Rafael Rojas

AMLO y el giro a la izquierda

VIÑETAS LATINOAMERICANAS

Rafael Rojas*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Rafael Rojas
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
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  • Rafael Rojas

Gesto revelador del tardío propósito de ejercer un liderazgo en América Latina, por parte del Presidente López Obrador, ha sido su respaldo a las candidaturas de Xiomara Castro en Honduras, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia. Respaldo que, otra vez, devuelve la Doctrina Estrada, norma diplomática supuestamente dirigida a la defensa irrestricta del principio de autodeterminación, a su original sentido casuístico. Tan fiel a esa doctrina sería la tardanza en reconocer el triunfo de Joe Biden en Estados Unidos como el endose de la candidatura de Petro en Colombia.

López Obrador tiene razón en que, cronológicamente, su llegada al poder sería la primera de la nueva ola progresista en América Latina. Luego de su triunfo, en 2018, vendrían los de Alberto Fernández en Argentina en 2019, Luis Arce en Bolivia en 2020, Pedro Castillo en Perú en 2021 y, más recientemente, los tres mencionados. A medida que se consuma el giro a la izquierda en la región, AMLO proyecta, con mayor desinhibición, su vocación de liderazgo sobre el nuevo progresismo latinoamericano y caribeño.

Un componente fundamental de cualquier intento de hegemonía en la izquierda continental ha sido, desde los tiempos de Fidel Castro y Hugo Chávez, la homogeneización mediática de los programas y perfiles de sus dirigentes. Lo que tradicionalmente se llama “unidad”, en el campo de la izquierda latinoamericana, no es la búsqueda de consensos, en medio de una diversidad reconocida, sino la identificación artificial de experiencias distintas con fines geopolíticos. López Obrador comienza a trabajar en esa indistinción, con mayor constancia, en los últimos meses.

La primera indistinción es la que separa al ciclo anterior del presente. La izquierda postchavista preserva el marco constitucional democrático, no favorece la reelección y busca buenas relaciones con Estados Unidos. Sin embargo, López Obrador oculta esas diferencias en su proyección pública por medio del desconocimiento del carácter antidemocrático de los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Al invisibilizar la discontinuidad entre el primer ciclo progresista y el segundo, AMLO se presenta como una figura bisagra o de transición entre Chávez y Petro o entre Fidel y Boric.

La segunda indistinción que opera es la que diferencia los proyectos de gobierno y los horizontes ideológicos dentro de la nueva ola izquierdista. Los programas políticos de Boric en Chile y Petro en Colombia incluyen un compromiso mayor con el feminismo, el ambientalismo, las comunidades indígenas y afrodescendientes y los jóvenes que el de Morena y la 4T en México. En el caso de Petro, ese programa suma, además, una reforma fiscal y un abandono del extractivismo, que se mueven en dirección contraria al gobierno mexicano. Tampoco recurren esas izquierdas al lenguaje polarizador, el pleito diario con los medios y al anti-intelectualismo. Ésas son diferencias que cuentan.