Martes 26.01.2021 - 15:36

Enfrentarse a la crisis

Enfrentarse a la crisis
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En la manera en que un gobierno se enfrenta a una crisis se define la legitimidad con la que el Estado se justifica a sí mismo. En aquellos lugares en los que la fuerza de un evento, sea interno o externo, muestra a los gobernantes como indolentes o inútiles se abre la puerta para considerar que el acuerdo mínimo sobre lo que debe hacer el gobierno y explica su existencia ha quedado obsoleto.

En el caso del gobierno de China, por ejemplo, la narrativa posterior a la apertura comercial de su modelo puede definirse en un intercambio entre la promesa de prosperidad económica y un gobierno efectivo a cambio de cierta permisividad y deslinde de la manera en que el Estado se ordenaría y actuaría. El régimen unitario del Partido Comunista Chino y su descomunal poder para controlar el disenso político forman parte de una especie de pacto social que no se trastoca mientras sigan generándose resultados.

La promesa económica ha dado sus frutos: más de 850 millones de personas han salido de la pobreza al mismo tiempo que hoy China es el segundo país con más millonarios en el mundo. Igualmente, el costo de este crecimiento acelerado dirigido por el Estado ha sido aceptado por los ciudadanos: el gobierno chino ejerce un férreo control y censura sobre lo público y tiene ojos y oídos en todos lados, desde la intimidad de la información que los ciudadanos ven en sus teléfonos y computadoras hasta en el cruce de una calle, en la que mediante reconocimiento facial puede sancionarse a cualquier persona que viole alguna regla.

Sin embargo, la crisis alrededor del coronavirus, que desde su aparición en la región de Wuhan en diciembre de 2019 ha infectado a más de 69 mil personas y causado la muerte de más de mil 600, ha abierto una veta de descontento social alrededor de los métodos del Estado chino. En particular esto se ha debido por el caso de Li Wenliang, el primer doctor que alertó sobre el hallazgo de un virus muy parecido al SARS, que había infectado a siete pacientes de Wuhan, y que envió diferentes mensajes a colegas y conocidos para tomar precauciones ante la enfermedad desconocida. La respuesta del gobierno chino fue inmediata: varios funcionarios de la Oficina de Seguridad Pública acusaron al doctor Wenliang de propagar comentarios falsos que habían “perturbado severamente el orden social” y fue silenciado. En un afán de simular normalidad y control, la advertencia temprana sobre un virus que podría transmitirse de humano a humano fue ahogada y el poder del Estado se volcó al encubrimiento en lugar de la crisis de salud. Sin embargo, la realidad no puede taparse con un dedo y la enfermedad rápidamente se propagó. El gobierno chino, en particular el presidente Xi-Jinping, tardaron demasiado en aparecer y responder. El doctor Wenliang murió semanas después, desatando indignación ante un gobierno que escondió la cabeza ante la crisis. Ahora se ha echado a andar una campaña para tratar de mostrar que el gobierno estuvo atento desde el principio, pero la indignación ya ha comenzado a esparcirse. En esta crisis el gobierno chino se juega su legitimidad.