Foto Ilustraciones tomadas de El barco de los niños
Circula en librerías el nuevo libro del narrador y ensayista —Premio Nobel de Literatura, 2010— Mario Vargas Llosa, El barco de los niños (Alfaguara, 2015), ilustrado por la artista plástica polaca Zuzanna Celej. Encuentro de Fonchito con “un viejecillo que cada mañana muy temprano, sentado en una banca de un pequeño parque de Barranco, contemplaba el mar”.
Correría del autor de Los cachorros en los espacios de la literatura para jóvenes con un texto en que lo fantástico discurre con transparente dilucidación desde las evocaciones de un anciano, el asombro de un niño, el mar, un par de gaviotas, nubes blancas y grisáceas y un barco invisible.
Retumbos de Las mil y una noches: Fonchito pacientemente escucha cada mañana, mientras espera el autobús escolar, las breves crónicas del anciano: “... un buen día y casi al mismo tiempo, cien, doscientos, trescientos, miles de niños y niñas, obedeciendo un súbito impulso, decidieron abandonar a sus familias, huir de sus hogares y lanzarse a los campos para unirse también ellos a la reconquista de Jerusalén” (niños cruzados de 1212), narra el viejo ante los ojos de Fonchito.
Trasiego por selvas de Europa en busca de los Santos Lugares. Única posibilidad de llegar a Jerusalén: que tomáramos un barco que cruzara el Mediterráneo, desembarcáramos en las playas del Medio Oriente y de ahí al puerto de Marsella. “Habla usted como si hubiera estado allí. Como si hubiera vivido las cosas que me cuenta”, exclama Fonchito. Y la narración entra en el universo espectral: ¿con quién conversa Fonchito cada mañana? “Si usted estaba ahí, en ese barco que me cuenta usted sería ahora un fantasma”, inquiere el niño.
Rumbos desconocidos y una historia untada de tristeza: ninguno de los barcos llegó a su destino. El mar mediterráneo y los piratas griegos, turcos, egipcios, italianos, franceses argelinos, mallorquines y portugueses escoltados por banderas negras con tibia y calaveras que aterraban... La gran mayoría desapareció: subsistieron unos pocos. Influjos de Las puertas del Paraíso, del polaco Jerzy Andrzejewski, y evocación del episodio de los niños cruzados de 1212 recreado por el francés Marcel Schwob en La cruzada de los niños (1896).
El escritor peruano inunda de azarosos episodios el viaje de los cientos de niños sobrevivientes: el narrador se declara heredero de Matusalén, cuenta que pudieron abordar una nave en que un marinero es arrojado al mar porque padece lepra; se quedan sin provisiones y agua, se hacen invisibles...
Vargas Llosa ha edificado una leyenda en que la ilusión es un espejismo y el tiempo una silueta de ensoñaciones. El viejo, una mañana desaparece. Es posible que el barco invisible, repleto de chicos, haya venido por él. Fonchito recibe un regalo de su padre: La cruzada de los niños, de Schwob, y lee: “No llegarán a Jerusalén. Pero Jerusalén llegará a ellos”. Dicen que Fonchito se pasa horas y horas en su balcón escrutando el mar. No envejece: el tiempo se ha hecho incorpóreo a su alrededor.
30 Mil niños fueron convencidos para embarcarse rumbo a Tierra Santa, se cuenta en La Cruzada de los Niños
Capítulo 1
Mario Vargas Llosa
A diferencia de los cruzados, que partían con escudos, caballos, lanzas, espadas, arcos, porras y toda clase de armas. Estos niños querían realizar la hazaña de salvar la ciudad donde murió Cristo sólo con sus cantos, súplicas y oraciones. Todos iban vestidos con unas túnicas blancas en las que llevaban bordada una cruz. Tenían en sus manos, también, unas toscas cruces de madera fabricadas por ellos mismos y unos bordones de pastores para abrirse paso en los difíciles senderos cubiertos de maleza y de alimañas. La Europa de entonces estaba llena de selvas, pobladas por animales salvajes, osos, leones, víboras y, además, infectadas por pandillas de bandoleros que desvalijaban a los viajeros. Nadie sabe cuántos de estos niños que querían ser cruzados murieron en esos bosques...
Fragmento tomado de El barco de los niños
