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Bernardo Bolaños

El círculo ecologista de Hitler

ANTROPOCENO

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A pesar de su título, vi en mis vacaciones de verano la serie documental El círculo maléfico de Hitler, en Netflix. Es británica, de 2018, y quienes son entrevistados en ella son académicos. La línea argumental es que el innombrable monstruo racista y genocida no era una personalidad ya consumada cuando comenzó su ascenso en el movimiento nazi. Su círculo cercano lo eligió como mesías o redentor, pero también habría contribuido a modelar sus rasgos: imperialismo, racismo, voluntad asesina de carácter industrial.

Hitler fue un agente enviado a espiar a los nacionalsocialistas, pero se acabó identificando con ellos dentro de la taberna. Estos pangermanistas radicales, a su vez, fueron seducidos por su oratoria. Pocos decidieron competir con él por el liderazgo, optaron mejor por influir en su personalidad.

Un defecto de la serie es no mencionar nunca la importante, pero poco conocida, división entre nazis ecologistas (Hess, Himmler, Todt y Darré) y antiecologistas (Goebbels, Borman y Heydrich). Rudolf Hess compartió la cárcel con Hitler, tras el golpe de Estado fallido de 1923, y lo impulsó a escribir. Es casi coautor del panfleto Mi lucha. Quizá también fue él quien lo convenció de su particular plan expansionista: Alemania debía arrebatar territorios a sus vecinos de Europa del Este, para crear un “espacio vital”. No sólo los judíos, sino los eslavos, debían ser desplazados o eliminados para dejarle el lugar a los alemanes. Pero la serie no se detiene en algunos motivos: la supuesta conexión de los arios con el “bosque sagrado” y con la tierra. Hitler y Hess eran vegetarianos y amantes de los animales. Con Himmler, también eran partidarios de la agricultura orgánica y de políticas agrícolas de protección contra la degradación del suelo.

Cuando el lunático y supersticioso Hess voló por iniciativa propia a Escocia para negociar la paz y fue capturado, la rama “verde” del nazismo fue abolida. Recomiendo sobre estos temas el libro Ecofascimo, de Biehl y Staudenmaier, traducido y publicado en 2019 por Editorial Virus, de Barcelona.

En filosofía hay un tortuoso problema moral: si pudiéramos viajar en el tiempo ¿se justificaría matar al bebé Hitler, para evitar millones de muertes inocentes? El largo documental británico nos muestra que no vale la pena torturarse demasiado con ese dilema moral. Parte del entorno del Führer era igual o peor que él. En particular Himmler y Goebbels. Eliminar a un genocida no acaba con la posibilidad de que resurja el mal absoluto.

Lo que sí debemos plantearnos es cómo eludir el ecofascismo. Algunas lecciones son las siguientes: los problemas ambientales deben atenderse junto con los problemas sociales y no existen “leyes de la naturaleza” que desplacen a la ética. Ninguna etnia o cultura tiene el monopolio de la relación con la biósfera; todos tenemos el deber y la capacidad de luchar para salvar la vida en la Tierra. El discurso de odio no debe inspirar jamás la lucha por proteger a la biodiversidad y los derechos de las generaciones futuras.