LA MALETA DEL CINE

Dulce melancolía

Javier Solórzano Casarín │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Javier Solórzano Casarín │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

¿Podrían imaginarse La guerra de las galaxias sin la música de John Williams? ¿Cinema Paradiso sin la música de Ennio Morricone? ¿Gladiador sin la música de Hans Zimmer y Lisa Gerrard?

Sumando al poder narrativo y emocional que alimenta a aquellas imágenes inolvidables del lenguaje cinematográfico, la banda sonora se ha convertido en un propio e independiente fenómeno cultural.

Tanto la Orquesta Sinfónica de Chicago como la Orquesta Filarmónica de la UNAM han interpretado la música de Williams; la Orquesta Filarmónica Real de Londres ejecuta bandas sonoras en vivo mientras simultáneamente los filmes se proyectan para el público. En el año 2007, se produjo un álbum titulado Todos amamos a Morricone, en el que varios músicos fueron invitados para interpretar algunas de las piezas más famosas del legendario compositor; artistas como Andrea Bocelli, Bruce Springsteen, Metallica, Roger Waters, Yo-Yo Ma, Dulce Pontes, entre otros.

La música en el cine, y no sólo el score original, sino el soundtrack también —la música popular, de diversos géneros, que se utiliza para sonorizar una película—, ha consolidado su propia identidad y, aunque su objetivo primordial es acentuar la narrativa visual, también se puede apreciar como un arte autónomo.

Una figura que cimentó un antes y un después; un verdadero artista y pionero de las bandas sonoras fue Nino Rota (Milán 1911–Roma 1979). Su legado marcó al cine desde los años 40 hasta finales de los años 70. Su genio y sensibilidad musical gestaron un mosaico de colores y tonalidades dentro de un rango interminable de emociones humanas. Rota, músico neorromántico y melodista, no sólo compuso música para cine, también escribió una formidable serie de óperas a lo largo de cuatro décadas.

Su repertorio fue inagotable y estimulante, pero la mayoría lo recordará por componer uno de los scores más icónicos de la historia —El padrino (1972) y El padrino parte II (1974)— en la secuela colaboró con el padre del director, Carmine Coppola.

Ambas cintas son paradigmas de lo que caracterizó a Rota en su carrera, la capacidad de crear en partes iguales una melancolía dulce, seductora, conmovedora y épica a través de su partitura. Bosquejando las tesituras dramáticas de la familia Corleone, el cosmos de la mafia italoamericana, la migración, el poder, la corrupción del alma y la profunda nostalgia por el Viejo Continente; Rota articuló por medio de su música la naturaleza de aquellas emociones que muchas veces no se logran expresar con meras palabras.

Por otro lado, su fascinante colaboración con uno de los grandes autores de la historia del cine, Federico Fellini, dio fruto a uno de los capítulos del arte más memorables del siglo XX. Sólo se necesita escuchar la música de La dolce vita (1960) o de 8 ½ (1963) para preguntarse: ¿es posible imaginárselas sin la música de Nino Rota?

La música está disponible en Spotify y Apple Music.

Temas:

Google Reviews