Cuauhtémoc Cárdenas quiso ser presidente de México tres veces. Nunca llegó.
Su muerte, a los 92 años, nos recuerda el valor de una trayectoria que excede por mucho los cargos que ocupó. Fue uno de los grandes protagonistas de la transición democrática.
Sus tres derrotas en las elecciones presidenciales permiten recorrer la historia de un país que pasó del dedazo y el hiperpresidencialismo a la competencia electoral y la alternancia.

La mención de la cárcel
Hijo de Lázaro Cárdenas, formado en el priismo, había sido electo senador y gobernador de Michoacán. Había nacido en un sistema cuyas reglas conocía bien, donde el Presidente era jefe de todo y resolvía por sí mismo la sucesión en el poder.
Desde 1986, junto con Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, impulsó la Corriente Democrática dentro del PRI, desafiando al régimen del que provenía. La ruptura con el partido llegó en 1987. Su candidatura para la elección de 1988 reunió a sectores de izquierda y a ciudadanos que veían agotado el régimen.
Su primera derrota oficial estuvo marcada por la caída del sistema de cómputo y las denuncias de fraude en la elección que llevó al poder a Carlos Salinas de Gortari. La credibilidad del mecanismo de sucesión quedó comprometida y buena parte de la ciudadanía quedó inconforme con el resultado y las explicaciones del oficialismo.
Cárdenas convirtió el descontento en organización. En 1989 fundó el PRD junto con Muñoz Ledo, Heberto Castillo, Ifigenia Martínez y otras figuras de la izquierda. Su aportación fue reunir distintas corrientes y tradiciones de izquierda en una oposición de alcance nacional.
El movimiento sobrevivió a la elección y pudo presionar, junto con otras fuerzas opositoras como el PAN, por nuevas reglas del juego. La creación del IFE en 1990 fue resultado de ese proceso de apertura, aunque su Consejo General todavía estaba presidido por el secretario de Gobernación.
Llegó 1994. El escenario cambió. El levantamiento zapatista y el asesinato de Luis Donaldo Colosio sacudieron al país. Cárdenas volvió a competir, ahora con partido propio, pero quedó tercero detrás de Ernesto Zedillo, del PRI, y de Diego Fernández de Cevallos, del PAN.
Esta segunda derrota ocurrió en unos comicios con mayores garantías, incluidos consejeros ciudadanos en el IFE, aunque todavía con condiciones profundamente desiguales, porque el PRI conservaba ventajas en recursos y en el acceso a los medios. La discusión ya no se agotaba en contar correctamente los votos: también era necesario garantizar que la oposición tuviera condiciones equitativas para disputar el poder.
Esa experiencia ayudó a impulsar una nueva reforma político-electoral, la de 1996. El Ejecutivo salió de la integración del IFE, que obtuvo plena autonomía. Al año siguiente, el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados; Cárdenas ganó la primera elección para jefe de Gobierno del Distrito Federal. La apertura empezó a traducirse en gobiernos y contrapesos para la oposición.
Cárdenas dejó el gobierno capitalino en 1999 para competir por tercera vez por la Presidencia en 2000. Sin embargo, fue Fox quien consiguió sacar al PRI de Los Pinos y Cárdenas terminó otra vez tercero.
Si bien había sido un actor fundamental para construir las condiciones para la alternancia democrática, los ciudadanos eligieron a otro para encabezarla. La democracia que se abría paso en México suponía aceptar que el cambio podía beneficiar a una opción distinta de la propia.
Sus tres derrotas permiten reconocer los avances y los límites de la transición democrática. En 1988 quedó bajo sospecha la voluntad que el resultado oficial decía representar. En 1994 persistía una competencia desigual pese a los avances electorales. En 2000, una autoridad autónoma organizó la elección en la que el partido gobernante perdió la Presidencia.
Eso explica el respeto que despierta el ingeniero incluso entre quienes nunca votaron por él. Tenía convicciones sobre soberanía, justicia social y la responsabilidad económica del Estado, pero también tenía ambiciones presidenciales que nunca se concretaron.
Es cierto que también pudo exigírsele mayor firmeza frente al presidencialismo de López Obrador. Aunque advirtió riesgos para la autonomía del INE, Muñoz Ledo fue más frontal. La historia de sus derrotas daba razones suficientes para defender esas garantías.
Cárdenas nunca consiguió que los mexicanos lo llevaran a la Presidencia, pero sí fue un actor clave para que pudieran elegir libremente a quien la ocupara. Quienes lo homenajean desde el Gobierno le deben esa posibilidad. Hoy más que nunca vale recordar que nuestra democracia fue construida de forma gradual, a partir de convicciones y causas, pero también de frustraciones y derrotas.


