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La guerra con el otro vecino

Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Durante años pensamos que pertenecer a un tratado comercial significaba, precisamente, estar protegido de una guerra comercial entre sus miembros. Donald Trump está demostrando lo contrario.

Estados Unidos y Canadá, dos de las economías más integradas del mundo, han entrado en una peligrosa escalada arancelaria. Washington impuso aranceles de hasta 50 por ciento a casi 20 mil millones de dólares de productos canadienses. Ottawa respondió con medidas equivalentes y Trump contraatacó con nuevas restricciones.

Lo preocupante para México es que algunas de estas medidas se aplican, incluso, a productos que cumplen con las reglas del T-MEC.

En otras palabras, formar parte del tratado ya no necesariamente protege de los aranceles estadounidenses. El gobierno de Sheinbaum ha insistido en que el T-MEC coloca a México en una posición privilegiada frente a la política arancelaria de Trump. Canadá demuestra que ese blindaje tiene límites.

El 1 de julio, Washington decidió no extender por otros 16 años el T-MEC. El acuerdo seguirá vigente hasta 2036 y podrá extenderse en las revisiones anuales. Sin embargo, la decisión introdujo una incertidumbre que la guerra comercial con Canadá acaba de multiplicar.

México podría sentirse tranquilo. Trump descartó abandonar el T-MEC y, mientras su relación con el primer ministro canadiense Mark Carney se deteriora, mantiene un discurso más favorable hacia Sheinbaum. Washington y México, además, continúan negociando bilateralmente sus diferencias. El riesgo es pensar que eso garantiza un blindaje arancelario.

Sheinbaum y Ebrard pueden considerar que la pelea es entre Washington y Ottawa y que conviene mantenerse al margen. México, incluso, podría beneficiarse temporalmente si empresas estadounidenses sustituyen proveedores canadienses por mexicanos. El error sería confundir una ventaja coyuntural con una estrategia de largo plazo.

Durante más de tres décadas, desde el TLCAN hasta el T-MEC, la principal ventaja de la integración norteamericana no ha sido únicamente pagar menos aranceles, sino la certidumbre: invertir, producir y comerciar bajo reglas relativamente predecibles.

Trump está sustituyendo esa lógica por otra: los aranceles como instrumento permanente de presión. Si Washington puede imponerlos unilateralmente a Canadá a pesar del T-MEC, nada garantiza que mañana no pueda hacer lo mismo con México en el acero, los automóviles, la migración, el agua o cualquier otra disputa bilateral.

México debe mantener la buena relación con Washington y negociar pragmáticamente sus diferencias, pero también le conviene preservar a Canadá y defender la naturaleza trilateral del acuerdo. En un tratado de tres socios, coincidir con Canadá puede fortalecer la posición mexicana frente a Estados Unidos, incluso mediante los mecanismos de solución de controversias.

El verdadero valor del T-MEC no consiste solamente en tener acceso al mercado estadounidense, sino en que ese acceso esté sujeto a reglas y no al humor del presidente en turno.

Canadá está descubriendo la diferencia. México debería tomar nota.

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