En mi artículo “Dos ciclos, dos políticas monetarias” especifiqué que las diferencias entre las economías de México y Estados Unidos justificaban decisiones distintas de sus bancos centrales. Banxico no tenía por qué acompañar automáticamente los movimientos de la Reserva Federal. Sin embargo, advertimos que el margen para reducir la tasa dependía de la inflación, de la actividad económica y del tipo de cambio. La evolución reciente de estas variables aconseja mayor prudencia.
Tres elementos han modificado el panorama: la inflación mantiene una trayectoria ascendente, la actividad productiva se ha fortalecido y la Reserva Federal elevó su tasa de interés. A ello se suma la depreciación reciente del peso. En conjunto, estas condiciones estrechan el espacio para una reducción adicional de la tasa de referencia en México y elevan los riesgos de una decisión prematura.
En materia de precios, el problema no se limita a los componentes más volátiles. Durante la primera quincena de octubre, la inflación general aumentó a 3.62% anual, mientras que la subyacente se ubicó en 3.78%. Dentro de esta última, tanto las mercancías como los servicios registraron incrementos en sus tasas anuales, después de varias quincenas de descenso. La interrupción de esa trayectoria dificulta consolidar la convergencia hacia el objetivo.

Pues no, no hay confianza en Lenia
Además, nuestra perspectiva es que la inflación continúe aumentando hasta cerrar el año en 3.9%. Persisten riesgos asociados con los precios del petróleo, la recuperación de la inflación agropecuaria y la depreciación cambiaria. Aunque este pronóstico permanece dentro del intervalo de variabilidad del Banxico, se aproxima a su límite superior y supone un alejamiento del objetivo puntual de 3%. Por ello, estar dentro del intervalo resulta insuficiente para justificar una relajación monetaria.
Por su parte, los resultados de la economía en el tercer trimestre han propiciado un cambio favorable en las expectativas de crecimiento del PIB. La recuperación ha ganado fuerza y ofrece una base más sólida para el cierre del año.
Las exportaciones manufactureras han sido un pilar de esa recuperación, mientras que otros indicadores apuntan a un fortalecimiento de la demanda interna. Esto no demuestra, por sí mismo, que existan presiones generalizadas por exceso de demanda. El panorama es más alentador que el considerado cuando se discutía la conveniencia de reducir el costo del financiamiento. A la vez, reduce la urgencia de proporcionar un estímulo monetario adicional, particularmente cuando la inflación enfrenta nuevos obstáculos para descender.
El entorno externo también impone restricciones. El incremento de la tasa estadounidense significa que una reducción en México estrecharía aún más el diferencial entre ambas tasas. Este diferencial no determina por sí solo el comportamiento del peso, pero influye en el atractivo relativo de los instrumentos financieros y puede adquirir mayor relevancia en un ambiente de incertidumbre.
Con una moneda que ya se ha depreciado, un recorte podría añadir presión cambiaria y trasladarse parcialmente a los precios de las mercancías importadas y los insumos productivos. La magnitud dependerá de las expectativas del mercado, del entorno externo y de la comunicación del Banxico. Aun así, es un riesgo que hoy merece mayor atención.
La autonomía del Banxico sigue siendo fundamental. Su ejercicio exige reconocer que las condiciones han cambiado. La perspectiva inflacionaria al alza, las mejores expectativas de crecimiento, el aumento de la tasa de la Fed y la depreciación reciente del peso hacen improbable que Banxico reduzca su tasa de referencia en la decisión que anunciará hoy. Mantenerla permitiría evaluar la persistencia de estas tendencias y evitar añadir presiones cambiarias que dificulten la convergencia de la inflación hacia el objetivo. La recuperación necesita condiciones financieras favorables, pero su continuidad también requiere consolidar la estabilidad de precios.

El INE, a la intemperie

