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Guillermo Hurtado

Más sobre el perdón en la Guía Ética

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
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Varios amigos me han compartido distintas objeciones que se le pueden hacer a la Guía Ética respecto al tema del perdón. Las replanteo aquí para completar mi examen.

La Guía no toma en cuenta de manera explícita el hecho de que pasamos por la peor crisis de inseguridad, crimen y violencia de la que se tenga memoria. No hay un mexicano que se sienta seguro y millones han sido víctimas. Pues bien, el perdón requiere un horizonte de justicia. Incluso en la tradición cristiana, el perdón es un mandamiento que se cumple con la certeza de que la justicia de Dios siempre se alcanza. Lo que nos pide Dios es que le dejemos a él ese juicio. Pero el Gobierno actual no puede ponerse en el lugar de Dios para pedir que perdonemos a los ladrones, secuestradores, extorsionadores, torturadores, violadores, asesinos y a sus cómplices dentro de las fuerzas de seguridad del Estado. No puede hacerlo porque el Estado carece de la autoridad moral para pedirnos que perdonemos, cuando no ha cumplido con su trabajo más elemental, a saber, que se respete la ley y que se juzgue y se castigue a quienes la violan.

Para algunos, el problema de fondo con la Guía es que no es correcto que el Estado quiera dictarle a los individuos la moral que deben aceptar. La objeción está fundada en la doctrina liberal de que el Estado no debe intervenir en las conciencias individuales: la moral debe ser autónoma.

Se puede o no estar de acuerdo con aquella doctrina. Es evidente que el régimen actual no comulga con ella. Su concepción populista de la política es muy diferente. No quisiera entrar aquí en ese debate, pero a mí me parece que hay ocasiones en las que el Estado debe ofrecer una orientación moral dentro del proceso democrático. Por ejemplo, después de una guerra civil, el Estado debe ocuparse de sentar las bases de la reconciliación social y, para ello, es preciso que encabece una reflexión ética colectiva.

Desde hace años, México vive algo muy parecido a una guerra civil. Basta con tomar en cuenta el número de muertos, la enorme cantidad de desplazados, los graves daños al tejido económico y social. México requiere sanar sus heridas y, para ello, sería conveniente que, en algún momento, pudiéramos dar una vuelta a la página de la historia. Eso ha sucedido en otros países; aunque no hay que perder de vista que, en esos mismos países, hay grupos que afirman que no debe tolerarse el olvido ni concederse el perdón. En todo caso, esa discusión nos queda muy lejos en México, porque la violencia, la delincuencia, la impunidad siguen reinando. Que el Estado le pida al pueblo que perdone ahora, tal y como están las cosas, es una afrenta.