FRONTERA DE PALABRAS

El sentir de la nación

Mauricio Leyva. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.

“La soberanía dimana inmediatamente del Pueblo”. Morelos consagró esta frase el 14 de septiembre de 1813, al día siguiente de la instalación del Congreso de Anáhuac en la iglesia de Santa María de la Asunción, declarada Palacio Legislativo en Chilpancingo y lugar en donde se efectuaron las primeras sesiones. Morelos, no estaba hablando de una abstracción. Estaba estableciendo de dónde debía surgir el poder y, al mismo tiempo, para quién debía ejercerse. En los Sentimientos de la Nación hay otra afirmación que hoy adquiere una dimensión particularmente dolorosa: “Que a los ciudadanos se les respete en su casa como en un asilo sagrado”. Es decir, se consideraba la casa como el lugar donde terminaba el poder de la violencia y debía comenzar la seguridad del ciudadano. ¿Podemos decir que eso ocurre hoy? ¿Qué significa el respeto a la casa cuando hay familias que llevan años buscando a un hijo, una hija, un padre o una madre desaparecidos? ¿Qué significa hablar de un hogar como “asilo sagrado” cuando una mujer puede ser asesinada precisamente en el espacio donde debería encontrarse protegida? ¿Qué significa la seguridad del ciudadano cuando miles de personas han tenido que abandonar sus comunidades por la violencia? ¿Qué clase de libertad existe cuando un periodista debe callar, abandonar su ciudad o vivir bajo amenaza por ejercer su oficio?

La pregunta no es retórica. Es una comparación entre una aspiración escrita en 1813 y una realidad que todavía no hemos conseguido resolver. Y quizá por eso el título del documento de Morelos permite hoy un juego de palabras que no debería quedarse en el discurso patriótico: Y tú, ¿cómo sientes a la nación?

La pregunta puede responderse desde la vida cotidiana. Desde la casa. Desde la calle. Desde el trabajo. Desde la relación con las autoridades. También desde la corrupción. Porque una nación no respeta plenamente a sus ciudadanos cuando la ley puede ser distinta para quien tiene dinero, influencias o relaciones. La corrupción no es solamente el dinero que desaparece de una oficina pública o el contrato que se entrega de manera irregular. Es la ruptura de una regla básica: todos debemos estar sometidos a la misma ley.

Morelos también habló de igualdad. Y habló de leyes que moderaran la opulencia y la indigencia. No estaba diseñando una sociedad donde unos cuantos pudieran colocarse por encima de las reglas que debían cumplir los demás. Pero hay un tercer elemento de aquellos sentimientos que resulta imposible ignorar. Morelos planteó la división de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. El Congreso de Anáhuac estableció además un Supremo Tribunal de Justicia. La razón era clara: si la soberanía dimana del pueblo, quienes ejercen esa soberanía en nombre del pueblo deben encontrar límites en la ley y en instituciones capaces de hacerlos efectivos. La división de poderes no fue entonces un detalle técnico. Fue una manera de impedir que la autoridad pudiera concentrarse sin controles.

Por eso el debilitamiento de las instituciones no puede reducirse a una discusión entre políticos, partidos o funcionarios. Nos afecta directamente a los ciudadanos. Una institución independiente puede investigar al poder, exigirle cuentas o impedir una arbitrariedad. Una institución subordinada pierde precisamente esa capacidad. Y cuando desaparecen los contrapesos, el ciudadano queda con menos instrumentos para defender aquello que Morelos consideraba esencial: su libertad, su seguridad y sus derechos.

En 1813, los diputados del Congreso de Anáhuac estaban tratando de construir las bases de un país que todavía no existía. Nosotros vivimos dentro de ese país y, sin embargo, algunas de las preguntas fundamentales siguen pendientes. Morelos escribió que la soberanía dimana del pueblo y ese es el fundamento de nuestra vida pública.

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