LOS IMPRESENTABLES

Gente común: Joseph Mitchell y Joe Gould

Gente común: Joseph Mitchell y Joe Gould Foto: Jimm Caminero

1941, NUEVA YORK. Un periodista y un vagabundo sostienen una conversación al fondo de un bar en Greenwich Village. El periodista es Joseph Mitchell y tiene una pequeña columna en The New Yorker. La guerra ha vaciado la calle de jóvenes y adultos sanos. Quedan, sobre todo a esas horas, “los locos, los proscritos, los marginados, los náufragos, los eclipsados, las eternas promesas, los desgraciados, los impotentes”. Son palabras de su interlocutor, Joe Gould, el más destacado de ese club. Mitchell escribe un reportaje sobre un libro que Gould dice estar escribiendo: “La Historia oral de nuestros tiempos”. De él y su obra han oído hablar E. E. Cummings y Ezra Pound. Incluso le han publicado algunos cuentos en los suplementos que dirigen..

Gould es perfecto para Mitchell y sus retratos periodísticos. Tiene genio. Sobre todo después de las primeras cervezas y antes de emborracharse. Mitchell paga las cervezas. Gould está tan sucio como se puede estar, tiene una severa conjuntivitis y dice hablar “gaviota”, idioma que aprendió trabajando en estudios eugenésicos en Dakota del Norte, donde midió las cabezas de cientos y cientos de indios chipewas y mandans. Descendiente de una familia de médicos bostonianos, Joe Gould estudió en Harvard. “Yo no quería ir —le explica—. Mi proyecto era quedarme en casa y sentarme en una hamaca a meditar en el porche trasero”.

AHORA ESTÁ TAN BAJO DE MORAL que para tocar fondo tendría que erguirse. Esa declaración hace sonreír a Mitchell, quien no sospechaba aún que su perfil sobre ese vagabundo lo sumiría en un largo bloqueo de escritor. Sus crónicas “El profesor Gaviota” (1942) y “El secreto de Joe Gould” (1964), legaron a las calles de Nueva York un fantasma.

Mitchell persiguió los cuadernos garabateados que el anciano guardaba en pensiones y almacenes por toda la ciudad y pudo leerlos. Pero la compañía de Gould se hizo cada vez más nociva. Le pedía dinero, se aparecía en la redacción, se colaba a las fiestas y no pocas ocasiones, ahogado de borracho, se desnudaba y bailaba agitando los brazos, mientras hacía sonidos de ave.

En uno de los cuadernos, Joseph Mitchell leyó:

Juzgaría que el hombre más cuerdo es el que con más firmeza comprende el aislamiento trágico de la humanidad y persigue con calma sus objetivos esenciales. Supongo que si yo pienso así es porque tengo delirios de grandeza. Me creo Joe Gould.

EL SECRETO DE JOE GOULD, el libro que reúne los dos reportajes que Mitchell escribió sobre el viejo Gould no tuvo éxito sino hasta la muerte del escritor, en 1996. Mereció los elogios de Salman Rushdie, Julian Barnes, Martin Amis y Doris Lessing. Sin embargo, en vida, Mitchell nunca escuchó demasiados elogios, sino lo contrario. En una ocasión, cuando alguien le reprochó escribir únicamente sobre gente común y corriente, contestó: “La gente común y corriente es tan importante como usted, quien quiera que sea usted”.