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Guillermo Hurtado

El crepúsculo de la picardía mexicana

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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  • Guillermo Hurtado

Picardía mexicana, de Armando Jiménez (1917-2010), ha vendido más de cuatro millones de ejemplares desde su primera edición en 1960. Sin embargo, mucho me temo que, a pesar de todas sus virtudes —alabadas por personajes de la talla de Alfonso Reyes y Octavio Paz— el libro ya no puede calificarse como una obra inmortal.

Ese humor vernáculo que describe Jiménez con maravilloso lujo de detalle lexicográfico, antropológico y literario, cada vez nos parece más viejo. Digámoslo de otra manera: el humor de Picardía mexicana estaba ligado a una forma de vida colectiva que ha desaparecido o que, por lo menos, está a punto de desaparecer.

El humor de Picardía mexicana es el del México de mediados del siglo anterior. Un México en el que aún coexistían las formas de vida tradicionales, es decir, provincianas, campiranas, con las nuevas formas de vida urbana en las que había una extraordinaria ebullición de símbolos y significaciones. Quien no vivió ese México, no puede entender toda la riqueza de Picardía mexicana. Los jóvenes nacidos en este siglo son incapaces de captar todos los juegos de lenguaje, las sutilezas semánticas y los giros lingüísticos que gravitaban en ese México que ya sólo existe en la memoria de algunos de nosotros.

Algo que salta a la vista hoy en día es la peculiar representación de la sexualidad que subyacía al humor mexicano, una representación primordialmente masculina, es más, francamente machista. El sujeto del humor de Picardía mexicana es el varón: son chistes de hombres para hombres. Las mujeres son los objetos pasivos de las burlas. Sin embargo, el principal objeto de ese humor alburero no lo era tanto la mujer como los hombres mismos. La homosexualidad es el tema principal de un porcentaje muy importante del humor de Picardía mexicana. Por ejemplo, el conocido poema “El ánima de Sayula” expresa el miedo, la tentación y la proximidad de las relaciones sexuales entre machos, para mayor seña, entre compadres. Podría decirse, de manera general, que el humor de Picardía mexicana es el del México previo a la llegada de la revolución sexual, a la irrupción del feminismo y a la reivindicación de la diversidad.

El México de Picardía mexicana era un México reprimido; pero quizá, por eso mismo, uno más inocente, más rebuscado, más creativo. Hoy en día, las cosas son más planas, más directas, más banales. El humor de nuestros días es más grosero, más barato, sobre todo cuando toca esos temas —que antes se describían como temas “delicados”— que tienen que ver con asuntos escatológicos.

Jorge Portilla decía en uno de los postfacios del libro que Picardía mexicana brindaría “jugosos frutos a los estudios sobre filosofía de lo mexicano”. Leo esa declaración con enorme nostalgia. Ese humor y esa filosofía de los que hablaba Portilla se han ido para no volver.  

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.