En el desierto un grupo de hombres ensamblan paredes de bocinas decrépitas pero potentes para un rave, una muralla de sonido que confronta a la escarpada cordillera del Atlas. Las torres de altavoces recuerdan el monolito de 2001, Odisea del espacio (Kubrick, 1968) o a la propia Meca, monumentos transformadores de la experiencia colectiva. Este rave no será un evento glamoroso tipo Coachella o Burning Man, más bien una celebración crepuscular y masiva, una reunión de tránsfugas, bacanal clandestina de espíritus frenéticos y ensimismados. Porque el rave no sólo es la fiesta, la música y las drogas sino también el viaje, la huida, la reconciliación con la vida mediante el ritual orgiástico, decadente y trascendente a la vez. La controvertida y fascinante Sirāt, cuarto largometraje del multipremiado director franco gallego Oliver Laxe, comienza señalando: “Existe un puente llamado Sirāt que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello, más afilado que una espada”. Poco después el sonido y ritmo de la pista electrónica del músico francés David Letellier, conocido como Kangding Ray, enciende a los tripulantes de las caravanas que han llegado a ese punto del desierto de Saghro en el sur de Marruecos. La música hipnótica, inmersiva, visceral y maquinal crea un aura emocional que va de lo eufórico a lo desesperanzador. Mientras que los largos planos contemplativos de la fotografía de Mauro Herce son apabullantes, monumentales y conmovedores. Imposible no evocar los paisajes desérticos de Gabriel Figueroa y John Ford. La cámara establece la narrativa al pasar del ensamble del equipo de audio a los cuerpos que se mueven y se contonean enfebrecidos, y de ahí a los close ups de abandono y clímax. Entre los rostros anónimos de los danzantes filmados en tono semidocumental aparece Luis (el talentoso Sergi López) quien con su hijo de 12 años, Esteban (Bruno Núñez Arjona) y su perra Pipa, busca a Mar, su hija desaparecida cinco meses antes. Reparte panfletos con una foto y pregunta entre los asistentes si alguien la ha visto ahí o en algún otro rave. Luis es un hombre común, desaliñado, maltrecho, fuera de lugar y del tiempo, descompuesto por la ansiedad, ajeno al desierto, a la cultura del rave y a la juventud postpunk. En cambio Esteban entiende de manera innata ese mundo en el cual a pesar de su edad no parece un extraño. Luis encuentra a un grupo integrado por Tonin Janvier, Richard “Bigui” Bellamy, Stefania Gadda, Joshua Liam Henderson y Jade Oukid (actores no profesionales que aparecen aquí con sus propios nombres e historias personales en forma de tatuajes, cicatrices y amputaciones). Tampoco han visto a Mar, pero quizá por compasión Jade menciona que hay un próximo rave y eso enciende la esperanza del padre que se obsesiona con seguirlos. Quizá lo que el padre siente es más un gesto de humanidad y amistad que una posibilidad real de encontrar a su hija.
EL DESIERTO MARROQUÍ NO ES LO ÚNICO que arde, las tensiones políticas y militares en la región (en el mundo) están a punto de desencadenar un conflicto armado. “Estamos en estado de emergencia” dice un militar mientras ordena a los visitantes europeos a regresar a sus vehículos y volver a sus países. Los cinco junkies de la música y el baile que han desafiado leyes, convenciones y órdenes para estar ahí no están dispuestos a obedecer así que se rebelan, aprovechando el privilegio blanco que los protege de que los soldados los detengan a tiros y huyen manejando sus dos vehículos hacia las montañas. Luis, desorientado, cansado y confundido, pero con una determinación intensa que no tiene el menor fundamento lógico, decide seguirlos. Su fe es desesperada y tan absurda como la idea de manejar una camioneta destartalada por el desierto: “Es el coche que tenemos”.
El rave como espacio de rebelión ante la autoridad se origina con el surgimiento del neoliberalismo y el grotesco régimen de Margaret Thatcher. En buena medida es una resignación ante la violencia del Estado. No se trata de combatir y confrontar sino de escabullirse y ausentarse. La subversión es buscar el trance en el baile, usar sustancias psicodélicas (y otras drogas), inventar una cultura hermética y una poética itinerante que mediante el movimiento invita al “rapto estético”. Así surge una forma de nomadismo occidental que es una especie de peregrinación, un alejamiento de los vicios del capitalismo que es también un fortalecimiento de la idea romántica de la renuncia a la comodidad con un toque de celebración mística o religiosa.
LA CINTA DA UN GIRO HACIA EL ROAD MOVIE con elementos de western y una clara evocación apocalíptica madmaxiana. Laxe dice que su inspiración está en la reflexión existencial sobre el deseo, la fe y el miedo de Stalker (Andrei Tarkovski, 1979). Si bien la película nos puede hacer pensar por momentos en el trabajo de Gaspar Noé, Michael Haneke o Lars von Trier, Laxe dice que su cine no busca el sadismo ni la provocación. El peligroso recorrido de los camiones recuerda El salario del miedo de Henri-George Clouzot (1953) y su espléndido remake, Sorcerer de William Friedkin (1977). A diferencia de éstas, en el filme de Laxe el desierto y la guerra han devorado el mundo pero la solidaridad y la generosidad no han desaparecido.
Desconocemos todo de este grupo de inadaptados y marginales. Los ravers buscan sanar y gozar con el baile, dejando atrás las causas que los llevaron a abandonar vidas y perder extremidades. No sabemos si Luis está casado ni a qué se dedica ni dónde está la madre de Mar. La intimidad y el mundo personal han desaparecido en esta familia remendada, en esta nueva tribu. El desierto es el origen y el fin, un terreno que no permite la inmovilidad. La búsqueda de ese otro rave cerca de la frontera con Mauritania es una obsesión demencial, un viaje como escape y cura espiritual en un mundo desgarrado que se acerca a su fin. “¿Esto es lo que se siente cuando el mundo se va a terminar?”
“ LA INTIMIDAD Y EL MUNDO PERSONAL HAN DESAPARECIDO EN ESTA FAMILIA REMENDADA, EN ESTA NUEVA TRIBU. EL DESIERTO ES EL ORIGEN Y EL FIN.
El desierto ha sido imaginado como una expresión del infierno pero también como un territorio de redención. Luis dice al inicio: “Aquí solo hay polvo”, pronto sabrá que es mucho más que eso y su búsqueda implica el sacrificio de la esperanza y el encuentro con el vacío más doloroso y desquiciante. Laxe vivió en Marruecos e hizo dos de sus películas anteriores ahí: Todos vós sodes capitáns (2010) y Mimosas (2016). Su visión no es exotista ni azorada, en cambio refleja el estado de quebranto que domina el Zeitgeist. El tránsito que describe aquí va del gozo frenético y el fervor espiritual al colapso total, representado tanto por la muerte estrepitosa como por la contundencia anacrónica, aplastante y desesperadamente lineal de un tren que corta el desierto. Sirāt es una cinta atmosférica, aural, una colección de estímulos, un crescendo emocional que no respeta convenciones, gustos y fórmulas. Es una ruptura abismal con las convenciones tanto narrativas como fílmicas.


