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Guillermo Hurtado

Política y politiquería

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
 
Por:
  • Guillermo Hurtado

Cuando estudié filosofía en el siglo pasado, me formé el concepto de que la política era una actividad orientada al bien común. Para lograr sus objetivos, tenía que estar inspirada en principios, normas e ideales sólidos. Lo que entendí es que la aspiración de la política era ser universal, no sólo en el sentido de tener fundamentos que valieran para todos los seres humanos, sino también en otro sentido — más restringido, mas no por eso menos sublime— de valer para todos por igual, dentro de una comunidad cualquiera.

La política, concebida de esa manera, murió con el crepúsculo del siglo XX. Ahora la política ha sido sustituida por otra cosa. Lo que hoy impera es el mercado de los intereses, la farsa de los discursos, la miseria de las ambiciones, el espectáculo de las pasiones.

Si la política ya no existe, ¿qué es lo que tenemos? Mi respuesta es que lo que hay es politiquería, una versión decadente de la política. La politiquería no descansa. Todos los días hay un movimiento incesante en los congresos, los partidos políticos, las asociaciones, los grupos de presión, las dependencias del Gobierno, los noticiarios televisivos, las columnas periodísticas, las redes sociales. La politiquería es una actividad incesante porque genera la energía que mueve al aparato que la conforma. Sin embargo, lo que sabemos es que ese mecanismo no existe para el beneficio de la sociedad en su conjunto, sino para el de sus dueños y sus usufructuarios.

Por su parte, la democracia tendría que ser el encuentro de la colectividad para solucionar sus problemas comunes. Un encuentro virtuoso, razonable, generoso. Pero si no hay lugar para la política, tampoco puede haberlo para la democracia, entendida de esa manera. Por lo mismo, no puede haber democracia genuina dentro de la politiquería. Lo que hay, cuando mucho, es lo que podríamos llamar democratiquería.

No se puede “tapar el sol con un dedo”. La democracia en los países occidentales pasa por una crisis alarmante de legitimidad, operabilidad y confiabilidad. Por un lado, la democracia liberal ha reducido los elementos de la política al mínimo. El ciudadano queda desactivado y su participación se limita al sufragio. Los partidos políticos se despojan de su ideología y tienden hacia un centro inane. Si todo va bien, la politiquería de la democracia liberal se reduce a la gobernabilidad, si va mal, se cae en el desorden y en la corrupción. Por otro lado, el populismo se pone la brillante armadura de la política tradicional para combatir a la politiquería neoliberal, pero no hace política genuina, sino una ficción de la política, lo que es una politiquería acaso más perniciosa. El populismo es la enfermedad degenerativa de la democracia liberal.

¿Cómo refundar la política? ¿Cómo rescatar el ideal democrático? Estas preguntas son las más importantes de la filosofía social de nuestro tiempo.