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Mauricio I. Ibarra

Redes implacables

STRICTO SENSU

Mauricio Ibarra
Mauricio IbarraFoto: La Razón de México
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El mes pasado el sacrificio del tribunal de las redes sociales recayó en la llamada #LadyTresPesos. Se trata de una joven mujer que agredió a los empleados de un almacén, quienes le impidieron la entrada por no seguir las medidas sanitarias. Las imágenes de la señora, quien se refirió a los trabajadores con palabras como: “¿Ganas tres pesos, verdad? Vete a comer chicharrón en salsa verde, jodido”, se viralizaron y tuvieron como consecuencia que la compañía que la empleaba prescindiera de sus servicios.

La semana pasada tocó el turno a un profesor de la Universidad Iberoamericana que, en su cuenta personal de Twitter, publicó el 21 de septiembre un comentario sobre el aspecto físico de una senadora. Luego de viralizarse y recibir una avalancha de críticas, lo borró y se disculpó por su “broma”. Dado que en su perfil asentaba ser maestro en la UIA, varios tuits se dirigieron a esa institución, reprochándole que entre su planta docente se encontrara una persona que hiciera esos comentarios. Ese mismo día, la universidad tuiteó que reprobaba las afirmaciones del docente. Al día siguiente, la casa de estudios emitió un comunicado en el que informó que, tras una deliberación interna, el profesor había sido separado de su puesto, refrendando su compromiso para combatir la violencia de género.

El episodio nos permite reflexionar sobre varias cuestiones. La primera se refiere al papel que desempeñan las redes sociales como amplificadoras de la polarización. Cada vez es más claro que se han convertido en una arena de combate donde los mexicanos contrastamos nuestras diferencias sin respetar reglas, frecuentemente escudados en la impunidad del anonimato. Otro aspecto a considerar es la manera en que su uso borra las fronteras entre los ámbitos de actuación de los individuos. #LadyTresPesos insultó a los guardias como una consumidora inconforme con las normas de ingreso a la tienda, pero sus actos tuvieron consecuencias en su esfera laboral. Similarmente, el docente de la universidad privada expresó su opinión como ciudadano de a pie, pero su proceder se tradujo en la pérdida del empleo.

Mención aparte merece la actuación de las autoridades universitarias. No perdamos de vista que el exprofesor escribió su comentario respecto a una figura pública, sin relación alguna con la UIA. Es decir, no se refirió a un alumno, profesor o trabajador de esa casa de estudios. Tampoco lo expresó desde el campus, en alguna de sus publicaciones o desde su estación de radio. A pesar de ello, fue separado de su empleo. Llama la atención que se justifique tal destitución como parte del combate a la violencia de género. El lamentable comentario es claramente discriminatorio, referido al aspecto físico de la senadora, no a su condición femenina. Es inquietante que una universidad, institución que por naturaleza debe defender la libertad de cátedra, haya reaccionado tan rápida y contundentemente al veredicto de las redes sociales, sin haber dado oportunidad de defensa al docente.