José Luis González Coiscou fue un escritor nacido en Santo Domingo en 1926, pero avecindado y naturalizado puertorriqueño desde su temprana infancia. Sus estudios en Nueva York, una prolongada estancia en Praga y su militancia comunista, en pleno macartismo, unieron su vida a la de tantos izquierdistas refugiados en México durante la Guerra Fría.
Las editoriales Era y Joaquín Mortiz publicaron sus novelas Balada de otro tiempo (1978) y La llegada (1980) y la editorial Alfaguara compiló sus brillantes cuentos en 1997. En la colección “La nave y el puerto” de ediciones Huracán, en San Juan, que dirigía el crítico y profesor de la Universidad de Princeton, Arcadio Díaz Quiñones, se editó en 1979 su provocador ensayo País de cuatro pisos.
En contra de los relatos hispanistas de la nacionalidad puertorriqueña, González sostenía que el primer piso de la cultura puertorriqueña, el que le servía cimiento o raíz, era el afroantillano. El componente blanco, peninsular o criollo, se superponía a ese estamento y, en el siglo XIX, durante el apogeo de la plantación azucarera esclavista llegó a dominarlo. Superposición política y dominación económica, pero no aniquilamiento o invisibilización social, ya que la cultura negra puertorriqueña aprendió a sobrevivir resistiendo.
Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances y Manuel Zeno Gandía serían voces típicas de la cultura puertorriqueña en ese segundo piso, marcado por la lucha contra la esclavitud y el racismo. La intervención estadounidense en 1898, que, a diferencia de en Cuba, se prolongaría por más de tres décadas, hasta alcanzar la isla la condición de “estado libre asociado”, levantó un tercer piso sobre la cultura puertorriqueña.
Los grandes escritores boricuas de la primera mitad del siglo XX (Luis Palés Matos, René Marqués, Julia de Burgos, Luis Rafael Sánchez) habitaron esa tercera edad de la modernidad literaria caribeña. El país intervenido y acotado en su soberanía era capaz de producir una literatura en español de gran sofisticación y lanzar preguntas ineludibles a la condición colonial del Caribe.
González llegaba a vislumbrar la utopía de un cuarto piso para la literatura puertorriqueña, una vez alcanzada la independencia de la isla. Esa literatura nacional, según el escritor, no necesariamente tendría que escribirse y leerse en español. Amistosamente, González reprochaba al poeta cubano Nicolás Guillén su defensa cerrada del castellano como lengua de la literatura cubana.
“La gran comunidad caribeña es una comunidad plurilingüe”. Y agregaba: “eso es real, irreversible y en lugar de derrotarnos o fragmentarnos, nos fortalece y enriquece”. El inglés y el francés del Caribe no eran, según González, lenguas imperiales sino “idiomas al servicio de la descolonización definitiva”. Autoras como Esmeralda Santiago, Rosario Ferré, Gianina Braschi o Jaquira Díaz habitan ese cuarto piso.