El clima internacional estaba viciado, unos días antes, el nuevo presidente de los Estados Unidos de América había tomado posesión y contrario a lo que el resto del mundo esperaba, ni el discurso ni la actitud desplegada en campaña se moderaron, las manifestaciones en el país surgían pero, la mayoría de los estadounidenses tenían una fe ciega en su sistema democrático. El 26 de enero, a través de lo que algunos empezaron a llamar "Tuitocracia" debido a los mensajes en esa red social proveniente de la cuenta del presidente, hubo uno en particular que marcó el inicio de lo que se llamó "La guerra de los ladrillos". El presidente norteamericano condicionó la visita del presidente de México a las negociaciones del Tratado de Libre Comercio a través de twitter le dijo "si no viene a la aceptación del pago del muro, mejor que no venga". Por supuesto, el presidente de México canceló la visita, quizá, la decisión más aplaudida en sus 6 años de gobierno (4 en ese momento) y aunque fue celebrada, dejó al país expuesto a los embates económicos alimentados por el ego y una distorsión de la verdad, no conformes con eso o quizá por las secuelas de eso, entablaron negociaciones por detrás de unos medios informativos, donde uno era atacado sistemáticamente y otro que atacaba desde que entró, esto, en lugar de atemperar el entorno, generó un estado de psicosis binacional y "datos alternativos" que hicieron que ambos países ampliaran la búsqueda de apoyo internacional a favor y en contra de un muro que era indistinto pero que la obligación de pagarlo terminó años de relaciones quizá no buenas pero, al menos cordiales entre ambos países.
Mi país se unió, era esa unión pegada con una mezcla de hambre, miedo y una pizca de un nacionalismo que no entendíamos del todo pues llevábamos décadas divididos y enfrentados, décadas hundidos en una sumisión producto de una ignorancia que les era rentable en cada elección y no obstante, aún teníamos clavado en nuestra ser la pérdida del territorio, la toma del castillo de Chapultepec, la sangre en nuestra bandera y las pintas en bardas de "green go" que aún sonaban en nuestros oídos como gentilicio impuesto para nuestros vecinos. Ahora, un gringo venía a amenazar a nuestro país, nuestro "Masiosare" se hacía realidad y como el Goliat frente a nosotros pequeños "Davides" nos atemorizaba el discurso pero nos enervaba esa seguridad de que nos doblegaríamos había sucedido en cientos de ocasiones pero, esta vez no, esta vez se encontró con un país al que ya no loe quedaba otra cosa por la cual pelear. Quizá si nuestros vecinos hubieran visto los cientos de películas que nos enviaron por décadas en las que el mensaje que nos enviaban era de como una fuerza externa sacaba lo mejor de los protagonistas hubieran entendido que eso haríamos.
Ningún líder mundial espero que nos declararan la guerra, una cosa era la presión económica mal llamada "guerra económica" y otra un conflicto armado donde era guerra en la acepción más perversa de la palabra, en la más cruel de nuestra especialización de nuestra especie... matarnos entre nosotros.
Yo no soy nadie, sólo un tipo más de los miles que firmamos como voluntarios al ejército y fue más nuestro deseo que nuestro entrenamiento, digamos que apenas tuvimos tiempo de ponernos una camiseta de manga larga con un refuerzo en los codos, tomar un fusil que no se había disparado en años, una gorra y una mochila con un termo en el que aún se leía entre borrones apresurados, el nombre de un candidato.
Nadie nos había obligado, sabíamos desde un inicio que llevábamos las de perder, que el ejército del enemigo era el más poderoso del mundo, sabíamos que su equipo ere infinitamente mejor que el nuestro y también, sabíamos que estábamos solos, todos los países que mostraron apoyo ante la presión económica, mantuvieron su queja ante la guerra aunque ahora era tibia, moderada, apenas murmurada, hecha más para guardar las apariencias que por el deseo de pararse a nuestro lado a hacerle frente a la superpotencia que podía haber perdido su autoridad moral pero no, su poder de fuego.
Después de que eliminaron nuestros transportes, la gente nos llevaba en sus camionetas, sucios, cansados, golpeados pero nos aplaudían, nos daban un trago de agua, los niños veían detrás de las faldas de sus madres, podíamos ser el más zarrapastroso ejército que hubieran visto pero éramos los que nos paramos al frente, éramos su defensa, su orgullo y como una gran ironía nos llamaban "nuestro muro". A un empresario, uno de esos que dejaron de vender por motu propio al vecino en meses previos a la guerra nos regaló una muda de ropa de las que decidió no exportar, eran en su mayoría rojo ladrillo y aunque solo servían para identificarnos con mayor facilidad en el prado amarillo, nos fueron de perfecto camuflaje en la tierra rojiza del desierto del norte. De "nuestro muro" nos convertimos en "los ladrillos" y los gritos al pasar eran "Ustedes el muro... nosotros los ladrillos" y nos hinchábamos de emoción a pesar de que por mucho que hiciéramos, estábamos perdiendo, estábamos muriendo.
Nos ofrecieron la paz a cambio de Baja California, Sonora, Sinaloa, Durango, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Nuestro gobierno incluso, llegó a considerarlo antes de perderlo todo. No dejamos que lo pensaran mucho, no lo permitimos y apostamos todo en una ruleta rusa con carga completa.
Tal vez fue su ambición o su seguridad en que nos anexionarían, lo que impidió que nos masacraran desde el aire o con sus misiles teledirigidos y aún así, sus tropas terrestres eran imparables, luchábamos casa por casa, pueblo por pueblo, así como caíamos se nos unían más, ya no con fusiles sino con escopetas, carabinas, pistolas oxidadas que databan de nuestra revolución y aún así retrocedíamos inexorablemente, nos atacaban desde su frontera, desde Veracruz, desde la península de Yucatán.
Los cárteles, esa organización criminal también intentó participar y entonces se levantó la prohibición que se habían puesto y 42 misiles tierra-tierra impactaron en lugares determinados lo que nos confirmó que su inteligencia sabía donde estaban y que les fueron funcionales hasta que se les opusieron.
No teníamos balas, no teníamos hombres, dormíamos dos o tres horas y seguíamos marchando entre el monte pues nuestra infraestructura había sido tomada. La bandera extranjera ondeaba en palacio nacional, en decenas de capitales de los estados y aún así, seguimos y seguimos, a veces sin esperanza, a veces queriendo levantar los brazos y rendirnos pero, los murmullos de respeto, de admiración y gratitud nos seguían "ahí van los ladrillos", "ahí va lo mejor de México".
No teníamos internet, ni televisión, las noticias que nos llegaban eran por radio y ahí, en nuestra hora más oscura, meses después de haber iniciado la guerra, escuchamos la noticia que nos levantó. California se había independizado junto con Nevada y Arizona y de un frente prácticamente derrotado, ahora, del otro lado del muro, se enfrentaban a la posibilidad de una guerra civil, el país entero se levantó y antes de perder su unión, exigieron y consiguieron la renuncia de su presidente.
Hoy, ya hay paz, nuestro país está devastado, quizá nos lleve décadas reconstruirlo incluso, con la ahora sí, copiosa ayuda internacional. No importa, nos hemos levantado muchas veces pero en esta ocasión es distinto, esta vez lo apostamos todo y aunque no ganamos, no podemos decir que perdiéramos pues recuperamos una dignidad que creíamos desaparecida, un respeto como país que no sabíamos que teníamos, un amor por México que surgió del crisol violento de una guerra absurda.
Hoy ya no soy nadie, soy un veterano de guerra, soy un mexicano que reconstruirá su país aprendiendo de nuestros errores, soy uno de los miles que estamos en diferentes países aprendiendo nuevas técnicas de cultivo, ingeniería de primer nivel, robótica, tecnologías en energía alternativa. Soy uno de los miles que aprenderá de los mejores y regresará a México a enseñarlo, a aplicarlo, a reconstruirlo desde cero pero, hay algo que llevo ahora mismo, algo que llevaré siempre, un pequeño dije de plata con forma de lágrima en la que esta tallado en relieve, un pequeño rectángulo, un dije de plata de nuestras montañas, tallado a mano por nuestros artesanos, entregado por nuestros niños ante la mirada de toda la nación. Hoy tengo un nombre, uno que aparecerá en los libros de historia, uno del que se hablará en generaciones futuras, hoy tengo un nombre que cambió todo un país, uno que es cimiento, hoy soy... un ladrillo.

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