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Bernardo Bolaños

Leyes contra Twitter y energías renovables

ANTROPOCENO

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Recientemente, el padre Alejandro Solalinde visitó en Palacio Nacional al Presidente convaleciente de Covid-19. Los imagino discutiendo acerca de Twitter como una red social supuestamente al servicio del PAN y del gran capital. Poco antes de acudir, el sacerdote había cerrado su cuenta en la red social del pajarito azul, en solidaridad con algunos tuiteros aliados de la 4T a los que se les expulsó.

Vale la pena recordar el chisme completo: AMLO se solidarizó con Trump cuando éste fue sancionado por Twitter. También exhibió en una mañanera a un directivo de la empresa en México ligado al PAN. La persona señalada fue acosada por los simpatizantes del Presidente, lo que fue intolerable para Twitter, quien al parecer mandó una señal a la 4T cancelando algunas cuentas influyentes que violaban reglas. Y es que hay políticos que usan nombres y caras falsas para manipular a la opinión pública (los llamados trolls).

Resumiendo, AMLO compró el pleito de Trump, cuyos partidarios (algunos neonazis) difundían en la red social teorías del complot y llegaron a llamar a la insurrección y toma del Capitolio. ¿Qué necesidad? En la 4T abundan las teorías del complot. El propio padre Solalinde llegó a exigir en Twitter castigo al supuesto “criminal de lesa humanidad” que, según él, “provocó la pandemia”. Parte del círculo del Presidente ve por todos lados un complot del capitalismo y el imperialismo, al servicio de los cuales se encontrarían lobos con piel de borrego, como los ambientalistas y las organizaciones internacionales. Una de las usuarias suspendidas, @lovrega, llegó a afirmar que “la pandemia H1N1 fue magnificada por la OMS y tenía como objetivo beneficiar a las farmacéuticas trasnacionales”.

En vez de interpretar que Trump provocó su propia ruina, muchos obradoristas creen que fue censurado injustamente. La premisa es que “nadie es dueño de la verdad” y, por lo tanto, una empresa privada no debería poder decidir a quién le baja la cuenta. Esta posición en favor de una “democracia” radical sin límites olvida las lecciones que dejaron los totalitarismos del siglo XX que recurrieron a violencia verbal, discursos de odio y linchamientos de minorías.

La misma visión conspirativa del mundo aparece también al abordar la crisis climática. Las energías renovables serían un mero discurso colonial e imperialista. Los obradoristas no se preguntan: ¿Es cierto que la civilización se juega su existencia en las próximas décadas? En vez de ello, creen luchar, por la Patria, contra gigantes malvados (que los demás vemos como turbinas eólicas y empresas de Silicon Valley). Luego de una derrota tras otra en tribunales de amparo, el Presidente pretende ahora reformar la Ley de la Industria Eléctrica, regular las redes sociales y desaparecer órganos autónomos. Es como mover las manecillas del reloj para tratar de regresar el tiempo. También es violar tratados internacionales aprobados por él mismo (como el T-MEC, que protege a Twitter y a los inversionistas en renovables y el Acuerdo de Escazú, que impide desaparecer al Inai).