad narrativa de géneros no siempre bien ponderados por la crítica literaria, como la literatura de viajes y las novelas de espías, la corresponsalía de guerra y la chismografía hollywoodense. Cada escritor homenajeado en esta novela —Lewis, Greene, Hemingway— deja también su marca en la prosa de Ponte, como si buscaran armar un collage estilístico.
No de otra manera podría narrarse la encrucijada de La Habana en aquellos dos años. En esa misma ciudad, en esos mismos alrededores del hotel Sevilla-Biltmore, donde Greene ubica al falso agente Wormold, que vende a la inteligencia británica planos de aspiradoras como si se tratase de armas atómicas, la historia de la Guerra Fría alcanzaría su máxima peligrosidad. Ese futuro oculto también hace parte de la trama.

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