Sábado 11.07.2020 - 06:16

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Guillermo Hurtado

Divagación sobre los calcetines

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
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Al ser humano se le puede conocer por medio de su vestimenta. Cada una de nuestras prendas tiene su propia personalidad. Algunas son orgullosas: sacos, camisas, corbatas. Otras, como las que usa por debajo de aquéllas, son más modestas. A esta segunda clase pertenecen los calcetines. Eso no significa, sin embargo, que no nos revelen algo sobre sus dueños y, en general, sobre la vida humana.

Si quisiéramos caracterizar la existencia de los calcetines diríamos que es triste. Los publicistas han tenido que utilizar todo su ingenio para hacerlos atractivos. ¿Recuerda usted aquella frase de “entre el zapato y el pantalón, está el detalle de distinción”? Si resultaba tan pegajosa era porque a todas luces era una exageración. No hay nobleza en los calcetines. Puede haber comodidad, sí, incluso cierta dignidad en la calidad del tejido, pero el calcetín está condenado a envolver humildemente nuestros pies y guardar sus secretos.

El agujero en el calcetín es quizá la mejor metáfora de nuestras pobrezas ocultas. En 2007 se comentó mucho que cuando el presidente del Banco Mundial tuvo que descalzarse para entrar en una mezquita se descubrió que tenía hoyos en sus calcetines. Nunca se sabe cuántos agujeros esconden los zapatos de los hombres más ricos, inteligentes, admirados. Y no hablemos ya de su proverbial mal olor, del que no tienen culpa alguna. El calcetín nace limpio, son sus dueños los que lo impregnan de sus tufos.

Con el paso de los días vamos dejando nuestra huella en los calcetines. Se van gastando del lado que apoyamos más los pies, al igual que las suelas. Eso también puede verse como una metáfora de nuestras debilidades. Imprimimos en ellos el rastro de nuestras inclinaciones más imperceptibles. Un detective como Sherlock Holmes podría saberlo todo de una persona tan sólo por examinar las marcas en sus calcetines.

Si hacemos un esfuerzo de la imaginación, podemos suponer que una desgracia de los calcetines es depender de su pareja. El par está condenado a estar completo para tener utilidad. Lo que resulta sorprendente —aunque pasa muy seguido— es que, como por arte de magia, uno de los calcetines logra escapar. Un día cualquiera, uno de ellos no aparece en la lavadora. ¿Dónde se pudo meter? Se le busca por todos lados. Nada. Desparece como si se hubiera escapado a otra dimensión. El otro calcetín queda solo. Se le puede guardar por muchos años en el fondo del cajón, pero tarde o temprano se le tira.

¿Le guardará rencor el calcetín abandonado al que se marchó? No lo creo. En su tranquila existencia ve llegar a los calcetines nuevos, los ve gastarse, llenarse de agujeros, irse para siempre. Queda, por así decirlo, por fuera del destino que se le tenía deparado. ¿Podremos encontrar, aquí, otra metáfora del sentido de la vida humana?