La autodestrucción se lleva bien con la creación literaria. Al menos esa es la lección que se obtiene al zambullirnos en una obra tan ambiciosa como la de Guillermo Fadanelli. Nacido en el Distrito Federal a mediados de noviembre de un año que sus biógrafos confunden o ya han olvidado del todo, es un columnista, crítico de arte, editor (treinta años de Moho lo confirman), conocedor de la cultura underground, experto en arquitectura colonial (cuya visión debería formar parte del Colegio Nacional) y ensayista de primer orden, sus más de treinta libros lo prueban.

Ha descollado por ser una figura incómoda, pero ineludible. Equidistante de la Academia, aunque complementario, contestatario para la comentocracia y de una personalidad inflamable para quienes gustan de la figura adocenada del intelectual orgánico, Fadanelli se ha ganado respeto por su autenticidad. Sin embargo, en este bazar de talentos, al que me interesa retomar es al narrador y sobre todo al novelista. La más reciente de sus obras, Fango (Random House, 2025), me invita a detenerme con brevedad en su obra.
FADANELLI CONSIDERA QUE EL ARTE nace de la experiencia, y entre más ligada esté una obra a la experiencia personal de cada artista, más lo atrae. “A mí el canon, la forma, el estilo, las bellas artes, me tienen sin cuidado: van a ir por la coladera. Me interesa que una persona nos muestre lo singular que hay en ella. Nadie sufre de la misma manera”, le externó a Lorena Wolffer hace unos años. Fácilmente relacionado con Charles Bukowski y “Hank” Chinaski, el narrador que articula sus novelas revive espacios marginales, empobrecidos o, de plano, sórdidos. Fadanelli ha creado una voz narrativa que nos lleva por las calles que él mismo ha transitado o a las pocilgas en las que ha discurrido sobre Schopenhauer, Richard Rorthy u Octavio Paz. Con un tono desapegado, cínico e incluso canalla, el lenguaje fluye con una precisión que, por momentos, roza la exuberancia carnavalesca. A pesar de ser reacio a formar parte de la sagrada república de las letras, historias como Educar a los topos (2006), Lodo (2008 y 2013), Al final del periférico (2016), Fandelli (2019), ¿Te veré en el desayuno? (2019), Malacara (2020), y R nueve relatos (Moho, 2025), lo han metido a empellones a la literatura. A pesar de la censura intolerante de algunos (de sus) editores y una que otra traductora, Fadanelli permanece en un sitio incuestionable.
LA REBELDÍA ESTÁ EN LA MÉDULA de su quehacer, pienso en Educar a los topos, pues es palpable el escarceo por lograr una Bildungsroman (novela de formación), la cual lo conecta con el boom hispanoamericano. Al igual que el padre de Mario Vargas Llosa, por el miedo prejuicioso a tener un hijo demasiado sensible, el papá de Fadanelli lo envió a la escuela militarizada a los once años: “En ese entonces, mi papá confundía la sensibilidad con la mariconería. Y pensaba que yo iba a ser, o que ya era, un gay, un homosexual, …puto”, relató sobre el ingreso a la militarizada: “Una escuela horrorosa, donde recuerdo que sufrí el primer año”.

Mi hermano Orlando preguntaba por el tipo de armas con que nos proveía el colegio; quería saber si había tenido oportunidad de disparar y si tales armas eran ametralladoras, bazucas o solamente rifles, si disparábamos a blancos móviles o a seres vivos, si las balas eran de salva o verdaderas. No sé cómo pude contener las lágrimas mientras contaba ese montón de mentiras: “Es una escuela normal, sólo que no hay mujeres”. “¿Para qué quiere mujeres un niño de tu edad?”, respingaba mi madre. Qué pregunta tan descabellada. Quería mujeres para manosearlas como hacía con Ana Bertha, para besarlas como había besado a Roxana en quinto de primaria, para poner mis ojos sobre sus cuerpos y recordar las piernas de Carmela, la abanderada de la escuela Pedro María Anaya.
—No quiero mujeres, sólo que no estoy acostumbrado a ir a una escuela donde solamente hay hombres.
—Mejor, así te concentras en tus libros.
Así, la frustración y la soledad que vivía el puberto no carecía del sentido de la ironía y del despertar sexual, los cuales se enfrentaban a diario con la imposición castrense:

No tenía caso llorar en el regazo de las mujeres. ¿Para qué meterse de nuevo bajo la falda? Si comenzaba a quejarme, no terminaría jamás y mis palabras me devolverían al útero, a la oscuridad. Después de todo, la experiencia no había sido tan mala, excepto por un par de patadas en el trasero o por el breve escarnio público al que me vi sometido cuando un oficial, el subteniente Mendoza, me preguntó si había nacido jorobado.
—Camine recto, cadete, ¿es usted jorobado?
—No, señor.
—¿Tiene las nalgas en la espalda?
—No, señor.
—Si lo vuelvo a ver jorobarse me
lo voy a chingar.
—Sí, señor.
—¡Puta madre, ahora tenemos
que enseñar a marchar
a los parapléjicos!
La escuela militar, una experiencia traumática para muchos, a un escritor que se crece al castigo lo hizo embarnecer con una personalidad incorruptible.
EL PROFESOR DE FILOSOFÍA BENITO TORRENTERA SE ENFRENTA DE GOLPE A SU DECADENCIA FÍSICA, HA PERDIDO LAS DOTES CORPORALES QUE ERAN ATRACTIVAS A LAS MUJERES
De manera que entre la literatura bélica, donde destacan Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque, Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, Viaje al final de la noche de Céline, y La ciudad y los perros de Vargas Llosa, Educar a los topos es una buena representante del muy limitado pensamiento de los militares.
A pesar de que una lectura simplista nos pudiera sugerir que hay un narrador que se reitera y que Fandelli o Benito Torrentera, Orlando Malacara, Mario Stevenson, Esteban Arévalo, el detective Riquelme y su cliente son variantes de un mismo ser, distingo situaciones, puntos de vista e incluso intenciones muy diferentes. Fadanelli advierte que “la autobiografía es un mito”, pero trabaja la autoficción desde los años 2000. Su voz narrativa no se envanece, por el contrario de pronto se autovitupera, pero con sentido del humor y ludismo. Si como decía José Ortega y Gasset la literatura moderna (de Robert Musil, James Joyce o Thomas Mann) es una literatura de la presencia, Fadanelli le da un giro y juega con esa presencia sin tomarse demasiado en serio. Pienso en la visión que se flagela, a lo Cioran, latente en Fandelli, quien que se compara con un malhadado ladrillo del muro lleno de miasmas y líquido amniótico, mientras que sus aserciones están acompañadas de una reflexión vital.

¿Te acuerdas, mamá, que me decías débil, y jactancioso, y llorón, y romántico? Tú no habías leído a los pietistas alemanes ni a los poetas ingleses, pero lograbas reconocer un bolero que orina sangre y agua salada. Un murmullo fuera de lugar que desea volver a la noche, una enfermedad que sonríe y, sobre todo, una ironía a la que no impresionaron nunca las leyes físicas y su pinche determinismo. ¿Me quiere tragar la gravedad? Adelante, bienvenida, malhechora insípida. Tus ojos verdes se apagaron, mamá, y el monumento al asco, es decir yo, continúa aquí, en la calle de San Jerónimo, número 28, en el Centro.
EL PROFESOR DE FILOSOFÍA BENITO TORRENTERA SE ENFRENTA DE GOLPE A SU DECADENCIA FÍSICA, HA PERDIDO LAS DOTES CORPORALES QUE ERAN ATRACTIVAS A LAS MUJERES
POR SU PARTE, AL INADAPTADO Mario Stevenson lo que más caracteriza es su rebeldía a usar el cubrebocas durante la pandemia del covid-19, y que asila a una prostituta en su habitación del hotel Embassy sin temer las consecuencias. Y que mientras deambula en la Roma norte charla con una anciana en silla de ruedas que sale a vender dulces en una caja de zapatos por necesidad. Stevenson mide a su interlocutor y se adapta al diálogo frontal y sin condescendencia: “Cada boca resultaba una mina de información y consejos: una cloaca que expelía los humores y olores más sabios y contundentes”.
A pesar de que se trate de novelas monologadas, con semejanzas a un discurso vehemente como el de Louis-Ferdinand Céline, los protagonistas se dan el tiempo para detenerse a observar. La contemplación cuidadosa es muy importante en varios de sus personajes. Por eso, Fadanelli considera que, una vez que tiene la primera página, tiene la novela, “es como en una cantina, te sientas con alguien y ya sabes con el cretino con el que estás… o con alguien que podrá ser uno de tus mejores amigos. Es una cuestión de intuición, de oído y de experiencia”.

LODO ES UNA DE LAS OBRAS que más prestigio le ha dado, ya que recibió el Premio de Narrativa Colima 2002 y lo hizo finalista del desaparecido Premio Rómulo Gallegos en 2003, que habían recibido desde Carlos Fuentes hasta Fernando del Paso, y que la (anti)revolución bolivariana de Venezuela destruyó. El profesor de filosofía Benito Torrentera se enfrenta de golpe a su decadencia física, ha perdido las dotes corporales que eran atractivas a las mujeres. Su vida se confinará a leer a Platón, Rousseau, Schopenhauer, a contemplar las catedrales coloniales y a merodear en las inmediaciones de la colonia Roma. Una discusión incidental lo relaciona con la joven Flor Eduarda, una dependienta del Seven Eleven, una chica prácticamente salvaje y montaraz de la que queda prendado el hombre docto.
De la misma manera que Ricardo Zevi, de El traductor, del escritor Salvador Benesdra, o el Humbert Humbert de Nabokov, Torrentera se rinde ante la espontaneidad iletrada y la juventud femenina. La literatura medieval nos sugiere que subyace el mito de la Bella y la Bestia, como con Jean Cocteau. En la Bella también hay algo de bestialidad y en la Bestia hay algo de belleza que se traduce en nobleza, pero bajo todo esto está la infinita soledad del hombre de letras. Para quienes estén enfrascados en culturas y recepciones maniqueístas, los destellos de Lodo serán invisibles; para los que tengan la mente alerta y una mirada perspicaz será una experiencia llena de asombros.

Torrentera propicia una esgrima verbal con Flor Eduarda y por momentos pierde: “—Dame una sopa Maruchan y con el resto cómprate una caja de kotex —le dije. —Si quieres hacerme un favor, regálame los kotex de tu mujer. Seguramente ya no los usa”.
Días después de este diálogo, Flor Eduarda le pide asilo a Torrentera, quien ha vivido veinte años solo en su departamento de la calle Veracruz, por lo cual, evidentemente accede. La convivencia está llena de jaloneos. Ella quiere y puede manipularlo, pero Benito retoba cuando la chica se excede. Hay sexo, hay ternura, hay violencia y hay momentos felices.
La literatura cumple su función de recrear simbólicamente una realidad que puede darse en la cotidianidad de una pareja con una diferencia tan marcada de edades y mundos. Torrentera planea un viaje a Tiripetío, Michoacán, para buscar las raíces de la filosofía en la Nueva España, y por su parte a Flor Eduarda le urge huir lo más pronto posible de su antigua fuente de trabajo. ¿Pero qué es lo que oculta la ex dependienta?

Como dijo el poeta francés Charles Baudelaire, “el amor es un malentendido”, pero aquí hay un doble o triple malentendido, y emprenden el viaje con un polizonte en la cajuela. Una serie de contratiempos en la autopista mina la estabilidad mental de Benito. Flor Eduarda se va volviendo irreconocible, lo cual agrava la crisis. La incertidumbre sobre sus sentimientos y sus dichos hacen tambalear la cada vez más frágil serenidad de Torrentera, pero esto no es lo peor. Flor Eduarda no se imagina el verdadero peligro que los acecha.
La novela termina en un sitio bastante oscuro, donde las teorías y la filosofía son fruslerías. Aquí sí, es el novelista Fadanelli el que nos dejó ver a inicios de los años 2000 el precipicio en el que México caería unos años después y del que no hemos salido.
Al cabo de veinte años de escritura, con libros de ensayo, de aforismos y novelas entretanto, Guillermo Fadanelli publicó Fango en octubre pasado. Siempre pensé que sería una grosería preguntarle si retomaría a Benito Torrentera y a Flor Eduarda. Cada uno de ellos con sus respectivo destino parecía ya irrecuperable.
La redondez de la historia, el tratamiento de las situaciones y las fisuras sentimentales entre ellos se antojaba insuperables. Lodo es una pieza de orfebrería, la confirmación del novelista Fadanelli. La recepción internacional es reflejo de su logro, traducida al francés y al hebreo, idiomas de culturas abiertas, no como la espantadiza estadunidense (casos de censura como los de La novela luminosa de Levrero, y la del propio Lodo me dan sustento). Así que revivir esta historia presentaba un riesgo innecesario para muchos. Sin embargo, su autor regresó a las ruinas de aquella historia y salió airoso. Hay quienes hacen trilogías enteras que no valen lo que un buen libro. Con Fadanelli no fue así.

LA HISTORIA SE RETOMA cinco años después de la aventura y del fatal viaje a Michoacán. Una vez más Benito Torrentera se encuentra totalmente solo. Trata de recuperar su vida después de la ausencia en su propio departamento en la colonia Roma. Cometió un asesinato, pero no es por ése por el que lo aprehendieron, sino por uno que le sembraron: así trabaja la justicia en nuestro país. La ausencia de Flor Eduarda lo hiere y lo lleva a una conclusión: “Si los recuerdos duelen es porque se han paralizado en el tiempo y han cesado de manar”. Durante estos años el único contacto con la vida fuera de prisión ha sido su hermano.
A la manera de Mathieu Delarue, de La edad de la razón, la novela de Jean-Paul Sartre, Benito Torrentera es un intelectual existencialista a quien su hermano aburguesado, Esteban Torrentera, saca de apuros reiteradamente. La dicotomía hombre de letras / inoperante en la vida real frente al abogado que se acopla a la vida burguesa están en una disputa constante. A veces leal, a veces no tanto, la vieja rencilla entre el hermano pragmático y el hermano humanista está en la palestra. En cuanto al estilo, Fango arranca con un monólogo que habla por sí solo:
Las dieciséis botellas de Brandy Torres que observo ahora, mudas y mustias, dentro del mueble de la cantina en mi departamento, reposan sosegadas, seductoras y brillantes, así como esperando a que alguien las invite a bailar y les susurre al oído: las imagino como si fueran estrellas cautivas recluidas en una celda oscura.

A este regreso a su vida se agrega la presencia esquiva de Irma Rosario, otra chica atractiva de inteligencia chispeante, pero que tiene el inconveniente de ser su sobrina. Mientras lo atenaza la reminiscencia de los días con Flor Eduarda, Irma hace de las suyas para aproximarse a su tío de manera equívoca. ¿Qué busca esa niña de clase acomodada en el departamento de un avinagrado Torrentera?
REVIVIR ESTA HISTORIA PRESENTABA UN RIESGO INNECESARIO PARA MUCHOS. SIN EMBARGO, SU AUTOR REGRESÓ A LAS RUINAS DE AQUELLA HISTORIA Y SALIÓ AIROSO.
Además, al profesor se le ha encomendado la tarea de escribir un libro sobre José Nemesio Santos Degollado, el llamado “General derrotas”, pero que le despierta simpatía y hasta admiración por su fidelidad a Benito Juárez. Un senador de Jalisco, Héctor Sifuentes, lo contrata como negro (ghostwriter) para escribir dicho libro: una práctica descarada entre políticos, magistradas y militares. “La falsedad es el indicio legítimo de la verdad; y no estoy filosofando, sólo eructando hechos y lugares comunes, como hacen los historiadores”. Benito Torrentera accede, con lo cual nos sumergirá grácilmente en el periodo de la Reforma en México, y nos planteará un conjunto de interpretaciones históricas.
La historiografía subyacente permite colocar a Fango como una novela parcialmente histórica, pero que tiene un cable en el México contemporáneo, pues la malaria de los cobros de piso en los negocios de la Roma y Condesa irradian la extorsión y la violencia:
Los culeros son los culeros, sólo la maldad es pura y hay que prepararse para la guerra. […] ¿Creen que por leer libros de filosofía y descreer de las categorías kantianas no les puedo meter dos o tres balas en el cráneo?
Debido a la exuberancia del lenguaje de Torrentera podríamos pensar que la carnavalización ha dinamitado la narrativa de Fadanelli: “—¿Qué culpa tiene ella de haber parido un toro de lidia? No, hombre, ¡quiero decir un hombre fuerte!”
Fango tiene numerosas capas que cobijan la existencia de un profesor más puntual y más sicalíptico. Ha vuelto Torrentera después de veinte años y no piensa arredrarse frente a la censura de la corrección política. Sabe que es de los pocos que pueden decir algo sobre los personajes femeninos sin que le tiemble la mano o tema la cancelación: una práctica de linchamiento desleal socorrida en nuestro tiempo.


