Las islas Gran Hanish y Pequeña Hanish son apenas roca volcánica en el sur del mar Rojo. Desde el lunes las controlan los hutíes, que las sumaron al puerto de Moca y a otras posiciones desde las cuales el movimiento armado yemení, aliado de Irán, puede hostigar la navegación hacia Bab el-Mandeb. Con Ormuz bajo bloqueo, el mundo se descubre vigilando un segundo estrecho. La guerra se ha ensanchado.
El enfrentamiento de Estados Unidos con Irán se extiende por países árabes que ocupan lugares distintos en la confrontación. Unos albergan instalaciones estadounidenses; otros ven atacada su infraestructura; en Yemen, los hutíes ganan territorio. Reunir situaciones tan dispares bajo la etiqueta de guerra regional oculta cómo se conectan y qué podría volverlas más difíciles de detener.
Las bases estadounidenses fueron una de las vías de propagación. Irán dirigió sus represalias contra lo que describió como objetivos estadounidenses en Jordania, Kuwait, Bahréin e Irak. El blanco declarado era estadounidense; el territorio expuesto, árabe. Albergar fuerzas de Washington se volvió una forma de exposición al conflicto, distinta de la decisión de combatir a Teherán.

“¡Puro traidor veracruzano!”
La presión alcanza también las rutas de exportación. El ataque contra el oleoducto saudí Este-Oeste, atribuido a milicias respaldadas por Irán que operaron desde Irak, dejó fuera de servicio entre tres y cinco semanas según los cálculos iniciales, la vía que permitía exportar crudo sin atravesar Ormuz. Al golpear la ruta alternativa, la infraestructura concebida para amortiguar la guerra se convierte en otro de sus frentes.
Desde Yemen, los hutíes añaden presión militar y territorial. Su avance en el mar Rojo coincide con ataques contra Arabia Saudita, incluido el dirigido a la base de Khamis Mushait, que dejó trece civiles heridos según la coalición saudí. Riad enfrenta amenazas simultáneas sobre instalaciones militares, infraestructura petrolera y rutas marítimas: la guerra golpea las condiciones materiales de su seguridad.
Washington aporta inteligencia y apoyo para identificar objetivos aunque, por ahora, ha evitado atacar directamente a los hutíes. Esto es importantes pues aún media distancia entre sostener a un aliado y combatir en su lugar; pero cada nueva agresión, la acorta. Proteger una ruta exige atender otra; respaldar a un socio acerca a un frente adicional.
Sería aventurado afirmar que Teherán dirige cada operación o que los hutíes carecen de agenda propia; también lo sería dar por perdido Bab el-Mandeb. Lo que se puede afirmar es que la expansión multiplica los actores capaces de prolongar el conflicto.
Por eso, un eventual acuerdo entre Washington y Teherán sería condición necesaria y, a la vez, insuficiente. Tendría que traducirse en seguridad para gobiernos, instalaciones y rutas que ya obedecen dinámicas propias. Extender una guerra está al alcance de unos cuantos; detenerla exigirá el concurso de todos los involucrados.

25 años del 11/S

