La vida interna del Instituto Nacional Electoral (INE) puede llegar a ser un infierno que se padece en medio de disputas de poder entre consejeros electorales, la presidencia del organismo y las poderosas direcciones ejecutivas… y de todo este cuerpo administrativo en choque o tensión permanente con los representantes de los partidos políticos.
El Consejo General es, por ley, el máximo órgano de dirección del INE. Lo integran la presidencia y diez consejeras y consejeros electorales, los únicos con derecho a voto, además de representantes del Poder Legislativo, de los partidos políticos y de la Secretaría Ejecutiva, todos con voz, pero sin voto.
Sin embargo, buena parte del poder cotidiano se ejerce lejos de las sesiones públicas del Consejo General, en las oficinas donde se administra el dinero, se toman decisiones operativas y se maneja información fundamental para el funcionamiento del sistema electoral mexicano.

¿Abuso de figura legal?
Ahí están la Dirección Ejecutiva de Administración, que controla recursos financieros, personal y contrataciones; la del Registro Federal de Electores, responsable del padrón electoral y la lista nominal; la de Prerrogativas y Partidos Políticos, que interviene en el financiamiento de los partidos y su acceso a radio y televisión, y la Unidad Técnica de Servicios de Informática, encargada de sistemas tecnológicos esenciales para cualquier elección.
A ellas se suman la Unidad Técnica de Fiscalización, que revisa las cuentas de partidos y candidatos; Vinculación con Organismos Públicos Locales, la Dirección Jurídica y Transparencia y Protección de Datos Personales. Oficinas que difícilmente ocupan los titulares de los periódicos, pero cuyas decisiones pueden tener enormes consecuencias políticas, administrativas y electorales.
Nos aseguran que Guadalupe Taddei, la expresidenta del INE, consiguió colocar a funcionarios de su confianza en buena parte de estas posiciones estratégicas. Y que las áreas donde no logró consolidar su influencia vivieron constantes enfrentamientos con la presidencia, en medio de señalamientos internos sobre presiones y amenazas que tendrían que ser esclarecidos.
Taddei construyó una estructura de nombramientos que le permitió ejercer una influencia considerable sobre la operación institucional y utilizar facultades que durante años habían estado sujetas a los acuerdos y contrapesos del Consejo General. Sí, antes, los propios consejeros debían construir mayorías para que el INE transitara. No siempre resultaba sencillo, pero era parte del equilibrio interno del organismo.
La disputa comenzó prácticamente desde su llegada, en abril de 2023. Los enfrentamientos con otros consejeros, las dificultades para conseguir los votos necesarios para cubrir posiciones directivas y las diferencias sobre el manejo administrativo terminaron por convertir la conducción del instituto en una batalla permanente.
El punto de quiebre llegó en octubre de 2024, cuando una reforma legal otorgó a la presidencia del INE facultades para designar directamente a titulares de direcciones ejecutivas y unidades técnicas, sin necesidad de obtener la aprobación del Consejo General. Seis consejeros se opusieron y promovieron una controversia constitucional.
El desacuerdo no era menor pues estaba en juego quién tendría la última palabra sobre la estructura administrativa del instituto y hasta dónde llegaban las atribuciones de su presidencia frente a un órgano que, por definición constitucional, debe tomar sus decisiones de manera colegiada.
Pro Taddei ejerció esas nuevas facultades sin rubor. Durante su gestión como presidenta del INE realizó al menos 17 nombramientos bajo ese esquema y llevó a posiciones relevantes a personajes con quienes había trabajado anteriormente, algunos provenientes del organismo electoral de Sonora.
Durante décadas, los consejeros electorales habían defendido los contrapesos internos como parte de la autonomía institucional. Con Taddei, las diferencias alcanzaron el corazón administrativo del INE y abrieron una discusión sobre la concentración de facultades en su presidencia.
Ahora, la nueva conducción del instituto ha planteado recuperar los acuerdos colegiados para la designación de funcionarios. El anuncio revela la dimensión de las diferencias que marcaron la administración anterior y anticipa una nueva disputa por el control de las posiciones estratégicas.
El INE ha vivido durante décadas enfrentamientos entre consejeros, disputas por el control de presupuestos millonarios, nombramientos controvertidos y pugnas por el control de su burocracia. Nada de eso comenzó con Guadalupe Taddei, aunque durante su presidencia cambiaron las reglas para decidir quién ocupaba buena parte de los principales cargos administrativos.
En medio de esta recomposición institucional, hay un elemento que merece recuperar su lugar:
El Servicio Profesional Electoral Nacional, construido durante años para formar funcionarios especializados, sujetos a evaluaciones y mecanismos de carrera, cuya permanencia no dependa de las afinidades personales de quienes ocupan temporalmente la presidencia del organismo.
Más allá de las batallas entre consejeros y de los personajes que llegan o se marchan de las oficinas principales, es ese cuerpo profesional el que ha sostenido buena parte de la operación electoral mexicana y contribuido a construir la credibilidad institucional del INE. Y esa estructura no debería convertirse en botín de ninguna presidencia.
RADAR
COMO EN EL BÉISBOL. Los adversarios de la senadora Mariela Gutiérrez están bateando de 4-0. Nos hacen ver que en lo que va de estos 10 meses, le han tratado de acertar sendos golpes a la legisladora, que si los perros que si el predial, que si nuevamente los perros y ahora el IMSS.
Nos comentan que cuando esa información llega a la discusión en redes sociales, se diluyen y se fortalece la senadora del Estado de México. “Solo la están haciendo más famosa”, dicen en suelo mexiquense; “los ataques debilitan a Morena”, dicen desde el centro de la República y piden pararlos ya. Mariela, se toma su café y se come su pan y dibuja una sonrisa ante el ataque, me aseguran.

El voto de castigo

