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Guillermo Hurtado

El tanque de oxígeno

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
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Cuando se trata de la enfermedad, el dolor y la muerte, la realidad siempre supera a la fantasía.

Recuerdo la película El papelerito, dirigida por Agustín P. Delgado y estrenada en 1951. Una viejita, interpretada por Sara García, vende comida en la calle y protege a un grupo de chamacos desamparados que venden periódicos. Uno de ellos se llama Toñito, y en un incidente ocasionado por un delincuente, amante de su madre, recibe un balazo en el tórax. El niño pierde uno de los pulmones y, en consecuencia, queda muy debilitado. Sin embargo, Toñito se ve obligado a salir de nuevo a las calles para trabajar de voceador. Una tarde lluviosa se moja y enferma. El médico le informa a la anciana y a sus amigos que lo están cuidando, que Toñito necesita unas inyecciones que cuestan quince pesos (de los de antes) y, además, un tanque de oxígeno que cuesta cincuenta pesos, una suma inaccesible para ellos. Los chicos rematan sus escasas posesiones para comprar las medicinas. La viejita sale en busca del oxígeno. No sabemos qué hizo para conseguir el tanque, ¿pidió prestado?, ¿empeñó alguno de sus poquísimos bienes? Cuando llegan los niños con las ampolletas Toñito ya está muerto. Minutos después llega la viejita y detrás de ella unos hombres cargando el tanque de oxígeno. La viejita se da cuenta de que ha llegado muy tarde y les dice a los hombres que ya no necesitará el oxígeno. No sabemos si perdió los cincuenta pesos o si logró que se los devolvieran. En cualquier caso, la tragedia estruja el corazón.  

Yo vi El papelerito hace muchos años y la escena de Sara García llegando con el tanque de oxígeno se me quedó grabada. No podía imaginar —ni yo ni nadie— que esa desgracia de película se repetiría —no una, sino miles de veces— en la vida real. Los periódicos cuentan historias terribles de personas que tienen que recorrer media ciudad para encontrar oxígeno y luego, hacer colas larguísimas para poder comprar un tanque o para rellenarlo. Como dije antes, la realidad supera a la ficción siempre que hablamos de enfermedad, dolor y muerte.  

He tenido la fortuna de que ninguno de mis parientes haya estado en la necesidad de buscar un tanque de oxígeno durante la pandemia, pero me duele el drama vivido por mis compatriotas.  

Así como después del terremoto de 1985 se escribieron crónicas sobre las tragedias de aquellos días, debemos esperar que se escriban crónicas sobre lo que se ha padecido en todo este año de pandemia. La memoria del sufrimiento debe preservarse de todas las maneras posibles: entrevistas, documentales, grabaciones. Cada quien debe hacerlo dentro de su propia familia, lugar de trabajo, comunidad. Guardemos en el recuerdo lo sucedido, por amor y respeto a los que se han ido y para que los sobrevivientes nunca olvidemos lo que vimos.