EL ESPEJO

El miedo a la IA y la captura regulatoria

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

En los últimos días, la discusión sobre los posibles peligros de la Inteligencia Artificial ha ocupado buena parte del debate público. Los riesgos existen y algunos son inquietantes.

Pero, debajo del ruido, también puede estar ocurriendo algo mucho más viejo que la propia tecnología: una industria hablando de sí misma mientras intenta controlar y definir las reglas con las que debería ser controlada. La IA puede servir para investigar una enfermedad o para perfeccionar un ataque informático. El dilema no es si puede usarse para el bien o para el mal, sino quién decidirá dónde poner los límites.

En economía política existe un nombre para ese tipo de peligros: captura regulatoria. Ocurre cuando las instituciones y reglas creadas para vigilar una industria terminan dependiendo demasiado de la información, los intereses o incluso las personas de esa misma industria. El economista George Stigler lo formuló hace más de medio siglo. Y alrededor de la IA comienzan a aparecer señales que, por lo menos, obligan a mirar con cuidado.

En el segundo trimestre de 2026, Anthropic gastó 1.97 millones de dólares en cabildeo en Washington D.C.; OpenAI, 1.2 millones; Meta, casi seis millones. Durante todo el primer semestre, 11 grandes empresas tecnológicas y sus asociaciones gastaron alrededor de 41 millones de dólares en cabildeo, que es dinero utilizado para tratar de incidir en los legisladores. Anthropic, por sí sola, desembolsó 3.53 millones, casi tres veces lo que había gastado un año antes. No es ilegal ni extraño; el cabildeo forma parte del sistema estadounidense. Lo significativo es la velocidad con la que crece mientras se escriben las reglas de una industria que todavía está naciendo. En otras palabras, quienes serán regulados están pagando desde ahora para tener un asiento en la mesa donde se decide cómo regularlos.

Hay otra capa. Anthropic ha entregado 40 millones de dólares a Public First Action, una organización sin fines de lucro que impulsa mayores salvaguardas, transparencia y supervisión sobre la IA. La organización también está vinculada con fondos de recursos políticos que financian candidatos y políticos favorables a esas posiciones, aunque Anthropic afirma que sus donaciones no pueden utilizarse para intervenir en elecciones. El punto no es descubrir una conspiración, sino reconocer un incentivo evidente: las empresas más grandes también pueden preferir regulaciones estrictas si tienen los abogados, ingenieros y recursos para cumplirlas, mientras los competidores pequeños no.

Eso tampoco significa que los peligros de la IA sean inventados. El reporte de amenazas publicado este mes por Anthropic describe operaciones de espionaje, grupos programando software para misiles guiados, investigaciones sobre armas biológicas, desarrollo de malware y hasta “enjambres” de agentes que se escapan de los límites colocados por humanos. Da miedo. Pero también deja algo claro: detrás de esos sistemas y los usos más controversiales había operadores humanos definiendo objetivos, suministrando infraestructura y tratando de evadir controles. La IA multiplica capacidades; no elimina todavía la intención humana.

La carrera entre Estados Unidos y China vuelve todo más complicado. Cualquier freno puede presentarse como una ventaja para el rival; cualquier advertencia, como una razón para blindar a los campeones nacionales. Por eso la discusión no debería reducirse a creer o no creer en el apocalipsis tecnológico. La pregunta más incómoda es otra: cuando finalmente lleguen las reglas, ¿quién habrá tenido suficiente dinero, acceso y miedo acumulado para escribirlas?

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