APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

Artistas negros de Cuba

En un reciente libro, El pasado mío. Contribuciones afrodescendientes al arte cubano (Iberoamericana/ Vervuert, 2025), De la Fuente y Yero repasan la trayectoria de artistas visuales afrodescendientes en Cuba, desde el periodo colonial

Obra Desesperate measures del artista cubano Alexandre Arrechea.
Obra Desesperate measures del artista cubano Alexandre Arrechea. Foto: Rafael Garcia Sanchez

Los historiadores cubanos Alejandro de la Fuente y Cary Aileen García Yero, profesores de la Universidad de Harvard, llevan años estudiando la experiencia de los afrodescendientes en la historia de Cuba. Una experiencia que, como en Brasil, el Caribe y buena parte de Hispanoamérica, carga con el origen monstruoso de la esclavización de un millón de africanos, trasladados a esa isla hasta fines del siglo XIX.

Hacia 1868, cuando estalló en Cuba la primera guerra de independencia, había más de 400,000 esclavos en una población que apenas superaba el millón de habitantes. La nación cubana se fundó sobre esa terrible exclusión en el periodo colonial, y cuando inició su vida republicana, los hijos y nietos de esos cientos de miles de esclavos accedieron al trabajo libre con múltiples restricciones, que los sometían a nuevas privaciones de derechos básicos.

No de otra manera se explica que, en 1912, apenas una década después de fundada la República, miles de oficiales negros y mulatos se levantaran en armas contra el ejército nacional porque el gobierno no admitía la creación de un Partido de Independientes de Color, conformado, fundamentalmente, por veteranos de las guerras de independencia. Los insurrectos fueron masacrados y algunos de sus líderes, como Pedro Ivonnet, asesinados antes de ser juzgados.

La historia de la limitación de derechos de los afrodescendientes en Cuba es interminable. Cada vez que un régimen político nuevo, como el de la Constitución de 1940, la Revolución de 1959 o el socialismo de 1976, surgía prometiendo la igualdad racial y el fin de la discriminación, otros dispositivos excluyentes, más sofisticados que los previos, perpetuaban la desventaja.

En un reciente libro, El pasado mío. Contribuciones afrodescendientes al arte cubano (Iberoamericana/ Vervuert, 2025), De la Fuente y Yero repasan la trayectoria de artistas visuales afrodescendientes en Cuba, desde el periodo colonial. Ejercicios similares se han hecho para la historia de la música y la literatura, pero probablemente, hasta ahora, éste sea el rescate más completo en las artes visuales de la isla.

El libro arranca con casos muy excepcionales, como el de Vicente Escobar, “pardo libre”, que ingresó a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, en 1784, y llegó a ser pintor de la corte de Carlos IV. De la Fuente y Yero destacan, junto a Escobar, retratista del Capitán General de la isla, Nicolás de Mahy, el caso del ebanista, carpintero y también pintor José Antonio Aponte, quien encabezó una rebelión antiesclavista, inspirada en el ejemplo haitiano, en 1812.

Durante el periodo republicano (1902-1958), no pocos afrodescendientes cubanos alcanzaron un reconocimiento notable en el mercado y la crítica nacionales e internacionales. Algunos de ellos como Wifredo Lam, Teodoro Ramos Blanco, Florencio Gelabert, Roberto Diago o Guido Llinás, son muy conocidos. Otros y otras, fundamentalmente, artistas negras cubanas de la época anterior a la Revolución de 1959, como María Ariza y Delance, Caridad Ramírez Medina y Uver Solís, han cargado con un triple estigma.

Yero y De la Fuente se detienen en la obra de Solís, vinculada al Lyceum Lawn and Tennis Club, institución de la sociedad civil habanera que defendió los derechos de la mujer y se opuso a la discriminación racial. Solís, esquemáticamente llamada “primitivista” por la crítica, combinó la vanguardia y el compromiso y suscribió las tesis a favor de la sociabilidad autónoma de negros y mulatos, defendidas por Juan René Betancourt Bencomo.

En la época revolucionaria, el libro explora grupos de creación, como Origen (1974-1979) y Antillano (1978-1983), y recorre la obra de varias generaciones de artistas, desde las de Ángel Acosta León, Lesbia Vent y Manuel Mendive hasta las de Belkis Ayón, Tomás Esson y Alexandre Arrechea. El saldo es una admirable reintegración de la memoria visual cubana.

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