Romper con lo predecible. Obligarme a mirar esquinadamente y descubrir nuevos ángulos en lo sobado. Eso define a la o el artista, cuando señala sin decir: “Esta manera de contar las cosas ya no funciona, propongo otra”. Lo hace en 1929 el argentino Enrique Santos Discépolo.
Poco antes de los veinte, las letras del tango suelen ser pobres en esfuerzo, pero pronto aparecen autores obsesivos del lenguaje. La expresión gana en matices. Como en casi toda la música popular, un tema principal es el amor / el desamor. Las canciones bordan historias de traición, de hombres llorosos y mujeres ayer entronizadas, que se tiraron a la vida fácil, para merecer el discurso moralizante. Gracias a la visión de género, hoy encontramos misógina esa lectura, entonces tan normal. A fines de esa década aparece un tema impar, que cuestiona la fórmula raída: con líneas audaces caricaturiza y estalla el molde.
“Decí, por Dios, ¿qué me has dao, / que estoy tan cambiado, / no sé más quién soy?”. Así arranca el tango “Malevaje”. Sin contexto previo, la voz narrativa pregunta a una mujer qué le ha hecho, porque sus compañeros “malevos”, los malandros, esos canallas, hoy lo desconocen: “El malevaje extrañao / me mira sin comprender… / Me ve perdiendo el cartel / de guapo que ayer / brillaba en la acción… / ¿No ves que estoy embretao, / vencido y maniao en tu corazón?”.

Estímulo fiscal (2/2)
El giro literario sorprende: se enamoró el bruto, el tipo hosco, el audaz y matón, el galán que sostiene en la violencia su identidad. Querer lo ablanda hasta el punto de arrancarle “la fe, el coraje, / el ansia de guapear”. La cosa es tan grave que en vez de batirse a cuchillazos como siempre, ayer salió corriendo y la razón resulta incomprensible para su antiguo personaje: “Pensé en no verte y temblé”. Es un niño llorón. Juega a la tristeza.
La liga se estira aún más: el disfraz de malo le queda grande. Su memoria, recia y feroz, resulta comprometida ante el amor. Viene el golpe final: “Ya no me falta pa’ completar / más que ir a misa e hincarme a rezar”. Me fascina la imagen, un trazo irónico del macho inclemente, una ridiculización del código manido en lengua de la calle. Es felicísima la sátira del confesante: lo único que le falta es hincarse en la iglesia. Al romper el cliché le falla a la hombría, a sus amigotes, al barrio y a sí mismo. Con tino verbal, con impecable humor, ajeno al ruido, Santos Discépolo (autor también de “Cambalache” y “Yira Yira”) renueva en más de un sentido el discurso tradicional.
Apunta Idea Vilariño, la poeta uruguaya: “[En ‘Malevaje’], el guapo se encuentra con una ‘mina que arrodiya sus arrestos de varón’, como dirá después Podestá [...]”. Discépolo, poeta genial, es capaz de reírse del estereotipo, cuando éste era todavía la norma. Ahí está el arte.

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