BOB WEIR se fue al cielo fantástico de “St. Stephen”. Cofundador de la máquina psicodélica The Grateful Dead, su muerte por cáncer y una infección pulmonar a los 78 años le pone puntos suspensivos al grupo de San Francisco que revolucionó la música americana con ocho miembros bajo tierra, entre ellos el gran Jerry Garcia. Weir, guitarrista, compositor y cantante, iba a tocar tres noches con Dead & Co. por sus seis décadas de viaje con la Muerte Agradecida, pero ella se le adelantó. Si Garcia era dios, Bobby Weir era la paloma que descendía sobre nosotros con el poder espiritual de la música.
Los Grateful Dead eran la madre de las jam bands, aventureros que optaron por la experiencia colectiva para crear algo superior a ellos y lanzarse a la improvisación sin límites en su “Ship of Fools”. Fueron exploradores de la mente y la música que se forjaron en el camino durante las Pruebas de Ácido del escritor Ken Kesey, donde conocieron a su letrista de cabecera, el poeta Bob Hunter. Como guitarrista rítmico, Bobby fue un artífice del Dead y del llamado Sonido San Francisco. Era el hermano / alumno / mancuerna de Garcia, nombrado el mejor guitarrista de acompañamiento.
Y creó su estilo, que Bob Dylan —asiduo a tocar con ellos— definió como poco ortodoxo, extraño, entre acordes y medios acordes en intervalos impredecibles. Más que country en ácido para camioneros pachecos, Grateful Dead sintetizaba blues, jazz, rock, bluegrass, folk y gospel a través de un sistema de sonido colosal, el más grande de su época: The wall of sound, diseñado por el ahijado químico de Albert Hofmann, Owsley Stanley The Bear.

Diversa Cultural
A LOS 16 BOBBY YA ERA un icono contracultural desde que se fue a vivir con el grupo a Haight en Frisco, en la célebre casa victoriana donde su compa de cuarto fue el legendario Neal Cassady. La relación del Dead con los beats fue muy intensa, eran devotos de Kerouac y cuates de ácido de Allen Ginsberg y los Ángeles del Infierno.
Ser el rumi de Cassady detonó la primera canción de Weir, locura veloz en 18 minutos: “The Other One”, con el vaquero loco Neal al volante. También fue el Hombre Naranja de Woodstock con la maleta llena de sunshine que se derritió por la lluvia, compositor de clásicas como “The Music Never Stopped” y “Playin’ In the Band”.
Después de Jerry en 1995, Grateful Dead tuvo una serie de resurrecciones y Bobby tuvo que ver con todas: The Dead, Dark Star Orchestra, The Other Ones, Furthur y Dead & Co. También tuvo una carrera solista con sus grupos Kingfish, Bob Weir Band, Bobby & The Midnites, Ratdog y una veintena de discos. Incansable, si se considera que la discografía de Grateful Dead es infinita. Esos niveles de adrenalina y dopamina eran parte de su vida deportiva, era corredor y a finales de los ochenta se convirtió al ciclismo de montaña y ruta. Solía llevar música en los audífonos y una grabadora en el manubrio para atrapar las ideas musicales. Siempre en shorts, citaba a Platón: “El ejercicio aeróbico produce mejores pensamientos”. Que la música nunca se detenga, Bob.

