¿Qué hay antes de la vida?

TEATRO DE SOMBRAS

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Todos nos hemos planteado alguna vez la pregunta de ¿qué hay después de la muerte? La respuesta más breve se resume en una palabra escalofriante: nada. La dicotomía entre el ser y la nada, de acuerdo con esta concepción, es absoluta, sin puntos medios, sin graduación posible. O se está vivo o se está muerto y he ahí el fin de la discusión.

Ante esta concepción hay una posición diferente que sostiene que después de la muerte no puede venir la nada, porque el ser nunca desaparece del todo sino que se transforma. ¿Qué hay, entonces, después de la vida? El cuerpo se descompone, sirve de alimento a pequeños animales, se disuelve en la tierra, regenera las plantas, forma parte de nuevas cordilleras. Nuestros pensamientos y emociones quedan grabados en la memoria de otros seres humanos, a veces en libros, incluso en inscripciones sobre el granito.

Por último, hay quienes creen que después de la muerte hay otra vida. Para los hinduistas el espíritu reencarna en otro cuerpo terrenal. Para los cristianos, el espíritu llega al más allá en donde vivirá por siempre en un cuerpo resucitado. Para los hinduistas y los cristianos esa nueva vida no será, exactamente, la misma que la actual, pero seguirá siendo nuestra.

Pues bien, tenemos tres respuestas a la pregunta de qué hay después de la muerte. Preguntemos ahora qué hay antes del nacimiento. Esta pregunta es no menos misteriosa que la anterior.

El día de nuestro cumpleaños se toma como el inicio oficial de nuestra vida. Antes no existíamos en los registros civiles. Sin embargo, un día antes de nacer ya éramos alguien: un feto a punto de salir del vientre materno. Pero vayamos más atrás, ¿qué éramos un día antes de la gestación provocada por nuestros progenitores?

Una respuesta es que no éramos nada. Pero ¿cómo es posible que hayamos salido de la nada? Ya el viejo Parménides nos hizo ver que de la nada no puede salir nada. Ex nihilo nihil fit, reza la locución latina. Es muy extraño imaginar que yo exista ahora pero que no haya existido de ninguna manera antes de cierto momento.

Otra respuesta es que éramos otras cosas: por ejemplo, la simiente de nuestro padre y el óvulo de nuestra madre. Pero si bien se puede entender que parte de lo que fuimos siga existiendo después de la muerte, es muy difícil comprender que parte de nosotros existía antes de que existiéramos. La simiente y el óvulo eran parte de nuestros progenitores, no parte nuestra.

La tercera respuesta es que antes de esta vida tuvimos otra. Para los hinduistas nuestro espíritu vivía en otro cuerpo. Mi vida es una continuación de la de todas aquellas personas distintas que yo fui en el pasado. Dicho de otro modo: el espíritu no nace ni muere sino que pasa por una cadena de transformaciones.

Para los cristianos, que no aceptan la reencarnación, no pudimos haber sido alguien más antes de ser uno mismo. Lo mismo opinan los judíos y los musulmanes.

Pero ¿cómo responden las tres religiones a la objeción planteada de que de la nada no puede venir nada? Una respuesta naturalista es que cada quien es creación conjunta de sus progenitores de acuerdo con el orden biológico instituido por Dios. No somos creación ex nihilo sino criaturas de nuestros padres que, a su vez, fueron criaturas de nuestros abuelos.

Las consecuencias de esa interpretación naturalista del origen de nuestra vida individual son de enorme importancia. Si nuestros padres no nos hubieran concebido, no hubiéramos existido jamás. Luego, nuestra existencia es contingente. ¿Acaso eso significa que no estábamos en los planes de Dios? ¿Qué todo lo que somos se lo debemos a la casualidad de que nuestros padres se hubieran encontrado en un momento preciso?

¿O acaso siempre estuvimos en los planes de Dios y nuestros padres fueron instrumentos de su voluntad? De ser así, nuestra existencia individual no es accidental, sino resultado del designio de Dios desde el principio de los tiempos. Dios hizo a Adán del polvo y a nosotros nos hizo a partir de los cuerpos de nuestro padre y nuestra madre. Pero entre Adán y nosotros, no hay más diferencia. Dios no tiene nietos: todos somos sus hijos por igual.


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