Arturo Damm Arnal

Inflación = delito

PESOS Y CONTRAPESOS

Arturo Damm Arnal*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Arturo Damm Arnal
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
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El fin de la economía es el bienestar, que depende, en buena medida, de la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios disponibles para la satisfacción de las necesidades, la mayoría de los cuales hay que comprar, para lo cual hay que pagar precios, para lo cual se necesita ingreso, para lo cual se necesita trabajo: el ingreso es el producto del trabajo.

Para maximizar el bienestar de las personas deben cumplirse ciertas condiciones, destacando estas dos: trabajo bien remunerado, de tal manera que el ingreso alcance para satisfacer correctamente las necesidades, y que, por lo menos, el dinero preserve su poder adquisitivo, de tal manera que, al paso del tiempo, con la misma cantidad del mismo, pueda comprarse la misma cantidad de los mismos bienes y servicios (y, por lo más, que el dinero aumente su poder adquisitivo, de tal manera que, al paso del tiempo, con la misma cantidad del mismo, se pueda comprar una mayor cantidad de los mismos satisfactores), condiciones que en México no se cumplen.

Según datos del Inegi, en junio, 34.7 por ciento de la población ocupada percibió, por su trabajo, hasta un salario mínimo, 312.41 pesos diarios, y 34.3, hasta dos salarios mínimos, 624.82 pesos por día, por lo que 69.0 por ciento de la población ocupada generó hasta dos salarios mínimos. Durante la primera quincena de agosto, también con datos del Inegi, la inflación, comparada con la primera quincena de agosto de 2022, fue 4.67 por ciento.

En México, más de dos terceras partes de la población ocupada no genera un ingreso suficiente para satisfacer correctamente sus necesidades y, por si fuera poco, ese ingreso, producto del trabajo de cada quien, pierde poder adquisitivo y, más grave todavía, lo seguirá perdiendo, porque el Banco de México tiene una meta de inflación de tres por ciento, más menos un punto porcentual de margen de error (¡vaya margen de error: 33.33 por ciento!), de tal manera que la máxima inflación aceptable es cuatro y la mínima dos.

Cierto, la inflación ha bajado: en la primera quincena de agosto fue 4.67 por ciento; una quincena antes, en la segunda de julio, fue 4.78; un año antes, en la primera quincena de agosto de 2022, fue 8.77, pero sigue estando presente y, dado que el banco central tiene meta de inflación, seguirá estando, meta que tiene un intervalo entre dos y cuatro por ciento, meta que no se ha logrado desde marzo de 2021. Sumamos ya 29 meses y medio con la inflación por arriba de cuatro por ciento. Si es malo que el Banco de México tenga meta de inflación, peor es que no la cumpla, sin olvidar que los repuntes por arriba de la meta una de dos: son permitidos u ocasionados por el banco central, cuya responsabilidad en el asunto es innegable.

En lo que va del siglo XXI, la inflación acumulada en México es de 166.69 por ciento, 4.32 por ciento, en promedio anual, por arriba de la meta del Banco de México, inflación que viola el derecho de propiedad al poder adquisitivo íntegro del trabajo, parte fundamental del derecho de propiedad al producto íntegro del trabajo, por lo que la inflación, antes que otra cosa, supone una injusticia, misma que el banco central, con su meta de inflación, comete flagrantemente. La inflación, antes que otra cosa, es un delito contra el derecho a la propiedad privada. Véase, de Ricardo M. Rojas, La inflación como delito, Unión Editorial.