La noche en que fui la guitarra de Steve Vai

Foto: larazondemexico

Si hay algo que me apasiona sobremanera es la música: la respiro, la como, la bebo, la siento, me vibra, me excita, me entristece, me eleva... en fin, me declaro una adicta a ella. La necesito a todas horas, para todo lo que hago; para despertar, hacer ejercicio, bañarme, trabajar, manejar, comer, en fin. Soy una melómana. Pero no es gratis, lo traigo de familia, mi abuelo era el director y primer violín de la orquesta sinfónica de Managua. La nieta le salió rockera y es la guitarra rítmica de una banda de covers de los ochentas. Me enfundo en mi Telecaster Vintage y mientras ensayo o estamos en algún toquín con la banda, me siento absolutamente en estado de gracia.

En el 2013 se anunció que Steve Vai, uno de mis ídolos de la guitarra, se presentaría en el Teatro Metropólitan de la Ciudad de México, el 26 de noviembre, un día después de mi cumpleaños. Siempre festejo desde el primero de noviembre hasta el 30; si el mes tuviese más días seguiría enfiestada. ¡Qué mejor manera de celebrar la vida que yendo al concierto de Vai! Invité a tres amigos guitarristas: Isaac, Fede y Charlie. Isaac era el guitarrista líder de mi banda, mi gurú y amigo en las buenas y en las malas pero como ocurre en la mayoría de las agrupaciones, la nuestra se dividió y él se quedó del otro lado. Fede es otro amigo guitarrista que grabó en el 97 con Sony Music y tuvo mucho éxito con tres singles en Centroamérica y México: “Cielo”, “Este mundo gira” y “Qué chido”, la rola que usaron para Big Brother México. Fede y yo nos hicimos amigos en una fiesta en la que él era el DJ. A Charlie lo conocí en un partido de futbol en Aguascalientes (en el que nos aburríamos como ostras) y nos dedicamos a platicar de música, letras y las pasiones que nos movían. Ha sacado un par de discos y es un abogado y compositor orgánico que toca descalzo. Un brujito que seguramente conocí en otras vidas. Mis tres amigos son una década menores que yo y los admiro como compositores, intérpretes y arreglistas.

"Además de ser melómana soy una loca claustrofóbica. Odio los encierros, es por ello que mis dos acompañantes se dedicaron a distraerme cantando  More than words  de Xtreme".

El día tan esperado del concierto salimos Isaac, Fede y yo hacia el Centro. Nos dieron un aventón al Metro Observatorio porque había un tráfico infernal. Además de ser melómana soy una loca claustrofóbica. Odio los encierros, es por ello que mis dos acompañantes se dedicaron a distraerme cantando “More than words” de Xtreme, mientras hacíamos el viaje. La gente que iba en el vagón del metro nos miraba de reojo y sonreía, uno que otro seguía la canción. Nos bajamos en la estación Juárez, caminamos entre los puestos y como todavía era muy temprano, nos metimos al bar Miramar, un lugar con forma de barco que está frente al teatro, donde nos habíamos quedado de ver con Charlie. Pedimos mesa al tipo que estaba en la entrada, nos revisó con la mirada de la cabeza a los pies y nos dio una mesa bajita junto a la barra con unos banquitos movibles, se notaba a leguas que no éramos clientes del bar sino que probablemente hacíamos tiempo para entrar al concierto. En la mesa frente a nosotros había una chava vestida con una minifalda blanca de lycra y una blusa tres tallas más chica que la que le correspondía, por lo que mostraba exageradamente sus atributos. Estaba acompañada por un señor que se dedicaba a abrazarla y a agarrarle, a plena vista de todos, la teta derecha. Ella reía y tomaba un cocktail. Pedimos unas chelas y nos dedicamos a hablar de música. Conforme pasaron los minutos, las mesas de enfrente se fueron poblando de chavas a las cuales se les podía tocar descaradamente. Fue entonces cuando nos dimos cuenta que estábamos en un bar de ficheras. En ese momento llegó Charlie y seguimos platicando y cheleando tan tranquilos mientras que en las mesas de enfrente los señores toqueteaban y sacaban a bailar a las señoritas al son de las canciones tropicalonas; había una banda tropical que tocaba en vivo. Nos veíamos como un parche negro (obviamente vestíamos rockeros) frente a tanto colorido exuberante. Estábamos en canales diferentes.

A LAS 8:30 SALIMOS del bar y cruzamos la calle para entrar al teatro; nos sentamos en nuestros lugares asignados, ansiosos por ver aparecer a Vai. Ese 2013 la gira se llamó The Story of Light y alrededor de las 9:11 apareció Steve vestido con una especie de caftán negro con manga corta que le llegaba a la rodilla y unos pantalones acampanados con motivos orientales rojos con dorado. Con su metro y ochenta y tres centímetros de altura, el pelo negro a la altura de los hombros y la delgadez extrema, parecía un Quijote luminoso que nos llevaría al éxtasis musical, y así lo hizo. Con su JEM de Ibanez rompió la ansiedad de la espera con “Racing the World”, “Building the Church” y “Velorum” para luego llevarnos a un primer clímax (de muchos) con “Tender Surrender”. Verlo tocar esa rola eriza los poros de la piel; mira su guitarra como si fuera una amante y le sonríe, con sus largos dedos la acaricia a través de los trastes y realiza bendings circulares que en mí se traducen en choques eléctricos por todo mi sistema nervioso. Es un acto de sensualidad pura y dura, se le podría comparar a una sesión de sexo tierno con nalgadas y jalones de pelo. Siguió tocando temas del álbum The Story of Light: “Gravity Storm”, “Weeping China Doll”, “The Moon and I”, para luego llevarnos al Passion and Warfare y darnos un trío perfecto de guitarra, bajo y batería con el enorme “The Animal”; también de ese álbum nos regaló “Answers” y “The Audience Is Listening”. Además de la JEM, alternaba con la Flo y la Juice.

Esa noche lo acompañaban los músicos Dave Weiner en la segunda guitarra, Jeremy Colson en la batería y Philip Bynoe en el bajo. Weiner tiene tipo de chico bueno, vestía de jeans con camiseta negra y no podía faltar su collar de cuentas de madera. Bynoe es un morenazo con rastas que llegó con una camisa floja color celeste, muy diferente a su look habitual de rockero donde casi siempre muestra sus bíceps trabajadísimos. Colson no me sorprendió. Vistió su camiseta negra sin mangas para mostrarnos el mapa de sus tatuajes, llevaba el pelo casi rapado de los lados y con un mohicano en la mollera.

Después de un set más zen y otro acústico con “The Moon and I”, “Rescue Me Or Bury Me”, “Sisters” y “Treasure Island” (entre algunas otras), Jeremy Colson tocó un drum solo, el cual Steve aprovechó para realizar un cambio de vestuario y aparecer con un magnífico traje de luces con el cual nos interpretó “The Ultra Zone”, la canción que le da el nombre a dicho álbum, y “Frank”. Tocó una guitarra con unos dots de leds que en la oscuridad se veían alucinantes, parecía un alien superdotado, el soberano de un planeta de luz y sonidos, el cual tenía totalmente hipnotizados a sus súbditos. Al término de “Frank” cambió otra vez de vestuario y regresó con una camiseta negra y unos pantalones acampanados de tonos azules y ocres.

FUE ENTONCES cuando tomó el micrófono y dijo que quería jugar con dos espectadores para que le construyesen una canción. Seleccionó a un muchacho que se veía que llegó al concierto derrapando de su oficina, ya que usaba pantalones y camisa de vestir. Luego Steve volvió a pasar la  vista alrededor del público y ocurrió lo que jamás pensé que ocurriese: me veía fijamente y me señalaba con el dedo índice. No lo podía creer, todavía le pregunté a señas, me?, poniéndome la mano derecha en el pecho. Cuando él asintió, yo corría ya hacia el escenario del Metropólitan donde dos tipos enormes me ayudaron a subir las escaleras que conducían al escenario. Pasé al lado de los amplificadores Carvin Legacy III y pude ver a un lado de mis pies la pedalera de Steve, hubiese matado por llevar mi celular y sacarle una foto. Me abrazó y me preguntó mi nombre, me llevó junto con el muchacho oficinista y allí nos encontramos los dos, en el mero centro del escenario, con los ojos abiertos como platos por estar con uno de nuestros ídolos de la guitarra. Steve se puso a dar las instrucciones: nos dijo que teníamos que tararear el ritmo que se nos ocurriera y que él iría construyendo una canción con ello. Así lo hicimos: entre el oficinista y yo, con Steve y Colson, compusimos nuestra canción. Yo seguía en las nubes, viendo a Vai como una aparición de una dimensión imposible. Pensé que nos despediría del escenario pero mi siguiente sorpresa fue cuando nos sentó, al oficinista y a mí, a un lado del escenario para que siguiéramos viendo el concierto.

"Tocó una guitarra con unos dots de leds que en la oscuridad se veían alucinantes, parecía un alien superdotado, el soberano de un planeta de luz y sonidos que nos tenía totalmente hipnotizados".

Yo no salía del asombro, me sudaban las manos y tenía una taquicardia peor que la de la rola de Fito Páez. No podía estar sentada, quería pararme y brincar para siempre. En eso le cambiaron la guitarra, Weiner hizo una intro con puros power chords y Steve volteó al público poniendo los brazos en V, haciendo que subiera y bajara el volumen de las ovaciones. Y empezó la gloria: “For The Love Of God”. Tenía a Vai a menos de dos metros, podía vivir los acordes de esa rola que me trastorna al lado del gigante, entré en un estado catatónico donde sólo existía la música y la figura de Vai. Sus dedos largos y huesudos parecían flotar a una velocidad vertiginosa sobre los trastes y jugaban con la barra de trémolo de una manera magistral. Mientras tocaba, el tipo estaba en otra esfera y yo era la espectadora en primera fila de esa visión maravillosa. Al final de la rola tocaba la guitarra hasta con la lengua y nos dio el solo más maravilloso de cierre que yo hubiese escuchado jamás. La guitarra y Vai estaban mimetizados, como el centauro que es una simbiosis perfecta entre el hombre y el caballo, así Steve Vai y su guitarra, un auténtico milagro.

[caption id="attachment_854518" align="alignnone" width="1654"] El logotipo de Steve Vai. Fuente: youtube.com[/caption]

Terminó la rola y puso de nuevo sus brazos en V. El público del Metropólitan era una masa extática que gritaba y ovacionaba al hacedor del prodigio. Steve salió por el lado izquierdo del escenario. El oficinista y yo estábamos pegados a nuestros asientos, yo me apretaba la boca con las manos y me revolvía el pelo en un estado de delirio cuando de pronto apareció nuevamente en el escenario. El público seguía desbordado y aplaudía frenéticamente. En la pantalla del teatro, justo atrás de la banda, había una figura de Vai con su logotipo en colores rojos, naranjas y amarillos. Steve se puso la guitarra y sonaron los primeros acordes de “Taurus Bulba” de su Fire Garden. Esa rola es un viaje por un mundo maravilloso, a mí me suena a desierto, a dátiles y a incienso, me invita a cerrar los ojos y perderme en un viaje sin retorno. Desde el inicio de la rola, el oficinista y yo no pudimos permanecer sentados, estábamos extasiados a menos de dos metros de nuestro ídolo.

En eso, Steve Vai me hizo señas de que me acercara y sin dejar de tocar pasó el tahalí de su guitarra por mi cuello, me la colgó y siguió tocando su solo. Allí me encontraba yo, entre la JEM y el pecho de Vai, abrazada y abrasada por él. Pude ver los largos dedos del maestro como si fueran los míos, como si yo tuviese el don y la maestría de tocar de esa manera. En ese momento yo también era parte de la simbiosis guitarra-hombre, por unos segundos fuimos uno, no podíamos estar más cerca. Ese fue el momento en el que fui la guitarra de Steve Vai. Cuando sacó la guitarra por mi cuello regresé a mi lugar con las manos en la cintura, me temblaban las piernas y los pensamientos. Fue uno de los momentos más extáticos de mi vida.

TERMINÓ EL CONCIERTO y un miembro del staff de Vai se acercó hacia mí, me extendió el setlist y me regaló una plumilla con la que había tocado el maestro. Me preguntó al oído si venía sola para llevarme al camerino del ídolo, le dije que sí tenía compañía y que lamentaba no poder estar a solas con Vai. Él me despidió con una sonrisa solidaria.

Bajé del escenario y ya estaban mis tres amigos esperándome al pie de la escalera. Mientras caminábamos entre los asientos rumbo a la salida, varios fans me pedían fotografías de ellos conmigo y la chuleta. Cuando salimos del teatro sentí el aire frío en la cara, los vendedores ambulantes ofrecían discos, tazas y playeras, yo los veía desde un estado entumecido de confort y seguía sin dar crédito a lo que acababa de vivir.

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