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Amado Nervo, ¿por qué es considerado uno de los mejores poetas?

Amado Nervo es autor de los poemas "A Leonor", "El primer beso" y "Amor nuevo"; su cursilería alcanza niveles subjetivos categóricos

Amado Nervo
El poeta Amado Nervo es autor de "El primer beso".Especial
Por:
  • Carlos Olivares Baró .

Amado Nervo (Tepic, Nayarit, 27 de agosto, 1870 - Montevideo, 24 de mayo, 1919); ‘rítmico’ nombre que se pensó en su época era un seudónimo: el padre simplifica su verdadero apellido, Ruiz de Nervo, suprimiendo ‘Ruiz de’. Muchos han aseverado que la aceptación entre los lectores, sobre todo féminas, se debía a tan sonora designación: él mismo ironizó sobre el influjo en su éxito por una identificación “tan adecuada para un poeta”.

“Nací en Tepic, pequeña ciudad de la costa del Pacífico, el 27 de agosto de 1870. Mi apellido es Ruiz de Nervo; mi padre lo modificó, encogiéndolo. Se llamaba Amado y me dio su nombre. Resulté, pues, Amado Nervo, y esto que parecía seudónimo así lo creyeron muchos en América, y que en todo caso era raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria. ¡Quién sabe cuál habría sido mi suerte con el Ruiz de Nervo ancestral, o si me hubiera llamado Pérez y Pérez!”, escribió el autor de El estanque de los lotos.

¿Quién fue Amado Nervo?

Poeta, ensayista, narrador y cronista se ubica dentro de la corriente modernista, sellada por el nicaragüense Rubén Darío, aunque para algunos estudiosos, el misticismo, el sentimiento religioso, la melancolía, el desdén por artificios técnicos —en sus últimos libros—, el abandono de la rima en la búsqueda de ritmos y consonancias muy personales hacen, quizás, incompatible su absoluta inclusión dentro del universo del modernismo.

Sin embargo, José Emilio Pacheco lo define como “el poeta central de modernismo mexicano, el punto intermedio entre el afán renovador de Manuel Gutiérrez Nájera y la plenitud de Ramón López Velarde”. El ímpetu modernista de Nervo se localiza en Místicas (1898) y Los Jardines interiores (1905), en estos cuadernos hay un despliegue de liturgias católicas, índices de recelo hacia la muerte y la repugnancia de la existencia a través de una versificación que rechaza las patrones académicos y “expresan la nueva sensibilidad del fin de siglo y su propio conflicto entre erotismo y la fe religiosa: ‘mi afán entre dos aguijones: alma y carne’”, asevera Pacheco.

No olvidar que Ana Cecilia Luisa Dailliez es la figura central de su existencia, es decir de su impulso creativo, quien muere en 1912 y se convierte en la protagonista de La amada inmóvil: puente entre la zozobra y la impavidez. El hombre desconsolado y la imaginación que suscribe mundos extravagantes.

La búsqueda del alivio en unos versos “sin retórica, sin técnica, sin procedimiento, sin literatura escoltados de mi honda y perenne sinceridad”. Nervo no publicó en vida este libro, el cual aparece póstumamente. Versos a una muerta: “Muerta mía, muerta mía, ¿No me ha de quedar pues, más vehículo para comunicarme contigo que el de mi propio cuerpo, que convulsivamente se agita con mis sollozos? ¡Ven mira con mis ojos la soledad infinitamente hosca de mi vida!”

La cursilería de Nervo alcanza niveles subjetivos categóricos: “Una elegancia espiritual recóndita lo salva de la absoluta ramplonería” (Pacheco). Navegó en los piélagos de la convicción católica (años juveniles), el encantamiento, la fe científica, la contemplación, el arrobamiento, el ocultismo y la teosofía.

Amado Nervo, cronista certero de la sociedad porfiriana

Tuvo en vida una autoridad que llegó a la glorificación en el momento de su muerte: el recelo que esta fama causó durante varias décadas ha comenzado a darle paso a nuevas valoraciones de la poesía que legó y sobre todo de la prosa (cuentos y crónicas) de gran claridad y eficacia en un testimonio de todas las transformaciones de los años finales del siglo XIX.

Cronista certero de la sociedad porfiriana desde una mirada cautelosa y reflexiva, amén de un cuentista de extravagante imaginación en el trazado de atmósferas muy incitantes en los espacios literarios de su tiempo (véase Cuentos y crónicas. Antología. UNAM. Selección de Manuel Durán; La novia de Corinto. Colección Millenium. Editorial Bibliotex. Poesía y prosa. Lecturas Mexicanas. Conaculta).

Incursiona en el Futurismo científico, la Distopía, la Corriente fantástica y la Ciencia Ficción en el breve cuento: La última guerra —del libro Almas que pasan, 1906—: relato que, para muchos estudiosos, inaugura el género de la ciencia ficción en México, además de ser un precedente del George Orwell de Rebelión en la granja. La narración se desarrolla en un futuro lejano (año 5532) en el que los animales, enervados por ser oprimidos y avasallados se levantan en sedición en contra los humanos, a quienes expulsan y establecen un gobierno autónomo que concluye en una dictadura brutal.

Tanto Rebelión en la granja como La última guerra, esbozan la alegoría de las clases sociales y la creciente toma de conciencia social entre los trabajadores a través de la insubordinación de los animales. Los seres humanos (patrones y estancieros) se enfrentan al fracaso, a la derrota, y asimismo a la potencial extinción. Mientras Orwell, 45 años después, imagina el regreso a la “guerra civil entre los cerdos y sus antiguos aliados”; en el cuento del mexicano se conjetura la posibilidad de un nuevo levantamiento, pero esta vez capitaneado por los insectos, que al transcurrir millones de años y gracias a la evolución, terminan por imponer su “civilización sobre los mamíferos pensantes”.

El autor de “El agua que corre sobre la tierra” propone una circularidad que abraza a la creación y la muerte en el principio de la transformación de la materia en energía: “Todo ello hasta que la llama del Sol se extinga suavemente, hasta que su enorme globo, ya oscuro, girando alrededor de una estrella de la constelación de Hércules, sea fecundado por vez primera en el espacio, y de su seno inmenso surjan nuevas humanidades... para que todo recomience”, augura el poeta que “Desde el vitral de mi balcón distingo, / al fulgor del crepúsculo, la ignota / marejada de calles en que flota / la bíblica modorra del domingo”. Amado Nervo es nuestro contemporáneo. 

FRAGMENTO de "La última guerra"

Tres habían sido las grandes revoluciones de que se tenía noticia: la que pudiéramos llamar Revolución cristiana, que en modo tal modificó la sociedad y la vida en todo el haz del planeta; la Revolución francesa, que, eminentemente justiciera, vino, a cercén de guillotina, a igualar derechos y cabezas, y la Revolución socialista, la más reciente de todas, aunque remontaba al año dos mil treinta de la Era cristiana. Inútil sería insistir sobre el horror y la unanimidad de esta última revolución, que conmovió la tierra hasta en sus cimientos y que de una manera tan radical reformó ideas, condiciones, costumbres, partiendo en dos el tiempo, de suerte que en adelante ya no pudo decirse sino: Antes de la Revolución social; Después de la Revolución social. Sólo haremos notar que hasta la propia fisonomía de la especie, merced a esta gran conmoción, se modificó en cierto modo. Cuéntase, en efecto, que antes de la Revolución había, sobre todo en los últimos años que la precedieron, ciertos signos muy visibles que distinguían físicamente a las clases llamadas entonces privilegiadas, de los proletarios, a saber: las manos de los individuos de las primeras, sobre todo de las mujeres, tenían dedos afilados, largos, de una delicadeza superior al pétalo de un jazmín, en tanto que las manos de los proletarios, fuera de su notable aspereza o del espesor exagerado de sus dedos, solían tener seis de estos en la diestra, encontrándose el sexto (un poco rudimentario, a decir verdad, y más bien formado por una callosidad semiarticulada) entre el pulgar y el índice, generalmente. Otras muchas marcas delataban, a lo que se cuenta, la diferencia de las clases, y mucho temeríamos fatigar la paciencia del oyente enumerándolas. Solo diremos que los gremios de conductores de vehículos y locomóviles de cualquier género, tales como aeroplanos, aeronaves, aerociclos, automóviles, expresos magnéticos, directísimos transetéreolunares, etc., cuya característica en el trabajo era la perpetua inmovilidad de piernas, habían llegado a la atrofia absoluta de estas, al grado de que, terminadas sus tareas, se dirigían a sus domicilios en pequeños carros eléctricos especiales, usando de ellos para cualquier traslación personal. La Revolución social vino, empero, a cambiar de tal suerte la condición humana, que todas estas características fueron desapareciendo en el transcurso de los siglos, y en el año tres mil quinientos dos de la Nueva Era (o sea cinco mil quinientos treinta y dos de la Era Cristiana) no quedaba ni un vestigio de tal desigualdad dolorosa entre los miembros de la humanidad.

AG