Autobiografía de la piel. Cuando el deseo se convierte en autoconocimiento

Carlos Farfán analiza Autobiografía de la piel de Ana Clavel, un libro donde la piel es la protagonista de la historia. Esta pieza literaria trasciende lo convencional para explorar el deseo como eje de autoexploración. A través de un lenguaje que recuerda a la poesía se describe un desdoblamiento entre la narradora y su superficie sensible con reflexiones sobre el erotismo, la memoria y la figura ausente del padre. Es una invitación a reconocer el cuerpo como un cerebro extendido

Autobiografía de la piel. Cuando el deseo se convierte en autoconocimiento
Autobiografía de la piel. Cuando el deseo se convierte en autoconocimiento Foto: Especial

Como se podría suponer a partir del título, la piel es la gran protagonista de Autobiografía de la piel, la obra literaria más reciente de la destacada escritora Ana Clavel. La piel entendida como un pasaje deleitoso para acceder a la profundidad del ser, a la conciencia de sí y al autoconocimiento: la piel concebida aquí como un ente vivo, pensante y sintiente, como una unidad distinta a la persona que envuelve, en este caso, la narradora alter ego de Ana Clavel, quien desde la página inicial nos advierte de este desdoblamiento: “ella y yo somos personas diferentes”.

Comprendida esta distinción, no nos debería extrañar que a lo largo de los capítulos la autora implícita hable a través del pronombre nosotras, para referirse a ella y a su piel, como una entidad indisoluble, aunque también por momentos bipartita. Asistimos, con esta invitación pronominal, a abrirnos de brazos y fundirnos en este nosotras-nosotros, y a sentirnos parte de las vivencias de la voz enunciadora, vivencias muchas de ellas reveladoras, hirientes, eróticas, tiernas o transgresoras. Nunca indiferentes o inertes. No hay vivencias inertes en esta nueva entrega de Ana Clavel.

SE TRATA DE UNA AUTOBIOGRAFÍA de los sentidos, del deseo, del erotismo, escrita —o interpretada— desde una premisa esencial: el deseo también es parte integral de nuestra identidad, de nuestro conocimiento del mundo. La conciencia del ser humano, ese animal sensorial y erotizado pese a los tabúes, reside en su permanente tacto y contacto entre el interior y el exterior, mediada la sensible capa de piel: “Mi naturaleza es dual. Adentro y a la vez afuera. Siempre volcada hacia el interior, siempre en contacto con el mundo”. Aquí, la memoria y el lenguaje se hallan ligados por una misma membrana vital que se antoja omnipresente:

Todo es piel… No en balde soy el horizonte por el que el cerebro percibe al mundo. El hecho de que nos constituya a ambos la misma capa embrionaria nos hermana de tal manera que podría decirse que yo soy un cerebro extendido y él una piel pensante.

El orden habitual en una autobiografía tradicional, por tanto, no tiene cabida en esta obra: la autora implícita, desdoblada y envuelta en un revestimiento de piel y conciencia, enuncia de forma intermitente y alternada reflexiones personales y voces emanadas de obras artísticas, fábulas propias o ajenas y símbolos carnales, recuerdos íntimos y anécdotas de su círculo de amistades, en un constante movimiento entre el adentro y el afuera, rítmico, cadencioso, revelador.

ADEMÁS DE LA PIEL, el otro gran protagonista, árbol en llamas, que se erige y extiende como un sistema nervioso central ramificado hacia todos los rincones periféricos de la piel, de su piel, es el padre. Figura simbólica que se desliza y acaricia la escritura de este libro, porque detrás de todas las aventuras y peripecias de la narradora, “está el anhelo del amor del padre que perdió de muy niña”. En efecto, reflejada como sombra luminosa en el bosque de la vida de la autora, la presencia-ausencia del padre la acompaña de la primera a la última página.

Escrito a través de un lenguaje poético y elegante, que capítulo a capítulo alterna el tono lírico, conmovedor, irónico, perturbador, este libro puede leerse como una autobiografía sensorial, como una novela telaraña (en palabras de la propia narradora) o como un largo ensayo literario sobre su ars poetica del deseo. En todos los casos, es la voz del deseo quien habla, murmura o proclama.

Sin importar mucho la etiqueta con la cual nos adentremos en él, lo cierto es que se nos ofrece como un pequeño orificio entre la vasta y consolidada obra literaria de Ana Clavel, que nos permite espiar, con emoción compartida, su universo familiar, personal y profesional, que bien podría explicar los temas y obsesiones emanados de su pluma, al mismo tiempo que nos convida a nosotros mismos a meditar acerca de ciertos recuerdos, pensamientos y fantasías inconfesables, nacidos de nuestra propia piel y que muchas veces mantenemos a raya por pudor.

SIN IMPORTAR MUCHO LA ETIQUETA CON LA CUAL NOS ADENTREMOS EN ÉL, LO CIERTO ES QUE SE NOS OFRECE COMO UN PEQUEÑO ORIFICIO ENTRE LA VASTA Y CONSOLIDADA OBRA LITERARIA DE ANA CLAVEL

AUTOBIOGRAFÍA DE LA PIEL, además de ser un anecdotario memorístico y una declaración de principios de la autora, se puede atisbar como un artefacto sensorial puro, anterior a los juicios y prejuicios, que en todo momento acaricia los sentidos, porque Ana Clavel posee la virtud de transmitir y evocar sensaciones que hemos experimentado alguna vez en carne propia, de manera soterrada, o bien, al menos con la imaginación o el pensamiento advenedizo. De esta manera explora su interioridad (¿nuestra interioridad?) constelada de curiosidad, miedos y fantasías, pero, sobre todo, explora su propio y legítimo deseo, que es, por continuidad de especie, nuestro propio y legítimo deseo.

Y al cabo de una larga búsqueda del origen del deseo por la piel, la obra cierra con una certeza con relación al tema del padre: “Hasta aquí he develado constelaciones y secretos. De pronto descubro que, más que para los otros, este alumbramiento desde las entrañas del padre ha sido para nosotras”. Momento de epifanía, de autoconocimiento, de plenitud, al saberse, al sentirse la autora, en comunión con el poema Muerte sin fin de José Gorostiza, llena de sí misma y colmada en su epidermis.