EL SENTIDO DE LO SENTIDO

EL SENTIDO DE LO SENTIDO
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Cuando cumplió cuatro años se dio cuenta de que era distinto, que lo que él vivía era diferente, no sabía el motivo, la razón o la circunstancia pero, era como si los de ellos solo experimentaran la mitad de las cosas, como si solo tuvieran la mitad de los sentidos, como si solo estuvieran a medio vivir.

Solo lo explicó una vez y cuando sus padres lo vieron de manera extraña supo que era mejor no decir nada, nadar con la corriente y dejarse llevar, sin embargo, vivir así era tan complicado y tedioso como describir la música con palabras.

A los 16 estaba verdaderamente harto, los incipientes intereses románticos se acababan abruptamente cuando su olfato le daba información opuesta a la que le daban sus ojos y sus oídos. Había sabido controlarlo cuando era pequeño pero, ahora era diferente, sus emociones se disparaban por la sobrecarga hormonal y aún cuando sabía que tipo de hormona estaba generando, procesarla y controlarla estaba, aún, fuera de sus posibilidades.

Como cualquier adolescente, se podría argumentar que el mundo no le entendía, en un adolescente normal, era una suposición, en su caso era una certeza, una que tenía desde niño pero que ahora no tamizaba bajo el lente de curiosidad y asombro, ahora el aura de colores y el despliegue de feromonas le daban la verdad antes incluso de que el transmisor se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Él vivía en un mundo de cruel verdad y el resto en un mullido almohadón de blancas mentiras, de auto mentiras, de medias verdades y cómodas justificaciones.

A los 19 ya era un hombre amargado, rechazado, dolido por la insinceridad, angustiado por su lugar y profundamente cínico ante la realidad, una realidad que en su infancia le había parecido colorida y ahora le parecía saturada, en la que el mismo generaba el rechazo que luego le rebotaba y era más sencillo alejarse que tratar de encajar pues siempre, invariablemente, le mentían, en ocasiones lo hacían sin ni siquiera estar conscientes de que lo harían y él lo sabía antes que ellos, eso era lo que le fracturaba la confianza en lo que ya no consideraba su especie.

La amargura es un veneno corrosivo de lento ciclo, va cruzando capas de psique, arruinándolas imperceptiblemente hasta que son irrecuperables, lo irónico es que todo lo que podía saber de los demás era imposible hacerlo consigo, hubiera querido saber los oscuros colores de su aura pero no lo hacía, lo intuía cuando su presencia enturbiaba la de los demás y no pensaba en cambiar, era culpa de los demás que no eran confiables, él era su reflejo.

A los 25 el veneno era parte de él y empezó a dominarlo, a esas alturas su cuerpo estaba completamente bajo su control, podía irradiar feromonas que enloquecían a las mujeres y atemorizaban a los hombres mientras manipulaba sus auras para que sus emociones se magnificaran. Y cuando ya nada podía divertirlo, encontró su diversión.

Estaba consternado, había pasado las últimas semanas trabajando sobre la pareja y lo que creyó que era apenas un retoque para que él la engañara se topó con una pared de decisión. Extrañamente la pareja se complementaba de una forma diferente a la interacción de los demás, los colores de sus auras se magnificaban cuando estaban juntos estableciendo una comunicación no verbal y sus aromas se afinaban y ajustaban al otro creando nuevos niveles. Por mucho que intentaba, ellos lo rechazaban, era casi como si manejaran un mundo alterno al de los demás y también al suyo, ciertamente sus auras se teñían en su presencia pero lo expulsaban al cruzar miradas entre ellos.

En un principio era difundir su amargura entre la felicidad y no obstante, ahora estaba absorto por el reto, ya no influía, estaba intentado entender como se potencializaban y como eso los acompañaba todo el día, era similar a lo que él hacía pero inverso y ni siquiera lo hacían de manera consciente. Lo que más lo intrigaba era la isla de honestidad entre el mar de mentiras que ellos representaban. Ya no buscaba separarlos o quedarse con ella, ya solo quería ver el proceso que seguirían y sonreír cuando ellos sonreían. En ese momento, su curiosidad suplió su indiferencia y si hubiera podido verse, se habría dado cuenta de que el color de su aura tenía un destello de color.

Y aunque la psique tenga heridas, siempre es posible cicatrizar y de la amargura al anhelo hay una enorme gama de posibles caminos y cuando hay caminos hay sentido.

Nadie se dio cuenta pero ese día algo cambió y el pesar se diluyó cuando esos caminos se entrecruzaron con otros y no es cosa menor que una pequeña sonrisa, buenos días, tardes, noches, cambie el sentido de lo sentido y, de manera inusual... alguien encuentre su sentido.