COMISIÓN DE SOMBRAS

Sobre el dios de Ödön von Horváth

Von Horváth renovó el género del Volksstück (teatro popular).
Von Horváth renovó el género del Volksstück (teatro popular). Foto: Cortesía del autor

Publicada en 1937, Jóvenes sin Dios, de Ödön von Horváth (Reika, Croacia, 1901—París, 1938) narra el asesinato de un estudiante durante un campamento escolar. El protagonista es un joven profesor que se involucra en los hechos, y sin ser el culpable, aunque sí un detonador de ciertos acontecimientos que conducen, y en cierto modo, provocan el asesinato, se siente obligado a dar con el responsable y con la verdad.

De lejos, bien podría sonar como una novela para leer en verano, sin embargo, dos temas la convierten en una obra mucho más compleja y fascinante.

El primero es un tanto involuntario, considerando que se escribió poco antes de la Segunda Guerra Mundial, pasa por ser un retrato de las juventudes nacionalsocialistas, de su lenta y fatal inmersión en una ideología guerrera, donde lo importante era estar preparado para luchar por la patria y defenderla de enemigos a los que se considera menores, indignos de poblar la tierra. La historia comienza justo cuando el profesor se ve acosado por estar en desacuerdo con las ideas que permean la sociedad, al defender la dignidad de las personas de color (negros, en la novela). Sus alumnos están convencidos de que se trata de una raza atrasada, al grado de que acusan al profesor de querer envenenar a la juventud con ideas contrarias a lo que para ellos es claro y evidente: la raza blanca es superior. El segundo tema es, con mucho, más interesante: Dios.

EL PROBLEMA APARECE casi casualmente, pero pronto se convierte en el protagonista digamos metafísico del relato. Cierto día, el profesor charla con el cura de la región donde se instala el campamento; es una conversación casi intrascendente, excepto por dos frases que se convierten en santo y seña del libro: “Dios es lo más terrible que hay en el mundo”, le dice el cura; y luego, cuando el profesor intenta decirle que no cree en Dios porque sabe que existió otro mundo donde no había “pecado original”, la antigüedad griega, entonces, el sacerdote replica: “creo que usted se equivoca” y lee “el primer testimonio de filosofía griega que nos ha llegado por escrito, es de Anaximandro y dice así: ‘Las cosas deben retornar finalmente a aquello de lo que emanan. Con dolor y contrición deben pagar la deuda de su existencia, como estipula la ley universal’ ”.

Para Von Horváth, Dios no es una personificación, aunque sí es una presencia (ve a Dios en los ojos de los personajes, lo reconoce en cierto modo de mirar y actuar, y comprende que aquello es eso otro, Dios), y si bien tampoco nos observa, nos juzga; no en vano la segunda mitad de la novela se desarrolla durante un juicio. En tanto que trama, se busca descubrir quién mató a uno de los chicos del colegio y por qué, y entonces entran en escena los acusados, los defensores, etc., pero lo que le interesa sugerir a Horvárth es que aquello en disputa es la verdad y el bien, y es nuestra posición frente a ellos lo que verdaderamente está en el banquillo: ¿somos capaces de decir la verdad, de hacer lo correcto, de hacer el Bien en un momento límite de nuestra existencia o en un periodo histórico envenenado?

Para el autor, la relatoría jurídica —en sus aspectos de condena o inocencia— se desliza lentamente hacia el lenguaje sagrado —el sacrificio y la inmolación— y entonces Dios asume el aspecto de Ley Sagrada. Aquello que no es posible transgredir sin traicionarnos a nosotros mismos; aquello que debe hacerse incluso a costa de perder los medios de subsistencia, como le sucede al profesor, o incluso convirtiéndose en un paria.

Y por ello, el bien es un riesgo no fácil de asumir. Aunque el profesor acepta su responsabilidad y dice la verdad en el estrado, y comprende en su fuero interno que simple y llanamente ha hecho bien, mejor aún, ha hecho el Bien, éste no es ninguna bendición, pues llevará a la cárcel a una persona, cambiará la vida de los padres de ese chico incriminado, y nada de esto sucederá con la aquiescencia de los personajes, pues van a ser destruidos o perjudicados de por vida, y por tanto el Bien es un desgarramiento después de cuyo paso no es posible vivir igual.

A lo largo de la novela la frase dicha por el cura resuena una y otra vez en la mente del profesor (ninguno de los dos tiene nombre propio, y en cierto modo, sólo son símbolos): “Dios es lo más terrible que hay en el mundo”, porque Dios no está en nuestras vidas para consolarnos, ni para concedernos favores (aunque ambas cosas las pedimos y ambas las necesitamos), sino para convertirnos, para hacer de nosotros hombres y mujeres de Dios: es decir, aquellos atletas (como llamaban a los padres del desierto porque practicaban una áskesis, una preparación gimnástica que terminó convirtiéndose en una disciplina espiritual) que están dispuestos a padecer las consecuencias del Bien: ese sufrimiento, que no es el dolor por el dolor mismo ni el malestar chabacano de lamentarse por cualquier noticia de perritos o gatitos huérfanos, sino la pena (en su sentido casi jurídico) que conlleva a hacer el Bien. Porque el Bien, para Von Horváth, no es una bendición sino más bien una tragedia, en el sentido griego de la expresión, es el conocimiento de nuestra condición.

EL BIEN, PARA VON HORVÁTH, NO ES UNA BENDICIÓN SINO MÁS BIEN UNA TRAGEDIA, EN EL SENTIDO GRIEGO DE LA EXPRESIÓN

DE MANERA SIBILINA Y MISTERIOSA, Ernst Jünger deja caer como menhir en una de las entradas de su diario de la Segunda Guerra Mundial, Radiaciones II, una frase que no explica y deja sin solución de continuidad: “Pues propiamente han sido sólo tres los que han accedido del todo al rango de ese Hombre anónimo que vive en todos nosotros: Adán, Cristo, Edipo.” La interpreto de este modo: el Bien rompe el pacto social y puede destrozar al propio individuo, al colocarlo a la intemperie como a Edipo después de conocer su destino; como a Adán fuera del paraíso; y como a Jesús en la cruz.

Quizás sólo tenemos acceso a ese Hombre anónimo cuando reconocemos nuestra deuda, “toda vida es una deuda y tiene que ser redimida” (Roberto Calasso, El libro de todos los libros), cuando sabemos que la existencia ética tiene un precio, y que tarde o temprano debemos pagarlo. Esa deuda sólo podemos liquidarla con el Bien, no existe otra moneda de cambio. Y tal vez el reconocimiento de esa divisa de circulación universal como la única posible, sea Dios.

Dios no hace el Bien —sería demasiado fácil, tal vez incluso un gesto impúdico, una falta de delicadeza—, pero exige hacerlo a quien ese camino pueda llevarlo al conocimiento radical, y a veces mortal, de sí mismo. Simone Weil, asegura: “El conocimiento esencial en lo que a Dios atañe es que Dios es el Bien. Todo lo demás es secundario”. Este conocimiento sólo es posible como ascesis, como práctica.