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Guillermo Hurtado

Pitágoras en La Viga

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

Antes de que Vasconcelos escribiera su Pitágoras, una teoría del ritmo, otro insigne compatriota se había ocupado del filósofo de Samos. Juan Bautista Morales (1771-1856) es autor del famoso El gallo pitagórico, obra de ingeniosa critica moral y política publicada en forma de libro en 1845.

Cuenta el narrador cómo una vez, caminando por el rumbo de La Viga (a mediados del siglo XIX, los capitalinos solían ir de paseo por las arboladas y frescas riberas del canal con ese nombre) encontró un gallo que se le quedó mirando fijamente. El narrador, llamado Erasmo Luján, se sorprendió cuando el gallo le dijo que lo llevara a su casa.  

El gallo le hace una confesión a Luján: él es, en realidad, el espíritu de Pitágoras, que ha ido transmigrando hasta llegar al cuerpo de ese plumífero. Hay que recordar que Pitágoras escandalizó a sus contemporáneos —según cuenta Jenófanes— porque en una ocasión que alguien golpeaba a un perro, el sabio le pidió que dejara de hacerlo porque reconocía en el animal a un viejo amigo que había muerto poco antes.  

Luján descubre que, desde la primera muerte terrenal del filósofo, en 495 a. de C., Pitágoras había recorrido el mundo dentro de distintos cuerpos humanos, lo que le había dado una experiencia gigantesca sobre las cosas terrenas y un juicio certerísimo sobre todos los asuntos de nuestra existencia. Huelga añadir que su cultura era enorme, dado que había leído, o conocía de oídas, todas las doctrinas teológicas, científicas y filosóficas creadas hasta entonces.  

Pitágoras había vivido antes en cuerpos de griegos, ingleses, franceses y estadounidenses y de todos ellos había quedado decepcionado. Decide venir a México para conocer al país y sus costumbres. Lo que encuentra es un escenario lamentable: la corrupción, la ignorancia y la discordia reinan por todos lados. Pitágoras pregunta a las demás almas sin cuerpo en qué tipo de mexicano debería reencarnar. Cada vez que él propone algún oficio o clase, las demás almas le hacen ver las inconveniencias de esa elección. De esa manera, va descartando, uno a uno, a los militares, ministros, diputados, jueces, magistrados, abogados, médicos, agiotistas, comerciantes, artesanos, eclesiásticos y periodistas; ¡y ni qué decir de las cotorronas, las señoritas y las casadas! Total, que Pitágoras decide meterse en un huevo para nacer gallo y poder observar, sin riesgo ni compromiso, la vida mexicana desde una prudente distancia.  

Me temo que si, hoy en día, el gran Pitágoras quisiera reencarnar en algún mexicano, la recomendación que se le daría sería la misma que en el turbulento siglo XIX: que mejor reencarne en un animalito; no en un gallo, mejor en un perrito faldero de esos tan bien tratados por sus dueños.   

Y cuento esto porque ayer, circulando por el árido y polvoso Eje Dos Oriente, me topé con un can que me miró muy fijamente, como si quisiera decirme algo.