Desierto sonoro (2019) de la escritora mexicana Valeria Luiselli (1983) es una novela que ha aprovechado su experiencia en la construcción de personajes infantiles y los recursos literarios vanguardistas de Los ingrávidos (2011), así como su aguda postura política sobre la crisis migratoria que ha desplazado a millones de personas, de la que da cuenta en el reconocido ensayo Los niños perdidos (2016).
La combinación de su pluma vanguardista y su posicionamiento político sobre un tema que no ha sido lo suficientemente discutido, hace de Desierto sonoro un libro imprescindible.
Desierto sonoro es la historia de una pareja de documentalistas y/o documentadores (Luiselli y su esposo), la cual se relaciona luego de trabajar documentando los idiomas de Nueva York y que, al tiempo, decide vivir bajo el mismo techo con sus respectivos hijos, uno de cada uno, como una familia. Este equilibrio emocional es trastocado cuando el esposo decide emprender un viaje para investigar la historia de los apaches en el sur de Estados Unidos.
Luiselli, quien trabaja en la recopilación de testimonios de niños migrantes, encuentra en este viaje un punto de no retorno en su relación y aun así decide emprenderlo en compañía de sus hijos, con la esperanza de recopilar información que le permita ahondar en sus investigaciones. Algunas horas de carretera y descanso son acompañados de la lectura de las Elegías para los niños perdidos, el cual da cuenta de siete niños que viajan desde Centroamérica hacia el norte, cruzan México en La Bestia, para llegar a Estados Unidos. Es así como este libro es la convergencia de dos viajes: el de la familia y el de los niños perdidos.
Del libro, sobresale el metódico trabajo de Luiselli para describir la destrucción de una relación sentimental basada en la afinidad profesional, sin que dicho evento (que se prolonga toda la novela) sea tan escandaloso para acapararla toda. También es de resaltar la escritura de los personajes de los hijos y el cuidado en el lenguaje utilizado para replicar conversaciones, discusiones y berrinches, pero también construir el mundo de los niños ante eventos violentos.
Pero quizás lo más admirable es la creación de las Elegías para los niños perdidos. Las Elegías recurre a las estructuras utilizadas por escritores como Pound o Woolf, para narrar el gran horror continental de esta década. Una guerra hemisférica, como la llama Luiselli, cuyas principales víctimas se mantienen silenciadas por la timidez propia de su edad y por la resolución de su futuro en cortes migratorios de Estados Unidos. Esto hace de Desierto sonoro una novela representativa de la década.
* Desde hoy esta columna se publicará quincenalmente. Agradezco esta oportunidad a Adrian Castillo, Mario Navarrete y a La Razón. Agradezco especialmente a Horacio por su apoyo, así como a Eduardo y Juan Ramón, compañeros durante este año que termina.

