LA CANCIÓN #6

El fomo de Bad Bunny

El fomo de Bad Bunny
El fomo de Bad Bunny Foto: Cortesía del autor

Maldita sea la hora en la que digitalizamos nuestras vidas. Leo con desconcierto que la demanda por ver a Bad Bunny se desbordó de tal forma que se necesitarían 123 conciertos en el ex Foro Sol para que las 7.5 millones de personas formadas en la cola digital de Ticketgángster lograran asistir. El boricua agotó siete fechas en diciembre y ante la “conversación emocional” que desató en forma de memes, quejas, reclamos y reacciones, se abrió una más. La gente pidió prestado, vendió objetos de valor, se endeudó en el banco y se formó durante días en una fila virtual para comprar sus boletos hasta en 12 mil pesos. Sí, cada quien es libre de gastar su tiempo y dinero como le plazca, sin embargo, la presencia del reguetonero se convirtió en un fenómeno fuera de toda proporción.

SE TRATA DE LA GIRA DEBÍ TIRAR MÁS FOTOS World Tour, el disco de salsa y reguetón fusionados en una grabación de ritmos y estilos caribeños que involucró a más de30 productores / colaboradores y encumbró a BB convirtiendo a los asistentes en una legión histérica. Incluso sus más férreos opositores terminaron por doblar las manitas. Un disco con supuesto trasfondo social cuyos boletos para verlo en vivo alcanzaron los 56 mil pesos en reventa. Todo tuvo que ver la mercadotecnia y el tren del mame en las redes sociales. No es la música de Bad Bunny lo que generó tal fenómeno, sino la digitalización de nuestras vidas y el llamado FOMO (fear of missing out), que ya existía desde hace dos décadas y que ha sido exacerbado por las redes y plataformas. Nadie quiere quedarse fuera del mame.

Como se ha hecho notar estas décadas recientes, los conciertos y festivales dejaron de ser eventos musicales para convertirse en experiencias sociales, gracias a la mercadotecnia que puede convertir cada aspecto de la vida en una “experiencia inolvidable”. Escuchar música en vivo ya no es el fin, sino el pretexto para estar presentes y ser parte de algo. Ese miedo a estar ausente, a no participar de la experiencia, es semejante a la abstinencia de las drogas y sucede por la vía digital, generando la obsesión de estar conectado para ver la vida de los demás y ser visto, de asistir a cuanto evento difunden las marcas y los influencers que ya son una plaga. De hecho, lo primero y lo último que hacemos durante el día es revisar nuestras redes. Y si padecemos insomnio, escroleamos a cualquier hora de la noche.

Las reacciones desbordadas por ver a Bad Bunny reflejan la soledad y la inseguridad en las que vivimos, el terror a perdernos “el suceso del año”, todo muy bien disfrazado de música, colores, baile y buena ondita. El impacto de las redes y la mercadotecnia en la salud mental ya es mortal: el 24 de abril, la influencer Misha Agrawal, creadora de una marca de productos para el cabello, se suicidó por perder seguidores de Instagram y no lograr el millón que ansiaba tener. Pero los marketeros digitales, respaldados en sus métricas, se enorgullecen de generar histerias colectivas como la de BB en el mundo digital, las celebran como el triunfo de sus estrategias sobre la inteligencia y las emociones humanas.