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Rafael Rojas

Los embajadores y la historia bilateral

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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La presentación del libro "Embajadores de Estados Unidos en México, diplomacia de crisis y oportunidades", de la SER y el Colmex
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
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Foto: Especial
Por:
  • Rafael Rojas

El Colegio de México y la Secretaría de Relaciones Exteriores acaban de editar un libro de la mayor actualidad e interés sobre diecisiete embajadores de Estados Unidos. No son, desde luego, todos los representantes de Washington en México, en doscientos años de relaciones diplomáticas, que deben sumar más de setenta. Pero sí están ahí casi todos los que asumieron misiones decisivas para la historia del vínculo bilateral.

Digo casi todos, porque los coordinadores de este volumen, la embajadora Roberta Lajous y los investigadores del Colmex Erika Pani, Paolo Riguzzi y María Celia Toro, excluyeron a Henry Lane Wilson, tristemente célebre diplomático que representó a Washington en Chile y Bélgica, entre 1897 y 1910, año en que llegó a México. Deferente con Porfirio Díaz y más afín a Roosevelt y a Taft que a Woodrow Wilson, el embajador acabó conspirando contra el presidente Francisco I. Madero en 1913 y respaldando la dictadura de Victoriano Huerta.

Los compiladores no explican la exclusión de Wilson como un acto de justicia retroactiva sino de coherencia histórica: no entienden la gestión final de Wilson, rechazada por su propio presidente y su sucesor John Lynd, como representativa de la diplomacia estadounidense en México. Una imagen que cuestiona eficazmente este libro es la del embajador americano como procónsul del imperio, que pulula en las visiones más ideológicas de la historia continental.

La selección busca localizar al embajador en un conflicto o momento definitorio de la historia bilateral. Joel R. Poinsett, el primer ministro plenipotenciario designado en Washington, retratado por Ana Rosa Suárez, fue fundamental para la experiencia de la primera República Federal por su indiscriminado apoyo a la logia masónica yorkina, la más radical o “plebeya” del primer republicanismo mexicano.

Nicholas Trist, a quien tocaría el terrible desenlace de la guerra del 47 y el Tratado Guadalupe-Hidalgo, estuvo muy lejos de ser la peor variante del expansionismo estadounidense. En su ensayo sobre Trist, Amy S. Greenberg comenta la resistencia del embajador al presidente James K. Polk, que anhelaba la anexión de Baja California, Sonora y Chihuahua y que llegó a ordenar su suspensión. En una actitud sin precedentes, Trist objetó su retiro y logró la firma del tratado en febrero de 1848.

Como cuenta Marcela Terrazas, muy distinta fue la gestión de James Gadsden, quien negoció el Tratado de La Mesilla, en 1854, buscando siempre la mayor expansión territorial posible. Los contrastes se acentúan en periodos de cambio político, como la Reforma y la Revolución, cuando embajadores como John Forsyth, Robert McLane, Thomas Corwin, Henry Fletcher, Dwight Morrow y Josephus Daniels, estudiados por Erika Pani, Luis Barrón, María del Carmen Collado y Paolo Riguzzi, debieron acomodar los intereses de Estados Unidos a la alianza geopolítica con México.

Tanto el ensayo de Riguzzi sobre Daniels, que enfrentó la Ley de Expropiación de 1936 y la nacionalización petrolera de 1938, durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, como el de Ana Covarrubias sobre Thomas C. Mann, el embajador que asimiló el posicionamiento de Adolfo López Mateos contra el bloqueo y la expulsión de Cuba de la OEA, señalan un ajuste en la historia diplomática bilateral. Si bien la asimetría de poderes continuaba, luego del cardenismo y, sobre todo, con la Guerra Fría, Washington tuvo que ceder porciones de su hegemonía.

La historia que cuenta este libro, a través de los embajadores de Estados Unidos en México, no reproduce pasivamente los viejos roles del imperio voraz y su víctima mutilada. Los autores nunca pierden de vista la asimetría estructural y el desencuentro de intereses, pero los protagonistas de esta historia, como señala el canciller Marcelo Ebrard en el prólogo, no son definidos como rivales o enemigos sino como “interlocutores”.