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Carlos Urdiales

Hasta que las redes nos amuelen

SOBRE LA MARCHA

Carlos Urdiales
Carlos Urdiales 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Carlos Urdiales

Benditas redes sociales alteran fronteras entre lo público y lo privado. Su alcance y efectividad comercial convierten a sujetos en marcas. Influencia que se alquila y cobra, que paga impuestos, exclusiva y patentada; universo virtual donde algunos, se dejan de pertenecer. 

El Partido Verde, el gobernador electo de Nuevo León, Samuel García, y su esposa, la influencer Mariana Rodríguez, estelarizan nuevo debate que excede la aldea cibernética invadiendo el ámbito de leyes y normas.

El Instituto Nacional Electoral (INE) determinó que las mil 300 historias y 45 fotografías que Mariana subió a Instagram valen, según su tarifario, 27 millones de pesos que, aunque no cobró, integran gastos de campaña de Movimiento Ciudadano (MC) y su esposo. El INE multó con 55.4 millones de pesos al partido naranja y con otros 448 mil a Samuel.

¿No puede una esposa apoyar a su pareja? Una parte sí, la otra no. MC alega que durante otra campaña, para senador, Samuel y Mariana fueron uno mismo y nada pasó.

La consejera electoral Claudia Zavala ataja; en aquel entonces la famosa no había registrado nombre e imagen como empresa y fuente de ingresos (lo hizo en 2018).

Así que, como todo lo que sube, comenta y recomienda lo cobra, lo promocionado, solicitado o sugerido en campaña mancomunada, vale. Su fama y prestigio tienen precio, 8 mil pesos cada mención. Compartió más de mil 300 y 45 fotografías o videos. Al ser ella empresa de mercadotecnia comercial, el debate se agita. Y se agota, felices hasta que las redes sociales los amolaron.

También hubo palo para los del Verde y sus influencers sincronizados horas antes de la jornada electoral del 6 de junio. Juntitos salieron a recomendar candidatos ecologistas. ¿Gratis? No. Entre 20 y 40 millones costaron las espontáneas porras. Para el PVEM, MC e inodados?, la sanción del INE es aberración legal, electoral, política, ética y moral.

Para el consejero presidente, Lorenzo Córdova, no; se trató de acciones intencionales y premeditadas que pretendían burlar la ley. Si Mariana Rodríguez y los otros utilizaran cuentas profesionales y otras personales, entonces sus alientos valdrían a título personal, no comercial. Pero no.

Mariana no le pertenece a Samuel (a pesar del viral video de la pierna y las costillitas), ni a sí misma como esposa comprometida con el proyecto político de su marido; al registrarse, venderse y cobrar lo que en redes sociales sube, impidió al proyecto electoral bicéfalo “gorrear” la otra campañita.

Las benditas redes nos sacuden con acertijos como éstos. También con la polémica potestad de corporativos tecnológicos para reglamentar, con letra chiquita, libertades de expresión e información. Suplantación de facultades legislativas nacionales. El destierro viral de Trump, por ejemplo.

Normas arbitrarias que inciden en lo social a partir de lo privado. Derechos de autor ignorados por el uso y abuso de buscadores (Google en Francia) que multiplican utilidades a través de motores de búsqueda que nos “venden” lo que tan sólo imaginamos, sin pagar nada, pero cobrando todo.

La producción televisiva que hizo presidente a Enrique Peña Nieto casándolo estratégicamente con una estrella del canal del firmamento cuando ella volaba cual gaviota con fama y él, con galanura, fue sospecha fundamentada, tangible por la existencia de acuerdos conocidos.

Modus operandi de alta rentabilidad se reproduce ahora en medios emergentes. Las redes, los espontáneos influencers verdes, los canales en YouTube, la publicidad embebida, el apetito social por lo efímero, la sed de apropiación, de validación, de likes, de seguidores, la satisfacción de los que persiguen, los vínculos civiles y sagrados enlaces.

Identidades reducidas o amplificadas que emulan al Rey Midas vendiendo maquillaje, comida, estilo, moda, representantes populares o gobernantes. Sanciones económicas para verdes y naranjas un tanto subjetivas. Al fin y al cabo, todo es dinero público que viene y va para deleite de los más abusados que, de política y democracia, viven.

Ahora bien, la investidura ya es otra cosa. Perder lo ganado en las urnas por las redes y sus pecados de origen, pondría el listón del respeto a la regla en otra órbita, en una que quizá, y la sola posibilidad anima, inhibiría las trampas sustentables o fosfo-fosfo que no debemos confundir con democracia.