Tabaco, gozo y deterioro

Existe un libro de Ian Gately que lleva por título La diva nicotina en el que reconstruye la historia de la planta y su relación con grandes acontecimientos de la humanidad, sin satanizar a la sustancia. En esa vena, José Filadelfo García parte de algunos pensamientos que Thomas Mann pone en la mente de Hans Castorp —protagonista de La montaña mágica— sobre su adicción al tabaco; luego hace un recuento de los usos que se le dieron hasta su nociva industrialización para, finalmente, elaborar una defensa de su propio consumo.

Tabaco, gozo y deterioro
Tabaco, gozo y deterioro Foto: Faiz Dila / Creative Commons

Recién llegado al Sanatorio Internacional Berghof de aquella cumbre suiza, el extrañado y más o menos saludable Hans Castorp de La montaña mágica (1922), de Thomas Mann, rescata su afición severa y, además, placentera, por el consumo de puros:

No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Sin duda, es privarse de lo mejor de la vida y, en todo caso, de un placer sublime […]. Un día sin tabaco sería para mí el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío y sin alicientes, y si por la mañana tuviese que decirme “Hoy no podré fumar”, creo que no tendría valor para levantarme […] uno se halla al abrigo de todo, no puede ocurrirle nada desagradable, así de simple, nada desagradable.

EL DAÑO POR NICOTINA ocasionado con un solo puro, como el hondureño María Mancini que fuma Castorp (célebre para la Alemania previa a la Gran Guerra, como para la actual) puede ser el mismo que produce una cajetilla entera de cigarros, según el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos. Lo anterior, a reserva de tomar en cuenta los aditivos químicos que contiene el filtro de esos cigarrillos. Lo más sencillo (laborioso, sí, pero sencillo) del tabaco es estudiarlo, desde sus propiedades naturales, su historia y desarrollo industrial, hasta los usos sociales, psicológicos o artísticos (como la asociación entre literatura, placer y hábito en la novela de Mann). En cambio, lo difícil del tabaco es, más bien, fumarlo, ya que condiciona el gozo que implica recordar la serena liberación de la tensión, de los tiempos muertos y de las horas silenciosas, con el anuncio de los problemas de respiración que empiezan a sacudir al fumador habitual.

El imprescindible historiador Mariano de Cárcer y Disdier, de cuya perspicacia y estudio sobre el diálogo gastronómico y cultural de México se apropió, en sus Apuntes para la historia de la transculturación indoespañola (1953) hace un recuento de los testimonios y relatos sobre el tabaco de varios cronistas e historiadores del Nuevo Mundo, desde fray Bartolomé de las Casas hasta Manuel Orozco y Berra. Cárcer lamenta, por ejemplo, que el nombre botánico y popular de nicotina (nicotiana tabacum) no sea el de jerecieana-torreria tabacum, para hacerles justo crédito a sus dos descubridores europeos, Rodrigo de Jerez y Luis de Torres, que acompañaron a Cristóbal Colón en su primer viaje. El 6 de noviembre de 1492, los exploradores dieron fe de haber visto a “mujeres y hombres, con un tizón en la mano, yerbas para tomar sus sahumerios que acostumbraban”.

NICOTINA PROVIENE DEL APELLIDO DEL EMBAJADOR DE FRANCIA EN PORTUGAL, JEAN NICOT, QUIEN, SEGÚN SALVADOR NOVO, TRAS INTRODUCIRLA EN PORTUGAL, LA LLEVÓ A FRANCIA EN 1560

EL NOMBRE NICOTINA (ese vaso constrictor) proviene del apellido del embajador de Francia en Portugal, Jean Nicot, quien, según Salvador Novo en “Notas sobre el tabaco”, tras introducirla en Portugal, la llevó a Francia en 1560. Novo señala, también, que el tabaco lo llevó a España fray Román Pane en 1518; que el cardenal Santa Cruz hizo lo propio para Italia en 1565 y sir Walter Raleigh (de apellido conocido entre los fumadores) para Inglaterra en el mismo año. En la Alemania de Thomas Mann y Hans Castorp, según el portal tabacopedia.com, el tabaco arribó también en 1565, y fue conocida como heilige kraut o hierba santa, probablemente por las características medicinales de la planta que, en efecto, ya habían sido advertidas tiempo atrás por indios, primero, y después por españoles. A pesar de que el paso de los siglos dio pie a la asombrosa industrialización e incremento de la toxicidad del tabaco, algunos cronistas y médicos del periodo virreinal observaron en esa hierba grandes beneficios. Quienes lo defendieron, lo hicieron no solamente del tabaco fumado, sino por la variedad de usos que esa planta era capaz de ofrecer, a partir de la experiencia indígena, como el tabaco en polvo (o rapé, que se aspiraba por la nariz), en masa o infusión, por ejemplo.

Tabaco, gozo y deterioro
Tabaco, gozo y deterioro ı Foto: Linsey Fox / Creative Commons

MARIANO DE CÁRCER recuerda al médico de Felipe II (para la literatura científica, “protomédico”), Francisco Hernández, promotor de un uso moderado del tabaco, quien en su Historia de las plantas de Nueva España (publicado hasta el siglo XX) recordó los beneficios del humo del tabaco: “provocan [sus hojas] admirablemente la expectoración, alivian el asma como por milagro, la respiración difícil y las molestias consiguientes”. El humo también remedia las “afecciones de útero”, “fortalece la cabeza”, “produce el sueño”, “el estómago recobra sus fuerzas”, “se embota el sentido de las penas y trabajos” y causa, además, una sensación de embriaguez. En el siglo XVII, un médico de Salamanca, Cristóbal Hayo, publicó su breve, pero sustancioso y esperanzador Excelencias y maravillas del tabaco, conforme a gravísimos autores y grandes experiencias, ahora nuevamente sacadas a la luz para consuelo del género humano.

Hasta el siglo XVII, los detractores del tabaco decían, según Hayo, que la planta fumada “perturba los sentidos y les provoca sueño”, mientras que el aspirado en polvo (“peones de la polvareda”, los llamaban) conduce a “flexiones de humores” en boca, narices y ojos, hace “engordecer” y a los “dientes blandear”. Hayo, incluso desde una perspectiva teológica, desde la cual la experiencia positiva confirma la bondad del Creador puesta en sus creaciones terrestres, opone a las razones negativas (“malfundadas y en el aire sin ciencia ni experiencia”) que el tabaco es “causa de salud”. El tabaco en polvo, aspirado por la nariz, sirve para evacuar los “excrementos” (secreciones) “del cerebro y partes circunvecinas inferiores [nariz y boca ‘y otras partes’]” y sirve para la piel, porque la regenera (“criando carne buena que falta”, como en la actualidad el sulfatiazol, un polvo blanco). El tabaco en polvo incluso alivia, con un decir actual atinado para el siglo de Hayo, la enfermedad del abandono, es decir, la soledad:

que caminando uno solo llevando consigo tabaco en polvo, tomándolo por las narices de cuando en cuando, no siente la soledad y camino; asimismo, estando una persona sola en casa, teniendo consigo tabaco en polvo usando de él no siente la soledad.

Otro de los usos del tabaco es su agua destilada, elaborada con la hoja verde, la cual, tomada por la boca cura “la enfermedad del alma” (acaso la melancolía).

A PARTIR DEL TESTIMONIO del padre José de Acosta y su Historia natural de las Indias, Cristóbal Hayo advierte sobre otro buen uso del tabaco. Cuando se andaba por un tiempo prolongado en el desierto o en algún paraje que no proveía ni agua ni alimento, los indios molían con los dientes las hojas, hasta formar “pelotillas poco mayores que garbanzos”, una de las cuales, seca, colocaban entre el labio inferior y los dientes, y los indios la iban “chupando y tragando la humedad”, pues la humectación les quitaba el hambre y la sed, por lo menos, “en tres y cuatro días”. La experiencia indígena (y no sólo la del beisbolista, que lo mastica) nos sugiere llevar una pelotita de tabaco para, si no anularlas, sí distraer paciente, o simuladamente, el hambre y la sed. Una recomendación, en este siglo XXI, para un aventurero o algún extraviado en la hosquedad de la naturaleza.

Cristóbal Hayo también les recuerda a los consumidores de tabaco que “a los de complexión melancólica les es más provechoso en polvo con menos frecuencia”. Es posible asegurar que, del tabaco y sus propiedades químicas, algo certero supieron las personas de los siglos anteriores (incluyendo el siglo de Thomas Mann), que les permitió asegurar la relación entre esa hierba y la melancolía. Así como Hayo recomendó usar un producto del tabaco para evitar la melancolía, del mismo modo el escritor italiano y humanista, Settembrini, de La montaña mágica, recomendó a Hans Castorp que moderara su consumo de puros: “Y, en efecto, está ‘siempre alegre’, aunque a veces sea un poco a la fuerza. Está inclinado a la melancolía. Su vicio no le sienta bien (claro que, de lo contrario, no sería vicio); el tabaco le pone melancólico”. Sobre el tabaco en humo, el médico Hayo, quien se complacería con la espirituosa relación de ese consumidor del siglo XX que es Castorp, dice que fumarlo da “descanso al cuerpo trabajado y cansado” y provoca “sueño profundo y deleitoso”. Mariano de Cárcer, por su parte, recupera la descripción que hizo Bernal Díaz del Castillo de la placentera aspiración de humo que solía hacer Moctezuma: “y cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se dormía”. Cárcer afirma que Moctezuma nos enseñó a todos a fumar después de comer.

En efecto, la exhalación del humo de tabaco, particularmente del cigarro, después de comer resulta un ejercicio de respiración totalmente pacificador sobre un ánimo previamente pacificado por los alimentos: “Sí, en cierto modo, podría decirse que sólo como para poder fumar después, aunque exagere un poco”, sentencia Castorp, remoto discípulo de Moctezuma. Puede añadirse que, en la relación entre el tabaco y la comida, una curiosa manera de percibir sabores inadvertidos, o potenciados, es comprobar la reacción de sabor resultante de la mezcla simultánea de determinados alimentos y el humo del cigarro (tal vez el puro, por su fuerte sabor, impediría semejante experimento). Por ejemplo: las papas con sal, un pastelito de chocolate, ahumados por la bocanada, dejan un regusto a pan salado recién horneado.

LA EXHALACIÓN DEL HUMO DE TABACO, PARTICULARMENTE DEL CIGARRO, DESPUÉS DE COMER RESULTA UN EJERCICIO DE RESPIRACIÓN TOTALMENTE PACIFICADOR SOBRE UN ÁNIMO PREVIAMENTE PACIFICADO POR LOS ALIMENTOS

AUN CUANDO EN LA ACTUALIDAD el Instituto Nacional del Cáncer confirma que “todos los productos de tabaco son perjudiciales y causan cáncer”, Cristóbal Hayo también recomienda el consumo del tabaco, sí, pero con moderación, y lo compara con los alimentos: “el mucho comer y beber, aunque sea perdiz, gallina, conejo, buen vino y lo mejor del mundo daña por exceso”. Entre Hayo y el INC existe un trecho histórico que ha anulado los beneficios del tabaco observados en el siglo XVII, debido al tratamiento, ya no manufacturado, sino químico e industrializado de la planta en los siglos XX y XXI. Tal vez el puro represente una excepción. La moderación sobre el tabaco promovida por Hayo es un antecedente clínico e histórico de las leyendas impresas en las cajetillas del siglo XXI, sólo que éstas ya no recomiendan la moderación: más bien aseguran el deterioro irreversible del organismo. Además de órganos averiados, las cajetillas muestran imágenes de extremidades y rostros retorcidos por la enfermedad, un arte negro que bien podría recordar las contorsiones y aflicciones terribles del cuerpo y de los rostros en trabajos como la Crucifixión de Matthias Grünewald, por ejemplo.

Tabaco, gozo y deterioro
Tabaco, gozo y deterioro ı Foto: Faiz Dila / Creative Commons

El origen etimológico de la palabra tabaco se encuentra aún en discusión, según una consulta personal a la Academia Puertorriqueña de la Lengua, aunque la Real Academia de la Lengua lo atribuye inmediatamente a la voz árabe tub[b]āq, que refiere a todas aquellas plantas que “mareaban o adormecían”. Si bien nadie fuera del orbe americano conocía, hasta Colón, el tabaco, la asociación con tub[b]āq probablemente se debe más a los efectos adormecedores de éste, y por ser una hierba. Por el contrario, a partir de los testimonios de cronistas e historiadores, la voz tabaco es más bien de origen taíno, un pueblo caribeño que habitó Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.

NO ES NECESARIO SER MÉDICO o deportista, sino un tenaz fumador de la calle para saber que fumar daña, tanto las carnes internas, como las externas (por olor). No obstante, cuando alguien me pregunta por qué no dejo de fumar, reitero el mismo comentario de hace varios años: si digo que no me importa, estoy mintiendo; y si digo que mañana lo dejo, también miento. Es irremediable suscribir, por el momento, lo que Cárcer y Disdier, fumador por 55 años, se preguntó: seguir fumando con gozo, a pesar del deterioro de la salud, “¿no será una las muchas pruebas de la idiotez humana?”. Si no se siguen las recomendaciones de médicos y amigos, una opción es la aristotélica de Cristóbal Hayo (la experiencia que confirma la verdad de un juicio), que es seguir, más bien, las recomendaciones de nuestra propia tos y agitación, es decir, las de la gente que continúa en esta tierra y sigue haciendo lo mismo y no varía. Se puede conversar, leer, beber y mirar un punto fijo del espacio, y decir: ahí está el infinito y pensar que, en efecto, no hay fin, sino una fuerza motora y candente de imágenes, deseos y trabajos. Hans Castorp, con su puro, también pudo deducirlo. Pero es posible, también, experimentar el infinito riesgo de no decir basta, tras esa cortina de humo que dice: disfruta, muere. Lo más difícil, pues, del tabaco, no es estudiarlo, sino fumarlo.