Esta noche, en el Zócalo capitalino y en muchísimas plazas del país, se dará El Grito de Independencia. México entero estará de fiesta, entre banderas, música y verbenas populares. Pero detrás de esta celebración hay una historia mucho más compleja. ¿Cómo surgió El Grito? ¿Cuáles son los mitos y realidades de este festejo?
Para recordarlo y entender cómo nació este proceso que transformó al país, platicamos para La Razón con la historiadora Isabel Revuelta Poo.
A las cuatro de la mañana del 16 de septiembre de 1810, narra la historiadora, Juan Aldama llegó a la parroquia de Dolores con un aviso: la conspiración había sido descubierta. Ignacio Allende ya estaba ahí, reunido con el cura Miguel Hidalgo y Costilla.

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Lo que pasó en las horas siguientes es lo que este martes por la noche se va a repetir desde cada balcón del país. Y casi nada ocurrió como lo contamos.
VERDAD HISTÓRICA

La historiadora Isabel Revuelta es coautora de Cara o cruz: Miguel Hidalgo, y en ese texto hace una investigación profunda sobre lo que sí sabemos de esa madrugada. Su recorrido desmonta, uno por uno, los mitos de la fiesta más repetida del calendario mexicano.
El primer dato que Revuelta pone sobre la mesa es que los conspiradores de 1810 no querían separarse de España. Querían autonomía. España estaba invadida por Napoleón y lo que preocupaba a los criollos era que al virreinato llegara un gobierno usurpador.
Y es que, como recuerda la historiadora, ese reclamo venía de atrás. En 1808 hubo una conspiración en la Ciudad de México para derrocar al virrey José de Iturrigaray, que terminó reprimida y con Francisco Primo de Verdad muerto. Los criollos llevaban 300 años en esta tierra y ya se sentían de aquí.
Revuelta lo resume con una cifra que incomoda: hemos sido más tiempo virreinato que México independiente.
Los conspiradores del Bajío necesitaban una figura conocida en la región. Hidalgo lo era. Revuelta cuenta que ya lo habían convocado en otras ocasiones, meses antes de esa madrugada, precisamente porque era un hombre con prestigio en toda la zona. Lo describe como un cura fuerte físicamente, buen jinete, con sensibilidad hacia los que menos tenían. Enseñaba a los pobres a sembrar moreras para el gusano de seda y vid para hacer vino, y les daba clases de alfarería y cestería, aunque el gobierno virreinal lo prohibía.
No era un santo de estampa. Era, en palabras de la historiadora, un hombre de carne y hueso, y por eso lo buscaron.
El mito central, según Revuelta, es que Hidalgo no salió a gritar “Viva México” ni “Viva la Virgen de Guadalupe”. Eso se fue construyendo después en el imaginario colectivo.
Lo que dijo esa madrugada, de acuerdo con la historiadora, fue: “Es tiempo de coger gachupines, muera el mal gobierno y viva Fernando VII”. Es decir, una apuesta por la autonomía bajo el rey español, no una declaración de independencia.
Tampoco tocó él la campana. Revuelta explica que Hidalgo mandó al sacristán a hacerlo, y que la campana no tenía una cuerda como la imaginamos hoy. En el atrio había mucha gente porque era domingo, había plaza y se estaban montando los puestos. Allende le pidió replegarse y esconderse. Hidalgo dijo que no, que era el momento.
Lo que siguió, cuenta Revuelta, fue una multitud sin nada que perder, hombres y mujeres, que se lanzó a la primera oleada de la guerra.
El estandarte de la Virgen de Guadalupe no estaba en Dolores. Revuelta ubica ese momento en el Santuario de Atotonilco, camino a San Miguel el Grande, cuando las familias se iban sumando a la marcha. Lo llama un momento fundacional de la nación mexicana.
Ahí se fusiona lo popular con el movimiento. La historiadora recuerda que había campesinos convencidos de que una estampita de la virgen escondida en el sombrero los protegería de las balas realistas. Revuelta explica que existe todo un estudio sobre la virgen de los peninsulares, la de los Remedios, frente a la virgen mestiza, la de Guadalupe, ya arraigada a lo mexicano.
La primera etapa de la guerra duró nueve meses, hasta que Hidalgo, Allende y Aldama fueron fusilados en Chihuahua. La independencia se consumó hasta 1821, once años después.
Pero el festejo nació antes que el país. De acuerdo con Revuelta, la primera ceremonia para recordar la madrugada de Dolores la encabezó Nicolás Bravo en 1812, con la guerra en curso. Y Morelos, que vio a Hidalgo una sola vez en toda la gesta, también conmemoró ese momento en los Sentimientos de la Nación. El 15 y 16 de septiembre de 1847 la bandera de Estados Unidos ondeaba en el Zócalo y las tropas estadounidenses ocupaban el Palacio Nacional. La ceremonia se suspendió en la capital, no en el resto del país. Revuelta detalla que Benito Juárez y sus hombres siguieron conmemorando El Grito en Paso del Norte con el país invadido, y que, durante la intervención francesa, Guillermo Prieto dejó testimonio de esas noches.
Estamos hablando de mexicanos que cargaban al gobierno a cuestas y, aun así, no dejaron de festejar. Nunca más se dejó de dar El Grito, porque, como dice Revuelta, la fiesta no es del gobierno en turno. Es de los mexicanos.
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EL MITO DE PORFIRIO DÍAZ: Se repite cada año que El Grito se da la noche del 15 porque era el santo de Porfirio Díaz. Revuelta es tajante: no es verdad.
La historiadora explica que la fiesta se pasó a la víspera por una razón práctica, porque celebrar el 16 a las cuatro de la mañana no era operable, y que, desde siempre, se hacía en la Ciudad de México, en la Alameda Central. Díaz nació en 1830, y para entonces la ceremonia ya era la noche del 15. Lo que sí hizo Díaz fue llevar la Campana de Dolores al Palacio Nacional y mover la ceremonia al Zócalo. Creemos que la fiesta siempre fue ahí, y no. Desde 1896 es la que conocemos.
Revuelta lo lee como una decisión de identidad: a todos nos gusta pertenecer a algo, y Díaz entendió que ese símbolo daba continuidad.
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EL MITO QUE SIGUE VIVO: Cuando le pregunté a Revuelta por algún otro mito de esa noche, me dijo que el más vivo es el de lo que se gritó. Cada gobernante, en cada rincón del país, grita lo que le conviene a su gobierno en ese momento. Lo que Hidalgo dijo en 1810 no cabe en ningún balcón de hoy.
Muchas veces la historia oficial se construye con base en quitar cosas. Aquí se quitó a Fernando VII del grito, se quitó al sacristán de la campana y se quitó a Atotonilco de la virgen.

Ascenso y descenso

