El triunfo de Flávio Bolsonaro sobre Lula da Silva en la primera vuelta electoral en Brasil es una nueva marca en el avance y la naturalización de la nueva derecha en América Latina. Aunque falte la segunda vuelta, el triunfo de los Bolsonaro ya es neto, porque su Partido Liberal obtiene 121 diputados, treinta más que la coalición del PT, y 28 senadores que triplican a la izquierda en la Cámara alta.
La hegemonía legislativa de la derecha ya está asegurada y, aunque un poco más compartida en los estados —14 frente a 12 de la izquierda—, muy probablemente se beneficie en los próximos meses con el apoyo de los votantes de Renan Santos y Augusto Cury, suficientes para que Bolsonaro rebase 50% de los votos en el balotaje.
No menos importante que el partido o el movimiento bolsonarista es la dinastía. Además de Flávio, han ganado estas elecciones Carlos Bolsonaro, senador electo, Jair Renan, diputado electo, y Michelle Bolsonaro, esposa del patriarca del clan, Jair Bolsonaro, preso por intentar un golpe de Estado en 2023 tras haber perdido su intento de reelección. Michelle ocupará uno de los asientos del senado como representante del Distrito Federal.

• Beatriz sin distraerse, a lo suyo
La prensa brasileña ha especulado con la posibilidad de que Eduardo Bolsonaro, muy cercano a su padre, quien reside en Estados Unidos y forma parte de los círculos trumpistas, en caso de vencer su hermano en el balotaje, regrese a Brasilia a encabezar la cancillería. Amigo de Steve Bannon, este Bolsonaro ha asistido a las más importantes reuniones internacionales de la ultraderecha y firmó, en 2020, la Carta de Madrid con Javier Milei, José Antonio Kast y Santiago Abascal, líder de Vox.
Los Bolsonaro darían a la nueva derecha latinoamericana el impulso decisivo en los próximos años. Con el respaldo del poderoso Estado brasileño, esa corriente alcanzaría una verdadera articulación regional, que amplificaría el intervencionismo electoral de Donald Trump. El alineamiento con Washington, a través de la Doctrina Donroe y el Escudo de las Américas, adquiriría con Brasil una dimensión realmente hemisférica.
Frente a esa reorientación geopolítica del hemisferio, identificable desde hace años, las respuestas de las izquierdas regionales han sido fragmentarias, débiles e incoherentes. La ambivalencia de las izquierdas democráticas, incluidas la mexicana y la brasileña, frente a los autoritarismos bolivarianos, puesta a prueba recientemente con el voto de México a favor del régimen de Ortega y Murillo en la OEA, es uno los factores de esa debilidad.
Otro es el diagnóstico equivocado de que estas derechas no son nuevas, sino que son las mismas derechas de siempre. En medios oficiales castristas y chavistas, tradicionalmente, se asocia a la derecha neoliberal o democrática con el fascismo. Esa confusión, que reproducen otras izquierdas en el poder, como la mexicana, ayuda poco a la contención del nuevo fenómeno global.

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