Se esperaba un avance demócrata en las elecciones intermedias de Estados Unidos. No se esperaba esto. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado, donde le arrebataron siete escaños a los republicanos, y se quedaron con la mayoría de las gubernaturas del país. Ganaron en California y en Georgia. Y ganaron en Texas.
Es cierto que en las elecciones de medio término el partido del presidente casi siempre pierde. Es una regla con muy pocas excepciones.
En 1966, Lyndon B. Johnson perdió 47 escaños en la Cámara. En 1970, con Richard Nixon, los republicanos perdieron 12. En 1974, tras Watergate y con Gerald Ford en la Casa Blanca, perdieron 48. Ronald Reagan perdió 26 en 1982, y en 1986 perdió el Senado.
Bill Clinton vivió en 1994 una de las peores noches para un presidente: los demócratas perdieron más de 50 escaños y el control de las dos cámaras, por primera vez en cuatro décadas. George W. Bush perdió el Congreso en 2006, Barack Obama perdió 63 escaños en 2010 y el propio Donald Trump perdió 40 en 2018.
RECONOCE DERROTA
Las excepciones son contadas: Clinton en 1998 y Bush en 2002, un año después de los atentados del 11 de septiembre. Lo que pasó este martes entra en la regla, pero con un tamaño que nadie anticipaba.
El mejor ejemplo es Texas. El último demócrata electo al Senado por ese estado fue Lloyd Bentsen, en 1988. La última gobernadora demócrata fue Ann Richards, que dejó el cargo en 1995. Desde entonces, Texas fue el gran bastión republicano del país.
Este martes, James Talarico, representante estatal demócrata, derrotó al fiscal general Ken Paxton y será senador. Y Gina Hinojosa le ganó al gobernador Greg Abbott, que buscaba un cuarto periodo. Será la primera mujer en gobernar Texas desde Richards y la primera latina en hacerlo. Abbott reconoció su derrota esa misma noche.
¿Qué le pasó a Trump? El primer golpe fue la guerra. El 28 de febrero comenzaron los bombardeos contra Irán, Teherán cerró de facto el estrecho de Ormuz y el petróleo se disparó. El lunes, un día antes de la votación, el galón de gasolina regular costaba en promedio 4.17 dólares, según la American Automobile Association (AAA). En la elección presidencial de 2024 costaba 3.10. Nunca había estado tan cara la gasolina en un día de elecciones. Y el tema económico que afecta el bolsillo de los votantes sí cambia el resultado de las elecciones.
Y no es sólo la gasolina. La inflación anual llegó a cerca de 3.7 por ciento en septiembre. En las encuestas de salida, casi nueve de cada diez votantes dijeron que el costo de la vida fue un factor importante para decidir su voto.
Trump fue muy bien visto por los apoyos que dio. En la pandemia mandó cheques a millones de familias. Pero lo que más le importa a la gente es que le alcance el dinero, y hoy no le alcanza.
Pasa lo mismo con el comercio. Los estadounidenses quieren un comercio justo y no quieren déficit comercial, como dice Trump. Pero no quieren pagar más en sus consumos de todos los días, y cada vez que van al súper, o que piensan en comprar un automóvil, todo cuesta más. Con los aranceles, por ejemplo, a México, las mercancías son más caras en EU, es lo que sí importa.
El segundo golpe fue la migración, aquí lo que pesó fue la percepción. El Departamento de Seguridad Nacional informó que hasta julio de 2026 había deportado a más de 985 mil personas en este segundo mandato. Barack Obama deportó a más de 2.7 millones en ocho años; sólo en el año fiscal 2013 fueron 438 mil.
La diferencia está en cómo se hace. Con Obama se deportaba más, pero sin esa violencia que se ha hecho viral. Hoy ICE va con todo contra menos personas, y las imágenes de uso extremo de la fuerza llegan a todas las pantallas.
Ha habido personas en manos de agentes migratorios. De enero de 2025 a junio de 2026 se registraron 52 muertes bajo custodia de ICE, la cifra más alta desde que se creó la agencia en 2003, según Human Rights Watch. Esa violencia es la que la gente no quiere ver.
Hace dos años el péndulo se fue a la derecha. Hoy gira a la izquierda. Pero hay que ver quiénes ganaron. No ganaron los demócratas de la agenda woke, salvo excepciones como Abdul El-Sayed en Michigan, que será el primer senador musulmán. Esos son los que más ruido hacen. La gran mayoría de los ganadores son demócratas de centro o de centroizquierda que crecieron frente a los radicales Make America Great Again (MAGA). Un buen ejemplo para México.
Y llegan con nombres que hacen historia. Keisha Lance Bottoms, exalcaldesa de Atlanta, será en Georgia la primera mujer afroamericana electa gobernadora en el país. Deb Haaland, exsecretaria del Interior, será en Nuevo México la primera mujer indígena electa gobernadora.
Gina Hinojosa será la primera persona hispana electa gobernadora de Texas. Xavier Becerra, hijo de mexicanos, será el primer gobernador latino de California desde Romualdo Pacheco, en 1875.
Amy Acton será la primera mujer gobernadora de Ohio. La republicana Marsha Blackburn será la primera en Tennessee. Peggy Flanagan, de Minnesota, será la primera mujer indígena en el Senado. Y con Juliana Stratton y Tammy Duckworth, Illinois será el primer estado representado por dos senadoras de color.
En total, 17 estados eligieron a una gobernadora.
Hay algo que vale mucho para la democracia de Estados Unidos que es la alternancia. Trump perdió en 2020 y el 6 de enero de 2021 sus seguidores asaltaron el Capitolio. Pero regresó con un nuevo mandato.
En la elección del martes dijo que aceptaba los resultados, reconoció que los demócratas hicieron un buen trabajo y aseguró que trabajará con ellos. Eso sí, recordó que tiene el poder de veto.
Para el Gobierno estadounidense, en su relación con México, no importa tanto qué partido avanzó. Lo que cambia es la forma de negociar. México ya no podrá pactar el comercio y los demás temas sólo con la Casa Blanca. Tendrá que hacerlo también con un Congreso de otro partido, que en Estados Unidos tiene mucho peso.
Al mismo tiempo, es muy probable que el presidente Donald Trump endurezca su postura, sobre todo en seguridad.
Le quedan dos años en la Casa Blanca y, aun con un Congreso demócrata, puede gobernar por decreto, con órdenes ejecutivas que no necesitan pasar por el Capitolio.
Para México, vienen dos años de mucha presión.