Siempre se olvida de aquel detalle: cada vez que lo abre, el paraguas toma la forma de una araña en un techo, patas contra la gravedad, simulación de antena, ilustración de una industria empobrecida, pero nada que pueda ser un refugio. Las gotas que entraron por el puño en su intento de arreglarlo llegan al codo y le regalan un escalofrío que dice “va a llover” con la misma voz de su mamá. El brazo se da por vencido y retoma su posición de descanso, acompaña la frustración del resto del cuerpo, la gota vuelve hacia el puño.
“Lloverá” es lo mismo que “va a llover”, piensa Natalia, pero nadie habla así aquí, suena como a un nombre del Litoral, a nombre de un lugar donde la lluvia encuentra cosas que nutrir, no como esta avenida, suena a nombre de un lugar donde las cosas laten.
El paraguas ahora es recipiente, el revés de su objetivo, no cumple la meta de su propio cuerpo, Natalia quiere espantar la voz de lo que diría entonces su mamá, pero ya lo ha pensado. Resignada, se apoya en la persiana de un negocio que también parece estar en pausa, no sabe si está cerrado para siempre y es difícil darse cuenta, en esta parte de la ciudad bien podría haber inaugurado ayer y ya estar destruido, o quizás esté ocupado, adentro, por gente que no es su dueña legítima. La idea la incomoda y se despega de la persiana para que nada de aquello la roce. No puede moverse mucho porque quedaría por fuera de ese pequeño techo de cemento que cubre la persiana, el mismo que la protege de la lluvia, de su falta de planificación para vivir mejor a esta altura de la vida. Es la voz de la madre de nuevo, la que se ha colado en el día de Natalia. Ese fantasma. Pero no está muerta su madre, y ahora es ese otro pensamiento el que rápidamente detiene. Un paraguas puede ser una razón demasiado vana y húmeda, pero es suficiente.

Alter ego. La estética de Carlos Cárdenas
Estaba a la mitad del camino. Ya había tomado un colectivo y le tocaba otro más. La parada de ese segundo transporte queda a dos cuadras. Imposible llegar así. Claro que eso no pasaría si se hubiera mudado a principios de año con su amiga. Ahora ella no le habla. El departamento que hubiera sido también suyo está a solo diez cuadras del trabajo, no necesitaría un colectivo, mucho menos dos. Pero un paraguas, sí, Natalia, un buen paraguas siempre. Se recuesta de nuevo sobre la persiana y entonces se da cuenta de esa nueva presencia a su izquierda y se sobresalta. No supo en qué momento llegó él a resguardarse bajo su techito. ¿Será uno de los que ocupan el negocio abandonado? Parece. Quizás no se anime a entrar porque está ella ahí y entonces quedaría en evidencia. La pequeña puerta metálica de la persiana tiene un candado, pero él no hace amague alguno de moverse, solo parece esperar a que pare la lluvia, como ella. Aunque está inquieto, lo puede percibir. Está inquieto porque quizás planea robarle, ella está ahí, después de todo, inmóvil, adónde va a ir. Natalia piensa que si en ese momento ella agarrara más fuerte su cartera sería muy obvia, debería hacer lo opuesto, lo opuesto a lo que quiere, mostrar lo que se quiere esconder, gritarlo si es necesario, como en un desfile, como con un cartel. Abre entonces la cartera, todo el cierre, como si quisiera sacar de ahí adentro una olla Essen, una pelota de básquet, una canasta con frutas. Revuelve buscando cigarrillos que sabe que no tiene, comienza a soltar quejidos de diferentes valores: ufff, pucha che, mmmh, ay, ufa. El joven la comienza a ver, ahora sí, presta atención a la escena, los sonidos son lo suficientemente raros. “¿Te falta algo, amiga?”, le dice sonriendo. Claramente se está burlando, aunque solo un poco, también se lo pregunta con curiosidad. Ella cree que la pregunta es una clave que quiere decir: Dame todo lo que tenés en el bolso o te tajeo la cara. No levanta la vista y solo responde, bajito: “… puchos”. Si tan solo hubieras comprado un buen paraguas, Natalia.
AUNQUE ESTÁ INQUIETO, LO PUEDE PERCIBIR. ESTÁ INQUIETO PORQUE QUIZÁS PLANEA ROBARLE, ELLA ESTÁ AHÍ, DESPUÉS DE TODO, INMÓVIL, ADÓNDE VA A IR.
Tenía uno hermoso antes. Azul con grandes flores rojas. Tan firme que las gotas ni siquiera se deslizaban por la superficie: rebotaban. No le llegaba más que el sonido de una amenaza lejana. Tan amplio que ni sus hombros, ni su bolso corrían riesgo, ni el brazo de su amiga entrelazado con el suyo cuando iban juntas caminando debajo del paraguas. Ahora lo tenía su amiga. Y no podía pedírselo porque no se hablaban.
Unas gotas caen adentro del bolso donde Natalia seguía buscando y entonces siente aquella mano cerca de su cara. Pánico. Se mueve apenas y ve primero los tatuajes, uno en cada dedo, luego una plasta de tinta negra en el dorso de la mano, unas líneas gruesas en la muñeca, parece seguir hacia dentro, seguro el tatuaje cubre todo el cuerpo, un mismo tatuaje, la continuación de un deseo: taparse lo que era realmente. Pudo entender ese impulso, estaba acostumbrada. Entonces lo mira a los ojos, sin miedo. “¿No querías?”, le dice él arqueando unas cejas amables y gigantes. Recién ahí nota el cigarrillo que él le ofrece en medio de dos dedos. Hace mucho que no fuma. Una costumbre de gente ordinaria, Natalia. No fue un problema dejarlo porque no era que fumase tanto, no era que lo necesitara. Si a alguien le molestaba que ella fumara podía dejar de hacerlo. No sería lo primero [...].

