APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

La falacia del extremismo reactivo

Es cierto que las nuevas derechas han capitalizado eficazmente las ambivalencias y complicidades del progresismo democrático con el bloque bolivariano. Pero las nuevas derechas han triunfado allí donde el modelo bolivariano era más débil

La líder francesa de extrema derecha, Marine LePen, en un mítin, en foto de archivo.
La líder francesa de extrema derecha, Marine LePen, en un mítin, en foto de archivo. Foto: AP

Frente al ascenso de las nuevas derechas en Europa y América Latina se activan algunos resortes discursivos que subestiman el fenómeno, lo normalizan o lo someten a causalidades cuestionables. Una de esas causalidades es la que explica el nuevo extremismo como reacción al radicalismo de izquierda. Un breve recorrido por algunos triunfos de la ultraderecha demuestra la falacia.

En Argentina, Javier Milei triunfó luego del gobierno de Alberto Fernández, que era de izquierda moderada, tan moderada que acabó distanciado del kirchnerismo. El candidato que se enfrentó a Milei era Sergio Massa, ministro de economía de Fernández, quien intentó contraponer un programa neoliberal al proyecto libertario del actual presidente argentino.

En Chile, José Antonio Kast sucedió a Gabriel Boric, un presidente que evitó el radicalismo de la izquierda comunista chilena y se distanció públicamente del autoritarismo bolivariano, especialmente de los regímenes de Venezuela, Cuba y Nicaragua. La candidatura de Kast fue ganando fuerza desde el gobierno de Boric, a partir de una campaña en la que se exageraba el radicalismo del presidente y se intentaba dotar al Frente Amplio de una identidad comunista.

En Brasil, ahora mismo, la campaña de Flavio Bolsonaro hace algo parecido frente a Lula: presenta a la coalición oficial como un ente comunista, de extrema izquierda, cuando el proyecto de gobierno del oficialismo es claramente centrista. Los dos Bolsonaros, Jair y Flavio, han basado sus campañas en la misma confusión deliberada.

Tal vez en Colombia, la opción de Abelardo de la Espriella ganó terreno como revancha contra el radicalismo discursivo de Gustavo Petro. Los proyectos más rupturistas del petrismo, como la reforma agraria y la transformación energética, nunca fueron aprobados por el Congreso y, por tanto, no se llevaron a cabo. El presidente, sin embargo, recurrió siempre a una estrategia mediática y a una proyección internacional que lo colocaban más a la izquierda de lo que estaba realmente.

Es cierto que las nuevas derechas han capitalizado eficazmente las ambivalencias y complicidades del progresismo democrático con el bloque bolivariano. Pero las nuevas derechas han triunfado allí donde el modelo bolivariano era más débil y, de hecho, estaba descontinuado por Lenin Moreno y Luis Arce, los sucesores de Rafael Correa y Evo Morales. Son los tres bolivarianismos más autocráticos, el venezolano, el cubano y el nicaragüense, los que siguen en pie.

En Europa sucede otro tanto. La extrema derecha francesa crece como alternativa a la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, pero también como reacción contra el centrismo de Emmanuel Macron. De ganar el Reagrupamiento Nacional de Marine LePen en las elecciones de abril de 2027, su gobierno sucederá a otro que en modo alguno puede catalogarse de extrema izquierda. Al fin y al cabo, el Donald Trump recargado, referente de esas derechas, sucedió a Joe Biden.

En las recientes elecciones en la región de Sajonia-Anhalt, en Alemania, Ulrich Siegmund ganó con una oferta xenófoba y antieuropea que tenía como principal blanco a la Unión Demócrata Cristiana (CDU), un partido tradicionalmente liberal y anticomunista, encabezado en sus orígenes por Konrad Adenauer. En los últimos años, especialmente bajo los gobiernos de Angela Merkel, la CDU adoptó posiciones europeístas, abiertas a la migración, ambientalistas y a favor del matrimonio igualitario.

Contra esa deriva progresista, propia no sólo de las izquierdas sino de los centros socialdemócratas y democristianos, es que reacciona un partido como Alternativa por Alemania (AFD). De llegar al poder, la formación que encabeza Alice Weidel no sucederá a un gobierno de extrema izquierda. Lo mismo vale para Giorgia Meloni, quien sucedió al liberal Mario Draghi y para casi todas las nuevas derechas en Europa del Norte y del Este.

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