La magia escultórica de Lucía Vallejo

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Foto: larazondemexico

Hay que concebir el espacio

en términos de volumen plástico,

en lugar de fijarlo con ayuda de líneas

en la superficie imaginaria del papel.

Eduardo Chillida

Lo que ha hecho recientemente Lucía Vallejo (Bilbao, España, 1975) en la escultura contemporánea en España, es la biografía reciente de la “nueva” visión estética del espacio, el tiempo y la memoria. Toda su obra consiste en un diálogo entre el óleo, el lienzo, el hierro, la piedra y la pintura. Pintura expandida que sobre telas plegadas y retorcidas llega a convertirse en objeto. Con el óleo, Vallejo es venturosa, pero fuerte y desafiadora. Con la madera, la artista ya no desarrolla un cuerpo a cuerpo sino que desarrolla un idilio del hombre con la naturaleza. Con la instalación escultórica forcejeaba todas las mañanas y con el dibujo se enamoraba todas las tardes. Vallejo invade el espacio, como un desafío formal en el tratamiento del volumen, en efecto, pero particularmente, la artista se interesa en la definición de un nuevo espacio plástico que debe delimitar constantemente. Forma es equilibrio. En cada uno de sus gestos creadores, en lenguaje escultórico, nos presenta la evocación de sus rítmicas devastaciones. Golpe a golpe, azuela, danza convulsa de gubias, grabación de suaves y drásticos relieves. Son esculturas abstractas, donde el límite es mesura, y cuyo resultado, es la prefiguración de su lenguaje. Así sus obras: Hera, 2010; Acero mudo, 2013; Absence IV, 2012; Plegando el vacío, 2012, son un espacio velado de constelaciones magnéticas, entre levitaciones y gravitaciones. Lo mismo son sus instalaciones actuales que presentó en la exposición Memento Mori en el Centro Cultural La Fragia, Tabacalera de Madrid, 2017; “Splendor et annuntiatio en el Palacio de las Artes de Oporto, Portugal, 2018; y recientemente en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, 2019.

En cada de una de sus piezas nuestra la comprensión del volumen y del juego espacio, que proviene de análisis constante para comprender la escultura. Sus instalaciones, cuyos personajes figurativos se moldean, como momias de la cultura de Egipto o de Mesoamérica, se convierten en la efigie que susurra en la cálida sonoridad de la madera, de la técnica mixta, de la hoja de oro en la mezcla con el óleo. Son cuerpos que no reflejan una geometría definitiva, sino son espacios intemporales.

Las culturas antiguas han inspirado el vocabulario simbólico más controvertido y polémico de la historia occidental para representar en la metáfora de las “momias”, la expresión de las pasiones, la expresión de sacralidad y pasado de los pueblos. En México, por ejemplo, la conformación de tal iconografía se empleó seductoramente para influir a los fieles a relacionarse con la divinidad por medio de los sentidos. Los materiales que utiliza Vallejo son austeros y el culto que le profesa la artista son igualmente austeros. “Hay una parte – dice Vallejo- del trabajo que me da placer, el ir en contra de las reglas. Si el lienzo es plano yo quiero retorcerlo y cortarlo. Un material de dos dimensiones quiero que tenga tres. Si el cuerpo se descompone yo lo quiero retener”. Esta es la fidelidad, el emblema poético de toda su obra.

Sin ser mentira, mito extraordinario el de la momificación de los cuerpos, hoy lo contemplamos como reflejo de amor, belleza, vanidad. Cuerpos desnudos o envueltos elegantemente, disolutos o penitentes; son la representación constante en la Historia del Arte a la que Lucía Vallejo se integra. Su serie reciente de esculturas se alejan de este modo de la concepción tradicional del monumento para transformarse en el campo de experimentación figurativa tridimensional.

Dos personalidades en un solo cuerpo, madera tallada, óleo y hoja de oro convertidas en cuerpos. Figuras siempre presente y constante en el imaginario de Vallejo. Fragilidad y fortaleza, sin altar y sin nimbo. Y entonces nos provoca sinestesia, le infiere expresión, oblicuidad compositiva, desequilibrio que sugiere movimiento y vida. Le confiere luz propia, sinuosas texturas por medio de resonantes caricias, respondiendo la musa con cálidas sonoridades de cada instalación. En sus figuras e instalaciones, Vallejo representa a todas las momias que experimentan dos personalidades en un solo cuerpo; madera tallada, óleo y hora de oro convertidas en cuerpos. Figuras siempre presente y constante en el imaginario de Vallejo. Fragilidad y fortaleza, sin altar y sin limbo. Pero el espacio aparece y se vuelve forma sonora. La suspensión de los cuerpos son un llamado no al ritmo, sino a un rumor de límites visuales: un elogio a la materia. Y entonces nos provoca sinestesia, le infiere expresión, oblicuidad compositiva, desequilibrio que sugiere movimiento y vida. Le confiere luz propia, sinuosas texturas por medio de resonantes caricias, respondiendo la musa con cálidas sonoridades de cada instalación a libertad, la capacidad de elegir o moverse entre los placeres del cuerpo o el espíritu y quedarse siempre con la mejor parte.

Y realza sus potencias agregando policromías, transformándola progresivamente a lo largo de la serie que ahora presenta en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, para extender una a una las posibilidades de su creatividad, experimentación y neofiguraciones, que entablan diálogos con el entorno, que invita al espectador a introducirse en el interior de un ambiente y en el misterio de sus instalaciones. A la vez que Vallejo somete a nuestra mirada nuevos objetos de arte que van más allá de la escultura y toma en serio la figuración para introducirnos en el territorio insondable del intercambio estético: la fascinación de las formas. Lo había advertido ya Schiller: “El maestro puede quebrar la forma con sabia mano, en el momento justo”. Con esta nueva propuesta escultórica, Lucía Vallejo ha quebrado y reinventado su obra para llevarla a un terreno más alto del arte: su transformación en poesía pura: rumor, espacio, silencio, música….

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