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Trump de Arabia

Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Antonio Michel Guardiola. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Durante meses, Donald Trump ha repetido que la guerra contra Irán está prácticamente terminada. Los misiles que cayeron esta semana sobre el aeropuerto de Riad dicen otra cosa.

Los hutíes de Yemen golpearon los aeropuertos de Riad y Abha, mataron a por lo menos 18 personas y declararon el espacio aéreo saudí zona de guerra. Trump, que en septiembre rechazó dos veces las peticiones de Mohammed bin Salman para bombardearlos y prometió no atacar a Irán antes de las elecciones intermedias del 3 de noviembre, cambió el tono el sábado: “Puede que sí. Lo vamos a analizar”. Dicho giro se explica por tres razones.

Primero la geopolítica. Arabia Saudita sostiene la arquitectura de Washington en el Golfo Pérsico y hoy luce sola: se queda sin interceptores, rompió con Emiratos y Turquía aclaró que defender a un aliado no es invadir por él. Si EU no responde, Riad buscará garantías en otra parte. Pekín sabe esperar.

Segundo, el dinero. La Organización Trump, en la que el presidente conserva sus acciones, tiene una Trump Tower y un desarrollo de mil millones de dólares en Yeda, además de proyectos en Riad. El fondo soberano del príncipe heredero invirtió dos mil millones en la firma de Jared Kushner, el yerno que hoy negocia con Irán. Forbes estimó que la familia obtuvo unos 50 millones de dólares de negocios saudíes sólo en 2024.

Nada de esto prueba que las inversiones dicten la política exterior. Pero tampoco hay un muro que las separe. Cuando el aliado estratégico y el socio comercial son la misma persona, cada decisión carga con la sospecha.

Tercero, las elecciones intermedias. Trump sabe que el Congreso está en juego y que los republicanos peligran de perder la mayoría en al menos una de las cámaras. Trump no quiere parecer débil frente a Irán y sus milicias aliadas. Él quiere ser el líder que no se doblega ante nadie. Los hutíes son la palanca que le queda a Teherán para presionar sin exponerse. Bombardear Yemen equivale a admitir, antes de las elecciones, que la guerra sigue viva; no hacerlo es dejar que Irán llegue a la mesa con una carta más fuerte.

¿Qué puede pasar? Lo más probable es un apoyo sin bandera: interceptores, inteligencia y quizá unos días de ataques “quirúrgicos” para declarar victoria, como en 2025, cuando la tregua con los hutíes nunca los desarmó. Lo más riesgoso, una campaña después del 3 de noviembre con Yemen como antesala e Irán como destino. Lo menos probable, que Riad negocie con los hutíes.

Para México no es lejano: cada misil sobre el Golfo Périco se paga en el barril, la gasolina y la inflación. En paralelo, que Trump fije la mirada hacia Riad y el conflicto en Medio Oriente crezca aumenta la presión a las negociaciones con el T-MEC, por el alza en precios y por la popularidad previo a las elecciones intermedias.

Lawrence se metió a la guerra por convicción. Hoy no queda claro por qué lo haría Trump, si es que ocurriera. La pregunta ya no es si defenderá a Riad, sino a quién defenderá cuando lo haga: al aliado, al socio o al partido.

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