A sus 59 años de edad, Odiseo Bichir, actor mexicano, cuenta con una impresionante trayectoria en cine, televisión y teatro. Ha participado en montajes como Electra o la caída de las máscaras de Marguerite Yourcenar; El buen canario de Zach Helm, dirigido por John Malkovich; Una noche en la playa de Javier Velga, dirigido por Alejandro Ricaño, y La gaviota de Anton Chekov, dirigido por Diego del Río, entre otros. En la pieza Pequeña voz, del dramaturgo inglés Jim Cartwright, encarna a Ray Say, un buscador de talentos que, en el intento de hacerse millonario, descubre a una joven. Bajo su timidez, ella esconde una de las mejores voces que él haya escuchado. Pequeña voz se presenta en el Teatro Milán y es el motivo de esta entrevista.
¿Cuál es la importancia de estar en esta obra?
El universo que plantea el autor me parece atractivo y poderoso para narrar la historia sobre la búsqueda de la propia voz. El autor plantea cómo puede arreglárselas un ser humano para vencer obstáculos terribles y salir adelante con su propia forma de ver el mundo. La invitación para participar en esta pieza es de Óscar Uriel, productor de la obra. Me entusiasman mucho las dinámicas en las que se encuentra envuelto mi personaje, así como su carácter y personalidad.
¿Para qué sirve el teatro en un México de tantos cambios sociales y políticos?
Su función es ofrecer la experiencia incomparable de vivir en directo, sin filtros, sin efectos digitales, sin tecnología digital, la presencia de personas de carne y hueso que actúan para el espectador. El teatro es un espejo donde podemos vernos reflejados y examinar de una manera muy creativa las convicciones humanas y las grandes preguntas filosóficas del ser humano, como quiénes somos, qué hacemos aquí, cuál es nuestra misión, qué es lo que nos impide salir de un mundo tan convulso, tan violento.
¿Cuál es tu misión como actor?
Trabajar para alcanzar la experiencia viva de seres humanos cuyas condiciones sirven de inspiración, de confrontación, y también para cuestionar dónde estamos parados. El trabajo que encara un actor está siempre al servicio de un autor, de un dramaturgo
o de una idea, un tema, una premisa, pero el dominio del arte escénico establece las partituras, los tiempos y los ritmos para sostener una historia en el ánimo del espectador. El director intenta, a través de su trabajo, de sus productores y actores, procurarle al espectador una experiencia intensa y completa. El teatro es como vivir una epifanía o hallarse de pronto ante una revelación muy poderosa, porque eso tiene el arte. La poesía, la literatura, la música, el arte en general es misterioso en cuanto a sus grandes capacidades para conmover a un ser humano, entonces la labor del actor es responsabilizarse de su personaje de manera tal que pueda ser útil en ese proceso.
"Voy coleccionando tips, actos, ademanes, formas de moverme, de expresarme a partir de lo que veo en otros seres humanos”.
¿Ha cambiado la forma de trabajar desde el momento en que iniciaste tu carrera?
Lo que ha cambiado son ciertas estructuras. El teatro actual cada día combina más géneros y tonos, que exigen del actor un entrenamiento muy completo. Lo mismo debe dominar la farsa que la comedia. Es el resultado de búsquedas que han llevado a estas formas coloridas, estos contrastes, entre cosas que creíamos haber conocido a fondo como únicas e indivisibles y que ahora están mezcladas, están conviviendo y no chocan entre sí. Pequeña voz, por ejemplo, no solamente puede ser una comedia, sino también una comedia musical, una pieza dramática, un melodrama y también puede tener algo de tragedia y algo de farsa y locura desatada y feroz, casi una pantomima, a veces grotesca.
¿Cómo sigues profesionalizando tu oficio como actor de teatro?
El entrenamiento que he recibido desde hace muchos años es el que tuvo la generosidad de proporcionarme mi famila: mi madre, Maricruz Nájera, y mi padre, Alejandro Bichir. Son egresados de la Escuela de Teatro del INBAL, fueron mis primeros entrenadores y ellos me llevaron con otros maestros. Pisé el escenario siendo muy pequeño y constantemente aplico los mismos preceptos: mantener la mente abierta, leer todo lo que pueda, todo lo que sea nutritivo para el intelecto —novela, poesía, cuento, ensayo—. Hay que ser selectivo tanto con lo que uno lee como con lo que escucha y, por supuesto, practicar la observación constante de la condición humana. El mundo en que vivimos nos ofrece grandes cantidades de material, datos e información muy importante para seguir reflexionando sobre quiénes somos y cómo nos comportamos. Me interesa concentrar mi atención en nutrirme de las formas que tenemos las personas de comportarnos en distintas circunstancias: cómo nos movemos, nos conducimos. Eso es una fuente de riqueza inagotable, como lo son también los consejos y las críticas de mis colegas. El arte teatral puede que no sea la inmediata cura contra el cáncer, pero es valioso por su naturaleza.
¿Qué harías si no hubieras seguido esta carrera?
Si no practicara el teatro no sé dónde andaría. Es mi razón de ser en esta Tierra porque me da orden, organiza mi día con día, me mantiene alerta sobre el trabajo en equipo, sobre las necesidades de los demás y, por lo mismo, mi preparación profesional está en constante cambio, en evolución. Siempre estoy recibiendo información acerca de qué tengo que corregir y mejorar. Sigo acudiendo a talleres, a seminarios, cursos, sigo participando en el intercambio de puntos de vista con mis colegas en sesiones muy particulares como en los procesos de ensayos, las funciones, las temporadas teatrales y las notas del director. Así que mi preparación para comprender las distintas maneras de ser y de comportarse de diferentes caracteres y personalidades se sigue alimentando gracias a esta cantidad de información que afortunadamente está a la mano y, claro, si yo pudiera viajar más seguido lo haría todo el tiempo.
Me gusta salir a las calles, conozco muy bien los medios de transporte y circulación de nuestra ciudad caótica. Los transportes, cafés y cines brindan herramientas que están a la mano de cualquier actor. Ofrezco disculpas por ser un observador oculto, un voyerista, sí, porque mientras me traslado de un punto a otro voy coleccionando tips, actos, ademanes, formas de moverme, de expresarme a partir de lo que veo en otros seres humanos. Eso me hace feliz, me llena de energía positiva. Estar encerrado en uno mismo es peligroso. Me parece venenoso permanecer sin cambio, sin movimiento, estancado. El teatro está en contra de eso.

